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sábado, 15 de abril de 2017

Desde la azotea IV

Reina el desorden y sobran y faltan cosas.
 
Tiempo de caminar 
Se deshizo del barullo de sábanas y mantas, anduvo los seis pasos hasta la puerta y al entrar en la sala topó con el golpe de la calle, certificación del valle inmenso y la ciudad desbordándolo, entre gruesos restos de la noche sólidamente construida con los días, que era mucho más que las costras de café en la taza o el altero de colillas. Sin reparar en ella, al cruzarla, en torno a la mesa vinieron cachos de veladas repetidas: la jactancia de una ficha de dominó tronando al cerrar inesperadamente, Tal con la mirada puesta quién sabe dónde, la obsesión de cosas perdidas en el silencio o en el desmayo de las palabras, la ojeada de él hacia fuera para cerciorarse de que la promesa en la comba grande de la noche seguía en su sitio. Luego los cojines gritones por coloridos, tirados sobre la alfombra, y la evidencia de aquella particular del día en la media docena de cajas de cartón con las tapas por fuera. Hasta la ventana, que se abrió precipitando la mañana apretada al vidrio, desesperada de aguardar, para barrer los restos de la víspera, disputándose los huecos hacia donde resbalaban las rutinas, diría el hombre consciente del discurso romántico que había elaborado para sobrevivir.
En el camino de regreso, acumulada en la memoria de él o en la del departamento, estaba la música que maniáticamente los acompañaba a ambos. Ora era la de un muchacho indagando la desolación y el vértigo con sus juegos de palabras en otro idioma, ora las diestras guitarras y la voz profunda de un hombre vestido de negro, al modo de los campesinos en domingo de un lugar distinto y próximo. 
-0- 
No puedo pasar la vida corrigiendo, nietos. Así se escribió esa viñeta a mis treinta años, y queda tal cual, como la siguiente poco antes.


El lodo de verdad 
Iba en los pericos de la línea San Pedro-Santa Clara, o en los Huixqulucan, deshaciéndome de las falsas apariencias según los camellones, los aparadores, los edificios de la capital se esfumaban y se saltaba la Sierra de Guadalupe o se cruzaba el Puente Negro. Pero volvía a encontrar esas falsas apariencias en la zona industrial. Si bien en esto y lo otro resultaban una mala caricatura que no engañaba nadie, en tal y cual aspecto sorprendía no sólo a los que como yo nos habíamos criado en las clases medias dispuestas a creer la más boba mentira, sino a los propios obreros.

Aunque no lo hacían siempre y muchas fábricas reproducían el tradicional estilo carcelario de su arquitectura, algunas de las plantas de la nueva iniciativa privada gustaban maquillarse con modernas, atractivas fachadas, que correspondían a sus anuncios publicitarios y al aspecto de sus productos en los aparadores de las tiendas.

A Manuel se le paraban los pelos de punta, al observar las desastrosas instalaciones que había detrás de los modernos traileres presumidos en las carreteras por su empresa.

Agustín tardó mucho en conciliar la vida en el interior de la empacadora en la cual trabajaba, y el criadero de perros que triturados al lado de carnes de la peor clase, terminaban convertidos en jamones y salchichas, con los pulcros artículos embolsados que salían de la última línea de producción y sus carteles y comerciales de tele.

Ramón no dejaba de sentir escozor al pasar junto al hermoso jardín de Formex, donde diariamente checaba tarjeta, y a la vuelta sortear como podía los escurrideros de materiales tóxicos que escapaban por la barda lateral. Y así hasta el infinito.

Una verdad más se hacía perdidiza allí: que la absoluta mayoría de los empresarios manufactureros habría fracasado no ya sin los extremos de explotación a su mano de obra, sino sin la abundancia y variedad de protecciones y subsidios que directa o indirectamente recibía del régimen: cierre de fronteras a la competencia, excepción de impuestos, creación de infraestructura, fuentes de energía casi regaladas; controles de precios a los alimentos venidos del campo, que hacían posible pagar bajos salarios; defensa de la pobre calidad de sus productos …

Mi gusto por los charcos de deshechos químicos, que PIT II entendía, resultaba de encontrar en ellos una especie de pus que revelaba esa realidad interior de las factorías. O al menos un parte, porque los trabajadores y trabajadoras hacían otra, en mucho emocionante, conmovedora e incluso hermosa.

A nadie daba la impresión de preocuparle, en cambio, el desastroso aspecto de las colonias. Sin embargo, hasta ellas llegaba el mundo de embustes públicos en los cuales vivía el país, cuando se requería. De modo que un día los vecinos de Xalostoc vieron aparecer cuadrillas de albañiles, carpinteros y pintores en la Vía Morelos.

¿Qué hacían, trabajando a toda velocidad, de día y de noche, a cinco metros de las viviendas del lado poniente? Su primera obra terminada resultó desconcertante. Era el frente de mampostería de un pulcro, colorido hogar, que por su buena altura traía a la memoria las casitas de los pueblos.

Al cabo de una semana se contaban por docena, sostenidas en la espalda por cimbras de madera, y si se les miraba desde la Vía habían borrado cuanto había detrás. Su porqué era simple: el señor presidente de la república estaba a punto de hacer una gira por el norte del estado, que iniciaría en ese punto.

Un par de años después, los restos de la escenografía permanecían, para completar el disgusto de los habitantes de la zona, que en la San Miguel llevó a las señoras a juntarse. Demandaban agua potable y drenaje, pavimento, alumbrado, una clínica del IMSS.

Yo podía hacer románticas imágenes con el lodo, porque pasaba en la zona unas horas al día. Quienes vivían en ella, no, según bien sabría Jorge el Celerín cuando de “agitador” de la Cooperativa se convirtiera en un obrero más de la Viveros:   

El agua era de pozo y a veces no llegaba o llegaba verde. Te bañabas y quedabas como Hulk, todo lleno de lama. En mi casa, que estaba junto a un baldío donde echaba desperdicios una fábrica, las ratas, que parecían conejos, se metían y anidaban entre los mosaicos. Cuando era tiempo de lluvias te hundías en la calle al caminar. Si te ponías enfermo era un pedo. Si tenías seguro pero te ponías mal en la noche, ¡no! Y si no tenías, ¡puta!       
El lodo, pues, era lodo, la cereza del pastel de carencias.


Última función
Como ayer, abro los ojos muy temprano, y cuidando no despertar a E, la Atrevida, salgo del cuarto. 
No fumo, según acostumbré por décadas, y tras una manzana hago los ejercicios que permiten a mis pulmones conservarse. Después sí, café y tabaco.
La poción mágica recién descubierta me permite eso y trabajar físicamente al ritmo de los jóvenes. Faltan días para que cumpla setenta años y debería entonces sentirme orgulloso, nietos, también por el orden del departamentito, antes hecho un desastre. No hay manera.
Ayer comprobé cuánto desafino todavía. Salto las reglas y doy con callejones que parecen sin salida. 
Cierto, a la vez certifico el absurdo alrededor: todo son falsas apariencias y se dicen tonterías al por mayor cuando la tierra entera grita y nuestra Red de agujeros no puede más. 
Vuelvo donde E y sus veinte años son un himno de vida. La replica Suertudo, el gato niño, personaje sin igual en nuestro vecindario, quien me sigue con esa prudencia que responde a mis cuidados.
-¿Te sientes orgulloso? -pregunta el abuelo.
-¿De qué podría? 
-Demos un paseo mientras ella duerme.
-Tu nueva tataranieta y no la amante que anoche creyeron descubrir los gritos de una señora al paso, porque jugábamos tocándonos y eso, bien se sabe, es para villanos... 
-Hay otra recámara.
-No chingues más, camarada, que no está el horno para mineros bollos.
-Ey, ey, vámonos respetando.
-¿Vas a pegarme como siempre...? ¡Ay, coño!
-¿Encima me remedas?
-Como en todo. ¿Quién tiró el ladrillo al capataz aquel?
-Gritaba muy feo a mi padre.
-Que por ello perdió el trabajo. Pretextoso.
El colmo: creyéndome emular al guía.
-Toma el cuchillo.
-¿Para?
-Cortarte las venas.
En fin, nietos. Les tocaron muy discutibles antepasados.
-Dedos -llama la Atrevida. 
-Miuau -pide su desayuno don Gato.
-Anda, huevón, a cumplir tus tareas -dígole al señor. -¡Ay!
-0-
Esta vez, y muchas antes, abuelo, no lancé piedras, simplemente fui un caos.
-Caminamos porque tropiezas -decía Ana. 
Ella me justificaba cualquier cosa y ahora no tengo veinte años. 
Si la Inesperada y las hermanitas y hermanitos cumplen el mismo papel, ahora resulta difícil hacerles caso. Los años gastan, E y S. Hace ya casi una década dije a Mía, hablando del diario asesinato del deseo, Aquí quedan solo huesos. Resistentes, es verdad, y aun así...
Partir, partir, repito. No hay día que incumpla esa máxima. Por ello tropiezo. Nos vemos al rato, voy a la calle justo para cumplirla y escuchar a mis espaldas ¿Quién te dio permiso?  
¿Tematepec queda por los rumbos de Ixmuiquilpan? Ojalá, para seguir con la crónica sobre lo que en enero continuó prometiéndole al país no rendirse más.

La casa del horror
En La casa del horror como cuaderno los dirijo hacia el periodismo que puede descubrirles la violencia producto del crimen organizado durante nuestros peores años. 
Donde desaparecieron los 43, como les llamamos, y se torturó hasta morir al joven cuya historia seguí, resulta una de las zonas más golpeadas. El municipio que hoy sospechan fue destino final para algunos, Totolapan, está entre Iguala y Aguas Blancas y ustedes deben ubicarlo por Red de agujeros. Hay ciento quince comunidades allí, solo cinco con mil habitantes o más (veintiocho mil en total), hasta hace poco, aclaremos, pues la mitad de ellos tuvieron que exiliarse (quedan apenas dos de quinientos, en el poblado al cual habrían llevado a esos normalistas).
Un año bastó para que en el municipio se cometieran doscientos secuestros, usando números redondos, algunos masivos, de trabajadores mineros, comerciantes, maestros y lugareños.  
Crimen organizado, dije, y deducimos su composición por la banda dominante allí. Según rumores, la encabeza equis diputado con licencia, defendido por el fiscal regional, quien tiene oficina en un elegantísimo barrio de nuestra ciudad.
A los secuestrados se les lleva o llevaba hasta hace poco, por sendas entre sembradíos de goma de opio, principal producto local, que persisten, todo indica.
La zona y muchas más están bajo virtual estado de sitio desde casi cinco décadas atrás, para combatir primero a los campesinos guerrilleros y luego el descontento en general. Entonces sin duda hay militares, polícias y fuerzas de inteligencia vigilando. A buen entendedor, nietos, falta preguntarle adónda van las ganancias por tan rentables giros.         
No quiero aburrirlos con una historia entre mil en esta Casa. Basta saber eso, justamente: cuán común resulta el caso. La cuestión es por qué seguimos con vida o creemos hacerlo.
Solté esa última frase instintivamente, busco como justificarla y recuerdo un famoso prólogo. Decía que la sangre derramada lejos de casa revierte tarde o temprano, para entintar el propio hogar, el hogar propio. Donde fue escrita se cumplió la profecía. ¿Cómo aquí, entre nosotros, cuando ustedes van a clases, S y E, digamos, o yo juego con mi gato, Espartaco?
No tuve animales domésticos hasta ahora, pues me parece tristísimo el destino que les dimos o se dieron -hoy está en duda la cuestión-. Espartaco es genial y trayéndolo para liberarnos, anda libérrimo, claro. Mayormente los vecinos lo querían o toleraban y solía robarles la cama a sus perros y cosas así. Mayormente, indiqué, ya que una señora se quejaba de presuntos deshechos tóxicos dejados por el individuo, atentando contra guapas plantas.
Rumoraron que intentaba envenarlo, un día creí que el chisme se había hecho bueno y procedí a señalar infamias personales puerta por puerta. Vaya dibujo quedó. Entre dimes y diretes hasta un factible asesinato salió a relucir, pasando por acosos y abusos sexuales, robo mayor, narcotráfico, ventas de voto y menudencias así.
Ayer apareció muerto otro gato, callejero él, y como lo escondieron no pude proceder penalmente, según quería. Puse cartelitos de advertencia, dos horas después no estaban y al reclamar encontré una universal conspiración del silencio, que durará hasta que nuestras paredes se derrumben.
-Queda prohibida cualquier referencia a actos que no afecten la integridad del edificio -me hizo saber la administración.
-¿Violación incluida? -pregunté por calcular. 
-Fuimos claros: que no afecten la integridad...
Fiel a sí mismo, Espartaco meo y cagó por primera vez fuera de su arenero, una maceta tras otra. Desgraciadamente en este regreso anunciado, el esclavo romano no será millones.  
¿Qué se devuelve a nuestra privada? Ese silencio cómplice. Nada dijeron sus pobladores de Aguas Blancas y los desaparecidos y nada sobre 1948, 1956, 1959 y muchas fechas más que labraron el presente.
De las viejas vilezas públicas y privadas debieron quedar nombres y apellidos de hasta el último responsable. No hay registro y desconocemos entonces quienes hoy presumen honorabilidad y llevan genéticamente inscritos los horrores que produjeron sus antepasados. 
A ratos la maldición de las víctimas se cumple pronto. Haces meses una mujer solicitaba angustíada ayuda al gobernador que sumió en sangre Tal estado.
-¡Compré electores por usted y cuando pedí por mi hija, recién raptada, volteó la cara! -le gritó al descubirse el cadáver destazado de la joven, que encontraron en una fosa común entre 1075 halladas país arriba y abajo hasta ahora. 
-Todo el monte es cementerio -fueron las palabras de un padre en infructuosa búsqueda por los depositos humanos clandestinos descubiertos gracias a familiares de aquéllos cuarenta y tres desaparecidos.
Amanece en mi privada y por la ventana veo como inicia el desfile dominguero de quienes hasta ayer respeté durmiendo con puertas abiertas. Espartaco ronda por allí y no sé si su fino alfato conseguirá evitar vaya a saberse cuántas trampas mortales colocadas para él, los suyos y nosotros, zombies que aceptamos cualquier afrenta, especialmente si la sufren otros.
Al miau y a mí nos enterrarán juntos, llegado el natural día, confío -y me esfuerzo para ello, callando-, en la rumbosa agencia cercana, cuya narcoarquitectura hace fácil entender porqué jamás celebró una honra fúnebre y a cambio se le escucha un presumible horno crematorio trabaje y trabaje.
La casa del horror, vaya que sí, aunque festejemos compras en centros comerciales y pacíficas noches sin gatos de la calle.       
Las citas van en el otro cuaderno.    


Terciopelo
Apréciese el nivel de desatino que hay aquí, digo al recordar a Ana. En treinta y seis años una mujer y un hombre viven dos más o menos breves periodos de intenso amor y pretenden que se quisieron, se quieren, eternamente.
Entonces echo en cara a ella que al relatarla resulte ejemplar cuando no lo fue. 
Romperemos, hallaremos, decía tu equívoco discurso, pues me dejabas toda la tarea. Contigo una fábrica familiar conservó la tradición de siglo y medio. No veo rupturas ahí, querida.
Recibo un correo enviado por su hija, con muchos archivos adjuntos. Son documentos de derechos humanos y el primero está fechado en 1971, al yo encontrar la luz y A responder No a mi oferta, tardía, pues se casaría.
No hacías, pues, montañismo y otros deportes extremos, o sí con una doble finalidad. Eras mucho más chica misteriosa de lo supuesto y guardaste el secreto al reunimos para siempre tras veintiséis años con tu esposo.
Así aplica a ella la advertencia que hice sobre la Inesperada. Escribo un testimonio y no puede precisarse cómo.
Realmente, nietos, esos dos grandes amores sirven aquí para darnos un tono romántico aterciopelado, a pesar de sus profundas fracturas, y en tanto rescatan momentos de otra forma perdidos, sin relación con ellos.
El terciopelo sale ahora a relucir y conduce a algo obsesivo en Última función: las películas de un gran director. Soy maniático con su trabajo, que empieza mostrando cuánto las apariencias engañan. Tiene aproximadamente mi edad y en otro país parece haber visto los mismos demonios que yo, ocultos tras la placidez. Rastreándolos fue mucho más lejos después y construyó un discurso. No se lo puedo copiar. La autocomplacencia debo evitarla, cuando menos.
 

Compadre 
Jamás salgo a la calles sin vestir una gran canción, dice de vez en vez el payaso yo y sin falta cumplo.
En el árbol frente al zaguán espera mi compadre gorrión. Está enojado como siempre porque no lo escucho cuando con los suyos adelanta el amanecer, él a picotazos contra mi ventana.
¿Cómo pretende entonces que a palabras le descubra la noche?
¿Le contaré que a veinte cuadras hace un rato la Mal nombrada escribió:
Por su publicación chismosa que nadie tomó en cuenta en el espacio feisbukero del Y decían, ni crea que no veo lo qur hace, igualado...!
Y que luego nos dimos (uuummm, jjj) a lo de costumbre.
-¿Yo? Cómo cree. Seguro fue el Kikito Veneno que me jaqueó la cuenta. Usted, en un altar (vestida de virgencita, pa que desde abajo le vea lo interesante jjjjjj
-Pin insidioso, provocador, reaccionario, pequebú (jjjjjjjjjjjjjjjjjj)... por esos daños a la moral me debe la Victoria (con sus libros, con la gira... y en un cartón jjj 
-¿Cartón? Chale, la inflacionaria (la Victoria, así, por todo lo alto, desde lueguísimo que se la debo: será de mi ese jjjjjjjjjjjjjj

-Oshh...


-Uy, la Condesa de Nautitlán

-Uy, el príncipe de nicotitlán

-Jjjjjjjjjjjjjjjjjj (se la sacó tanto que hasta le respeto el uuuuuuuuuuummmmm jjjjjjjjjjjjjjjj

-Así como ese puerkito estoy en el centro de explotación, por eso me asomé a molestarlo 

-Me imagino. Deje le llevo de volón su cartón
-Parfavaaaar!! jjjjjjjjjjjj
Desaparece sin firmar la también llamada Curado o Agua y después Miel y en secreto le paso la nueva canción con que la que finalmente del brazo y por la calle irá el viejo con su compadre.
En primavera hoy parece tarde de verano en mi ciudad, melancólica por la luz flaca, siempre acristalada, con que las nubes anuncian lluvia, y el griterío de la calle se amansa lo poquito necesario para animar al compadre, quien sin permiso vuela de mi hombro hasta la rama tierna donde sus parientes intercambian los chismes del día, que cinco minutos y dos cuadras más allá son míos, como él, o nuestros, en el plural del pájaro, el hombre, los balcones.
-0-
Desde su pequeña ciudad Gaby llega en un par de horas. La trae un gran concierto y aprovecha para ver el show que daremos Ninette, la Itz, Alexandra, otras y otros seis de la red de talleres, y yo, bajo la siniestra (jjj) dirección de Nadia, el Neri y su genial niña.
La Imprecisable no aparece aunque dijo que me extrañaba mucho. ¿Qué quiso decir exactamente? Quién sabe, por eso su bautizo en la viñeta. Es tan buena persona...
Menudo reto escribir un libro en cinco semanas, hasta para mí, trabajador independiente a contrareloj hace casi medio siglo. Más, por el delicadísimo tema, así sea sólo para divulgarlo, pienso mientras rebajo un poco el grado de desorden que encontrará Gaby, a pesar del batallar de Jeff un mes atrás contra la cocina, durante su viaje. 

¿Esto se dirige a algún lado o hace de inútil diario para el casi setentón a solas? Misterio, como el nido de mi compadre. Toca cambiar los papeles. ¿Qué hora es? 2:48 am. Jeje, la sorpresa que se va a llevar.


Ana primera

Dieciocho años los dos y vivíamos juntos. Eso era muy precoz en la época, al menos entre las clases de donde procedíamos.
Terminó tu curso en otro país, llegaste un domingo y el lunes me buscabas en la universidad. Espía experta, te tomó nada encontrarme. Nuestro enero benévolo arropaba al sol sin que yo lo percibiera. De verdad había muerto en noviembre y la joven a mi lado por el enorme jardín intentaba entender los motivos. Junto a ella un mutuo amigo ocasional. 
Imagino que calculaste cómo sería mejor tu acercamiento hacia mi espalda. 
-J -escuché a cinco metros. 
No sabía cómo reaccionar. 
-Jamás nos separaremos -habías dicho un año atrás, sin que yo entendiera bien a bien, y nuestras cariñosas, prudentes cartas se interrumpieron cuando la Princesita hizo su obra. 
Estabas todavía más hermosa que antes y tuve miedo. Yo tan pequeño, tú un producto incomprensible para quien fuera. No guardaba expectativa alguna, excepto la amistad incondicional, y aun así quise correr. 
Nos miramos, los ojos se te enjugaron por primera e inesperada vez. El llanto no era para ti, sabía cualquiera que no entendiera, incluido yo, el personaje en que me convertías.
Espera, corrijo la mala manera de contar. Lo intentaré, siquiera, mientras la Inesperada hace un esfuerzo de comprensión y no porque "lo que no fue en tu año no fue en tu daño".  
Nuestra historia, Ana, resulta excepcional gracias a sus continuas fracturas y a los extrañísimos protagonista que representábamos. Debe sacársele partido. 
-Caminamos porque tropiezas -afirmarías después. 
Empecé a hacerlo con la Princesita y seguí al convertirme en universitario. Nada hacía sentido para mí y aquél año ni me inscribí. Quemaba las naves, como se dice, sin objetivo.
Conocía ya el falso barrio bohemio en gestación y robaba en casa, pequeños ahorros de mamá, por entonces, y no todavía caras botellas y centenarios. Era mero vil desastre, y el dolor no me justificaba. 
Tú, perfección personificada, enajenabas el futuro en nombre del pasado familiar, renunciando a lo único que querías, que te urgía para andar como dios manda: hundirte en el país, en sus pestes y sus maravillas.
Vivirías a través mío y ahora quién sabe cuánto contaba salvarme y cuánto el aprovechamiento de mis infortunios. 
Conté antes cómo hicimos el amor en donde primero se pudo, por iniciativa tuya. No nos habíamos besado una sola vez. 
La Señorita Todo lo Puedo y Calculo hizo planes en el avión y me llevo a nuestra casa. Así de simple. Para las doce del día J sin oficio ni beneficio, muerto en vida, tuvo la más hermosa joven y un elegante departamento -al mes nos cambiaríamos al cuarto de servicio, cierto-. Nos faltaban meses para cumplir los dieciocho
Usabas el auto de tu hermano, para su coraje y sin que supiera. Pedí ir atrás porque mi placentera confusión se sustentaba en la certeza de que no te merecía.
Nuestra casa, subrayé, pues eso sería y eso dijiste al arrancar. No entendía nada. Estaba destinado a ello, pensé meses atrás, y he aquí la confirmación, dije en silencio mientras mirabas por el retrovisor.
Lo intuías y evitabas convencerme de otra cosa con discursos. Tu gesto se planta en mi ventana, cincuenta y dos años más tarde.
Paramos para hacer la compra. Era un perrito tras de ti. 
-Deme tal y cual -pedías a la dependienta sin consultarme por respeto.  
El día regresó a su viejo esplendor en nuestro valle. Te espié. Las cien intensas jornadas juntos enviaban mensajes encontrados. Me extendiste una moneda.
-Ten, llama a tu casa.
Cumplí la orden.
-¿Por qué, Ana? -pregunté sin palabras.
-Eres de una ceguera increíble -responderías después.
Entonces, todos los demás estábamos ciegos. Ese romanticismo tuyo lo envidiaría la literatura francesa del siglo XIX. Yo tenía con boleros y Beatles. Paul Nizan y Jules et Jim estaban por llegar para mí.  
Sigo contando mal. No tengo remedio. En fin.
Mil cosas me rondan la cabeza, de cada uno de los dos. ¿Cómo fueron tus primeras experiencias sexuales, con el púber pescador? Las mías empezaron todavía más temprano, madurando gracias a María, tan joven como yo, quien trabajaba de sirvienta -sin eufemismos- en el hogar paterno. No la compelí y ella se enamoró. Darme cuenta dolió. Terminaba siendo un aprovechado cualquiera. 
Nuestros encuentros eran primitivos a pesar de mis juegos con otras y otros, que anunciaban cierta perversión. 
No hubo más hasta ti. Conocía bastante bien tu cuerpo por la confianza en el trato, que permitió verte desnuda o semidesnuda -cuando te bañabas sin saber que había entrado a tu cuarto o al cambiarte la ropa.
Me inquietaba de un curiosa manera. En ella habrías apreciado lo que significabas para mí. O, más bien, lo confirmarías, pues por fuerza te dabas cuenta. ¿A qué tu sorpresa ante la ceguera de J? Esa seguridad al buscarme y decidir por los dos es elocuentísima.
Es complicado hablar de mis sensaciones ante tu cuerpo en un tiempo en que la Princesita, L, lo ocupaba todo, parecía. Tendríamos la vida entera para esculcarnos, según reglas sobrentendidas, y el intenso deseo que experimenté muy pronto se transformó en vaya a saberse qué.
B, la sensual, atrevida compañera a quien servía de cómplice, extraordinariamente madura para mí, fraterna me alentaba a recrearla con los ojos y la imaginación. Gracias a ella presumía cuán lejos puede irse en el placer. Con L llegó la esquizofrenia. Moría por su boca, sus pequeños senos, sus bien torneadas piernas, sin apremio. Apenas eso.
Jamás me masturbé con ninguna de las dos y no recuerdo si continué una práctica desarrollada a conciencia hasta entonces, que seleccionaba a una amiga de mamá, a una falsa prima diez años mayor que yo; a la madre de un vecino y una joven vecina. (Contar en primera persona tan a menudo como yo crea vicios terribles.) Tampoco contigo, Ana, desde luego. 
Vivía en un permanente columpio sensorial sin solución. Calcula entonces el amoroso.
Verte contra el auto abriendo la blusa fue una de las más desquiciantes experiencias en mi vida. Por el camino me habías besado largo, con tibieza y pasión -puf, qué mal descrito; sin imágenes ni detalle no se puede.   
-Intenta curarme -pensé. -Está conmovida.  
-Te quiero -decías y confirmabas mi idea. 
La entrega fue otra cosa. En verdad me deseabas y no tenías prudencia alguna.
-Al mundo lo tomo. No hay diversiones ni cotos. 
Tardaría mucho para encontrar alguien cercano a ti en el sexo, en su desinhibición.
La clase social y la estirpe se manifestaban también ahí. Tu novio aquel, con quien te conocí, lo fue realmente, así su romance durara unos meses. L, niña rica de primera generación, y yo, un clasemediero modesto, en año y medio nos limitamos a escarceos. Santa Virginidad mandaba tanto como el presidente de la república. Imagino los encuentros con el muchachito costeño.
Cuanto guardaba se explayó en ese momento, sin faltar mis fantasías al autosatisfacerme. Un ancho camino quedaba despejado.
Me pregunto si nuestra casa estaba en veremos antes de tomarte. No, claro. Dos años antes habías decidido quererme y aplaudirías hasta mis tropiezos amatorios.        
Siempre manso cordero vi cómo pasabas tu hogar, donde presumí me llevarías con la protección de Luisa. Barrio señorial arriba, hasta el parque, te detuviste. 
Era un edifico de cuatro plantas y otros tantos departamentos. Pertenecía a la familia. Llevabas llaves, el portero bromeo contigo y subimos por ascensor. Más besos, yo azorado.
-No lo rentaron todavía.
Para variar confirmaba: sí que hay abismos sociales. Tu tratabas de no aprovecharlos.
-Luego iremos al cuarto en la azotea, que está más bonito. Pica cebolla y jitomate.
-¿Yo? -pensé. Nunca moví un dedo en la cocina. Por supuesto los abismos existían, también a mi favor.
En breve sabría que contigo era capaz de encontrar el camino, si evitaba la inseguridad que me producía saberte superior. Imposible evitar ese miedo, A. Experto en túneles, agujeros y tropiezos, las premiadas vías rectas resultaban un laberinto para mí. Debías guiarme entre rumbos discordantes. Fracasaríamos sin remedio. Mientras, nos esperaba un año ideal. 
Los departamentos estaban semiamueblados pues los rentaban quienes debían pasar en la ciudad un año o dos, o menos. 
Recibidor, clóset para visitas, baño completo a izquierda, que servia a una pequeña habitación, y en el extremo contrario la amplia cocina obligada para gente de bien. Detrás, bordeando por un costado -los alimentos tienen que llegar como en secreto y sin anuncio de olores- o subiendo tres peldaños al otro, sala y comedor con vista a oriente, el parque y así el gran bosque urbano y las montañas. Dos espaciosas recámaras compartían baño y vestidor. Balcón reglamentario, que doblaba al norte.
-No hagas caso. Nos mudaremos arriba -dijiste. -Es mucho más bonito, verás. 
Yo hablaba a monosílabos.  
Un par de jovencitos jugándose la vida. Nadie vendría al rescate, quedaba claro por fin. Mamá, papá, el valle, dieron cuanto les correspondía. Ahora a bregar, tú y yo solos. ¿Que teníamos un techo gratis? Para dormir y nada más, entre la tormenta cuya furia terminaría con nosotros en cualquier descuido. En resumen: nos sumamos a los millones obligados a encontrar una respuesta donde no la había.  
Desde luego no sólo para ti, rica y disciplinada, sino para los dos, la mesa estaba puesta. El tema era lo que nos servirían. 
En apariencia yo no soportaba más y lo con mucho peor llegaría después, año tras año. Ese nuestro era la salvación. Nutriéndonos permitiría resistir luego, hasta que con empeño y ayuda de otros construyéramos un camino, retando, siempre retando.  
Vaya orgullo que siento, mi señito.
"La autopista es para los jugadores", prevenía el Mr. Esa frase sí que la entendí. ¿Quién pagaba por el aire en mis pulmones? Millones, y yo allí, sin dar golpe. No era necesario decírtelo: la culpa roía a tu compañero.
El optimista irredento yo pensaba cada vez más en cuán duro golpean los vientos contra nuestras pobres humanidades. La primera infancia supo del asunto quizá como nunca después, y enseguida tuvo confirmación en mi hermano pequeño. Ahora venían para rompernos por fuera, completando su trabajo. Pobres. Y dicen que quienes salen adelante tienen mayores méritos. Eran y son Mrs. Jones.
Peladitas y en la boca lo tenían quienes sacaban nueves en mi ex salón o, perdona, Ana, esos que se apuraban a ayudar a papá en su fábrica. Cultura del esfuerzo. Menuda mierda.
Bueno, miento: estabas dispuesta a dejar todo, si bien hacías una primera apuesta por profesionalizarme en la experimentación. 
Cuando ya juntos llegué feliz porque había encontrado trabajo, pateaste el mueble más próximo -un fino trinchero.
-¿Qué te pasa?
-No estamos para tonterías -fue tu respuesta.
Caí en cuenta.
-Lo haré donde quiera, poquito. No nos alcanza con eso que ganas.
Habías renunciado a la mesada familiar para cobrar dos horas diarias como ayudante de tu papá.
-Cumpliré lo prometido con la fábrica también porque es una manera cómoda de tener ingresos. 
-¿Me mantendrás? Estás loca.
-Qué típico eres. Macho, finalmente.
-¿Eh?
-¿Ves? Ni entiendes.
Hablabas del gran enemigo que Luisa te señaló desde niña: la sociedad patriarcal.
Yo tardaría décadas en escuchar del tema. En cuanto a lo de macho, aquí entre nos, ¿cuál?, si tenía una formación femenina y nuestra intimidad sexual lo mostraba.
-Antes muertos qué dóciles -declaraste un poco demasiado pasada en el discurso, jeje.
-¡No, mamá! -fueron las palabras iniciales a Luisa, quien nos avisó que tu padre había descubierto no vivías sola. -Me marcho... nos marchamos.
-¿Adónde?
-Adonde se debe.
Te traicioné con mi llamado a la prudencia y de ahí tu coraje.
Apenas hoy comprendo. Esperabas que hiciera otro tanto: decidirme. No tenía idea cómo. El país era todavía una incógnita absoluta. Encontrarla obligaba a dejar la ciudad, aventurándonos, probé cuatro años luego. Sordo a Dylan y su Autopista 61, debía saberlo ya.
Tienes razón: él a nuestra edad no se atrevía aún.
Cuán difícil, realmente. Yo pasaría antes por los suelos lodosos tras un mostrador bancario y el horror de la fábrica-pueblo, para casi ser cirquero y traficante. Perdón, Mr, aquí hay quien se convirtió en piedra rodante, sin dirección adonde escribirle, completo desconocido, a la manera de millones, sin alardes de niña rica antes; Ana jamás presumió y no apostábamos a la fama, Did you?   
En cualquier caso el año de idilio nadie nos lo quita.
Eras odiosa, hasta cocinar bien sabías. Ratatui llamaban en Francia a lo que en tierras de Luisa le decían... ¿cómo? Cuatro generaciones francofóbica, aludir al guiso aquel de solo hortalizas podía costar la vida -no lo conocía y presencié un altercado mayor cuando a un invitado a Luisa y F place se le ocurrió asemejarlos. Eso comimos sentados sobre el piso del balcón. 
Llevabas una cinta rodeando tu tobillo izquierdo. Detalle hippie que no había llegado a estos lugares, me ponía mal. Artera provocación señalando los bellos rubios por los cuales asesinaría, apenas algo llegó a mi estómago parecía gato en celo. Levanté la falda con el pie y recordamos que no llevabas ropa interior. Lo demás del no ratatui quedó para después.
Había un abismo entre los dos años transcurridos desde que nos conocimos y puede apreciarse en la música de estas memorias. Lo conocían como brecha generacional y operaba solo para algunos. 
El México periférico no permitía irrumpir a la adolescencia sino caricaturéscamente y los aires nuevos llegaban a cuentagotas. Tema complejo ése, que solo cito. Vivíamos la dictadura perfecta y se necesitaría un 68 para conmoverla.
Semanas después A y J estaban en el limbo y por la ventana del cuarto de azotea se hacían preguntas sobre la ciudad y su país, perfectos desconocidos. Algo sabíamos, sí, algo, nada más.   
Hablábamos mucho, entre semana desaparecías cinco o seis horas diarias y un par el domingo, para comer con tus padres.
-Ven con nosotros -pediste una vez. No hubo contestación. -¿Estás enojado?  
La pregunta sobraba y no porque en mi casa me esperaran.   
-¿Qué no entiendes tú o qué no entiendo yo? -me dije o nos dije, vaya a saberse, pues en ese momento dejamos de ser uno y volví a los miedos. Sonaba la canción que se escucha aquí, con mi particular, mudante letra.  
-Perdón, J. Mejor cocino y... 
-Anda ya, te van a regañar -agregué sin mala fe.
-Cuan frágil compañero escogí -parecías pensar.
-Tú más -respondí en el mismo plano.
Ahí estaba nuestra primera y única pelea matrimonial, capaz de dar al traste con todo.
Silencio. Ibas a validarnos.
-¡No! -contestarías si me hubieras escuchado.
-Sí -insistiría yo.
Imagina la escena en sacrosanto día, yo con dudas sobre qué cubierto tomaría, ambos mintiendo hasta por los codos. ¿De trastabillar, habrías vomitado la verdad sobre la mesa? Quizá. 
El recuerdo me agota, A. ¿Seguiré, como prometo? Debería volverlo novela. Hago un intento, no suena mal. Menudo alambicado cuando escribo de mis cosas.
No importa cuánto pasábamos juntos, siempre eras la chica misteriosa. Así continúas en mí, misteriosamente.
Contigo se me ocurrió por primera vez que cada puerta al abrirse descubría otras. Ana interminable temblando en la mirada de J. 
Sin alardeos: solo el de Luisa puede compararse al conocimiento que él tuvo de ti. Distintos, desde luego, porque yo te deshojaba quizá sobre todo gracias al sexo. 
-Ven -decías por dentro, asomando para desparecer. Escuchaba tus pasos que corrían, iba tras ellos hasta torcer vaya a saberse hacia dónde, y de vuelta... Los ojos se me iluminaban con angustia también.
Si de mañana esa primera vez te guió la prudencia o el amor o tu sentido maternal o nuestro cariño fraterno, y no evitaste mostrar lo lejos que iríamos, ahora, platos a un lado, no hubo misericordia.
Dolía.
-Trabaja, trabaja -decía tu rostro, la liquidez del cuenco, los giros, el respirar fatigoso, cada bello demanda, pues eso eran, terminaciones nerviosas capturando a su presa. Hablabas a mi oído con palabras incomprensibles y por ello más sugestivas. Ibas a desgranarlas poco a poco, al dictado del mutuo deseo. 
En verdad dolía.
Te buscaba arriba y abajo, hecho boca, manos, miembro y piel, mucha piel frotándose contra la tuya. Atardecería cuando termináramos para recomenzar apenas repuestas las fuerzas.
El clítoris no existía en la época, ni punto G ni mujeres fuente que otros países daban por mitológicas y no este, que lo silenció desde no puedo decir cuándo. Tú manabas. 
El tapete bajo nosotros estaba empapado diez minutos después de empezar -exagero posiblemente, jeje-. Yo palpaba, sin creerlo.
Hacía el amor con un mito y no me daba cuenta ni podía contárselo a nadie, aunque quisiera, pues dudarían de mí.  
Dedos y lengua se esmeraban más que la varonil representación.
-¡Dios! -exclamaste en un momento y estuve a punto de reír, apóstata maldecida. 
Tampoco a ti se había revelado tu don hasta entonces.
No atinaba adónde ir, pez Ana, y lamía con los labios y el sexo, restregándome. De espaldas, por favor, era mi ruego, y enseguida nos enrevesábamos. 
En un cuaderno me burle del sexo con bagaje beisbolero: mete y saca, jeje. Bueno, cada quien sus gustos, si bien no alcanzó a concebir algo tan placentero como aquello.  
Paro pidiendo perdón a quienes leen. El pobre hombre recuerda y tiene una Inesperada que agradece a Ana su legado. No más. Hasta siempre, amor.
La gran canción queda en nuestras cabezas.
-0-
Leí esto, así recuerdo que fue y algo no cuadra, A.
Diecinueve años después, explico en otra parte, me expulsaron por primera vez del paraíso. ¿Dónde estabas, amor perfecto? ¿O dónde yo cuando no sé que sucedía contigo?
Si ahora no nos separamos más será para comenzar. El pasado está en contra nuestra. Pedí perdón a P al escribir aquí y después desapareció por mi marcha. Imposible amar a dos mujeres a la vez aunque sea en ausencia. ¿Juntarnos me obliga a morir también? Te traicionaré dos días cada semana y todo el tiempo en la fantasía sexual, sabes. ¿Y aquella promesa de fidelidad? 
¿Cómo imaginarte vieja o haré trampa de nuevo y a capricho tendrás diecisiete o espléndidos cincuenta y uno?
Disculpa, estoy un poco enfermo y mal alimentado. 
¿Tuvimos una conversación de tú a tú, a lo macho, o fuiste siempre Ana milagro y yo J mito? 
Llegó la hora de discutir, amadísima, saca los platos.  

Inesperada real
Me vio por primeras veces peor que nunca. Sentía consumirme, cuento aquí cerca. Hoy volví a creerlo y apareció en mi casa. Al marcharse, era el hombre más fuerte del mundo.
De jamases harto, jamás quise tanto ni fui más amado, y eso es mucho decir, leyendo otros diarios.  
-Por tí seré el mejor que pueda -le teclee a la combi, cuando marchó hace rato. 
-Ya eres -respondió.
Odia la cursilería y soltar eso fue un exceso. 
De regalo trajo el álbum que sin más lleva a las estrellas y al ponerlo este hombre estaba ya estrellado. Viajo por no sé dónde ahora y a ratos cruzan los asteroides. Basta oler su cuerpo que rezumó el mío, para salir ileso.
-0-
El diario a G o Mi seño no inicia ahí y eso se pensaría leyendo Última función sin cuidado. Tampoco lo hace en Inesperada, como sugiere el título de esta viñeta.
Es un pequeño enredo que conviene a los cuadernos y hoy, mes dos en mi año setenta, termina así:
Apenas intimar hubo un ensueño: teníamos sexo como animales pequeños, al borde de mi cocina. La provocación era un peldaño que me obsesiona. Esta tarde ya no hubo fantasía y no nos condujo aquélla sino nuestro flujo espontáneo. 
De mortal se califica. Nada extraño entonces si muero por ella. 
-No hay por qué -dice impertubablemente precisa. 
Económica de palabras, A las pruebas me remito, afirman sus ojos.
Cosa mayor el sexo, con ella fue la búsqueda de nada más que un otro. Te necesito, gritaban las letras de neón en nuestras frentes, y es mi última, insólita vez, había un anexo sobre la mía. 
Canción, afirmé. Cuántas quieren, tomadas del cuarto o el escalón o las letras a través de pantallitas, juntos. 
Juntos, menuda gran palabra. 
-¿Te junto?
-Juntamente. 
Qué sabe nadie de jajas, sino está entre nosotros. Lo demás ni retratándolo.
Yendo a dormir le pongo: Ya no me importan lo que digan las fotos o los espejos. Soy el que está en tus ojos (chale, sí que me dejaste profundo jjjjjjjj)
-0-
Costumbres son costumbres, Mi seño, y acostándome más o menos temprano para mis usos, despierto como de una siesta y preocupado: debo aclararle al diario Las apariencias engañan y no quiero que seamos aparentes más allá de lo cierto, pues forma es fondo, bien se sabe.
-Te llamaría Sombra -dijiste un día temprano en este amor ráfaga que apuesta a la eternidad ganada cada vez.
Me aplaudías con ello, sin conocer cuánto me reconozco así, sombra. Representas tan bien a la Inesperada, que cumples su condición: hacernos tiempo y espacios liberados.
Fui a buscarte en 1990 para que me llevarás a 1967, creo -se lee en tus mensajes para mí.
-0-
-Más que te quiero -dije temiendo su reacción.
-Eso sí -contestó. -Querer nomás, sirve para nada.  
La gloria vino justo después y coincidimos: por aquí se entra, luego...
En setenta largos años estuve solo a sus puertas, esperando a quien se atreviera. G abrió de un manazo. 
-Me dejó cara de angelito -le informo. -Si al volver no me halla, tóquele a San Pedro.
Pondrá un jaja acompañado por otra ocurrencia y así llevaremos el resto del día. 
La dicha es así y, ambos bien dramáticos, ¿cómo vendrá la tragedia a rescatarnos? Quizá no, hizo antes su trabajo -exagerando un poco, jeje.

Dulce conversación matutina
Ódiame un poco y vuelve a mí...
La de déjate caer ufff
¿La odio? ¿Y cómo se hace eso jjjjjjjjjj
Es parte de la rola
Jajajaj
Bueno, así fue
la odié un poco cuando el "Señor" jjjjjj
y ya luego jjjjjjjj
Sí vi

😔
¿Si vio jjjjjjjjjjjjj
Leí
Lo que sea
No sea dramática jjjjjjjjjjjj
Jajajajaj
ya pasaron dos millones de años jjjjjjjj
Es que cuando usted se pone en plan de mala onda bueno
Jajajajaj
Uy, seguro usted es blanca paloma jjjjjjj
Y así seguimos, mientras su olor sigue enloqueciéndome y así continuará pues de baño no quiero volver a saber.
-0-
El diario seguramente continuará, Mi seño, pues pasamos diciéndonos Cada día más y hay un registro natural. Para los cuadernos se detiene aquí.
Como con el resto, eso escrito hasta ahora debe bastar a mis nietos.

Por fin nombrar
Aguas Blancas llamaron al paraje donde mi compadre Agustín y yo imaginariamente asistimos al asesinato de diecisiete campesinos, ¿recuerdan, Ohsis? Se los cuento en Red de agujeros y lo traigo a cuento ahora violando nuestra regla para este cuaderno: no nombrar. Por un camino vecinal bajaban la sierra como siguiendo el río, parece, y no afirmo pues si bien es fácil saberlo gracias a los mapas, pronto conoceré todo por aquí en presencia.
Hoy domingo llegué a la pequeñísima ciudad destino de aquellos hombres. Apenas vi sus primeras casas decidí: viviré en ella mis pocos años restantes, como último exilio que conduce a la verdadera patria natal, perseguida desde niño: ese "Sur, geografía profunda" al cual me refiero una y otra vez.
Media hora luego, en el kiosko donde las organizaciones populares nos esperaban para un modesto, significativo acto, sellé el pacto personal. Tomaron simbólicamente el lugar días atrás y ahora resolvían no marcharse hasta cumplir sus ensueños.
Por buenos motivos que producían bromas entre mis compañeros, durante tres horas confundí adrede el nombre de la población, cuya primera letra es A.
El verde rabia por los cuatro costados, delantando una tierra riquísima sobre la planicie costera. Forzosas palmeras coronan timuenes, sasaniles, causes, anates, cacahuananches, parotas, bocotes y vaya a decirse cuántas plantas más que los vecinos me señalan al atardecer, cuando sus pescadores pasan cargando truchas y pargos, charros y sabidillos, robalos, jureles y jaibas.
Tengo sesenta años y si preguntan a mi cuerpo les dirá que no pasa de los veinte. Lo hará hoy y quizá no mañana lunes, porque la edad es la edad, hemos visto, y este quijositoso yo tal vez delirá un poco demasiado.
En cualquier caso los dejo a ustedes contemplando desde donde quería.
-0-
Dediqué diez años a los cuadernos, E y S, y así adquirí una prosa más o menos decente y un estilo. A base de viñetas y diarios aparecieron fórmulas con sentido y sus diez, muy diversos productos procuraban la unidad. 
El resultado fue desastroso y no tengo tiempo ni fuerzas para intentar algo nuevo. Rescataré algo, confío. 
Finalizaba como ven aquí al inicio.

 
  



   

miércoles, 22 de febrero de 2017

Siluetas. II y III (terminadas)

Partir al primer día no es un acto memorístico y forma parte de un binomio. Por mi torpeza con las ideas dejo ahí el comentario, nietos, confiando como siempre que interpreten para luego explicarme, si hay tiempo, claro. 
Escribí las tres viñetas con este título a los cincuenta y siete años, sin revisar lo que borroneé cuando transcurría la historia. Había iniciado un nuevo exilio en el departamento donde Las niñas y la música y nuestra Princesita apareció por primera vez desde aquel domingo que recojo aquí. 
Volvía al poner canciones de nuestra adolescencia, como si estuviera a mi lado. Sé de lo que hablo pues de mucho tiempo atrás conocía los vívisimos regresos al pasado.
-Me asesinaste -le decía una y otra vez, por días, contemplando su rostro en la ventana a medio metro, y el adorable gesto de ingenuidad permanecía inmutable.
La primera viñeta estaba bien, la segunda, cursi, era justa y pasadera y la última fallaba al dramatizar el final.
-Qué lástima -pensaba porque había todo para reproducir un gran clásico. 
Luego quise hacerlas el guión de cine que una amiga urgía asegurándome la producción por su puesto en X lugar. 
Fracasé sin más. 
Dejo esas dos últimas como estaban. Lo que de entonces encuentro al partir cada mañana queda donde debe.

II
La mañana cuando en el patio de la escuela se descubrió tras el capullo abierto de sus súbditas, la princesita resplandecía de arriba abajo: el suelto, largo cabello amielado, los ojos de avellana, los pródigos labios, los brazos duros, frescos, jugosos; las perfectas pantorrillas, la insinuación de los muslos y su cuenco, el permanente aire de recién salir de la regadera, la sonrisa de niña pícara e ingenua.
Apenas podía esperar para hacerme de aquella piel, de su aroma, del peso de su cuerpo contra el mío, del sabor de la boca, y del alma que insuflaba todo eso. Mía sin rastro de duda, deseaba, y la constatación no era un invento. Para mí, por entera, de entonces hasta la eternidad, que juro existía. Tanto, habría de comprobar durante el siguiente año y medio, que no costaba entender la decisión de Romeo y Julieta: impedido aquél, darse la muerte era el único, obvio paso para asegurar su tenencia.
Antes de ella el mañana había empezado a instalarse por primera vez a mí alrededor. Era él a quien daba patadas la primera generación de adolescentes en el país. Yo dejé de hacerlo, no tenía caso: no había más que ella, principio y final, no importa si nos veíamos sólo entre clases, el fugaz momento en que esperaba la recogieran al terminar y una tarde cada dos o tres meses, cuando el padre a su pesar se condolía.
Nos quedaban, sí, las diarias horas al teléfono, atravesadas por silencios mucho más elocuentes que las palabras, en el mundo que no iría a ningún lado pues no tenía dónde: estaba en el modesto, armonioso rincón hecho por mama en la planta baja para acunar su rotura, muchas veces mayor que las dejadas por Roldán cuando su descomunal espada bajaba por el centro de sus enemigos –y escojo con cuidado la imagen tratando de aproximarme a lo que recoge Fantasmas, otra viñeta de estos cuadernos. 
Por la encortinada ventaba al dulce oriente de la tarde, las ramas en sombra de la jacaranda sin flor a su frente se columpiaban en la síncopa permanente reinventada por el viento, circular regreso al origen, a la manera de los pájaros para quienes el día era nuevo cada vez, según me descubrió el hermano pequeño. Por la raja imperfecta entre el par de telas, un rayo de luz también siempre nuevo encontraba objeto volviéndose el escenario de las motas de polvo, bailarinas que se reían de la gravedad, al péndulo del reloj cucú. 
Consciente todo de su único servicio: acompañar de mi lado nuestra historia sin historia, pues pasado y futuro no existían aun como espera de la mañana para vernos. 
En el regazo de la princesita vivía, con su cara de dulce pegada a mis ojos, columpiándome en su sensación, de día y de noche. No había espejo. La imagen que me devolvía regresaba con tal prontitud a su presencia o su sugerencia, que ni un fino papel cabía en medio, instante obturado.
La princesita daba la impresión de compartir el sueño –digo sin la menor duda de que era así, L; lo digo a ti sino a la reservadas letras, en las cuales hago el viaje a solas-. Al menos eso parecía decir su mirada, la forma en que alojaba el cuerpo en mi costado o giraba la cabeza al intuirme, la voz de campanitas o en desmayo, sus manos, la escueta boca que permitía dejar contra la escueta mía, prudentes ambas por el convencimiento, creía yo, quizás los dos -de nuevo el absurdo titubeo duda, L-, de que tendríamos mil años para esculcarnos.
Te convoco ahora, en el momento y no en el recuerdo, y aunque me convenzo o quiero convencerme de que las palabras salen sobrando entre los dos, no puedo evitar decirte que el término es exacto: te adoro a la cerril manera de quien contempla lo que cree imprescindible para garantizar su estancia. Me completas, sin ti vacilo y te siento desdibujarte si no me tientas de algún modo.
Me detengo frente a nosotros recargados en la barda, nos miro fijo y apostaría mil a uno a que no está la pareja de jóvenes a un metro, quien pasa por detrás rozándonos, el resto del río alborotado al salir de clases, los gritos que nos dirigen, la urgencia del claxon de tu hermana.

III
Siluetas encabezaba la interminable serie de ridículas baladas de mis quince años, ya dije, y olvidé contar que para tu primer cumpleaños juntos el joven de la tienda fracasó en el intento de venderme el disco apenas desempacado cuyo lanzamiento llevaría a la gloria a unos anónimos Beatles. 
Cuando compré el de la canción de tus sueños debí advertir por vez número mil más lo que me aguardaba. Quizá lo hice. Volver a Verte, la de la película con Rocío Durcal, era una esquizofrenia de nivel superior. En la escena que te llevaba al llanto, un padre y una hija hacían el amor en la sala de una señorial casona no muy distinta a la tuya, entre el arrebol cortesano presidido por un obispo. Representabas allí tu lugar en el harem de un viudo con cuatro hijas. 
Haciéndome el ingenuo pregunto qué esperabas aquella mañana de domingo en el otoño de 1964, del interminable segundo en que te vi de otra mano al bajar del autobús; o antes, como sucedió por las conmiserativas, expectantes miradas de tu ciclo escolar regresando de las primeras vacaciones de colegio para ricos al que se atrevió el hasta entonces honorable nuestro. 
En realidad, y sabes cuánto habló a lo exacto, nada en pie debió quedar en mí y apenas ahora, de nuevo con una conveniente inocencia, entiendo por qué te ensañaste los minutos después apoyando el cuerpo sobre el de él: la decepción no cupo en ti; querías verme de pie en la acera todavía más a la deriva en la tormenta de lo que todos creían, pues nadie sino yo era capaz de mirar en mí.
Lo digo con la misma absoluta verdad con la que te declaré amor infinito durante dieciocho meses y seis días, veinticuatro horas sin fugas en cada jornada, entre mis quince y dieciséis años haciendo a un lado las palabras, fútiles hasta el asco, según entendías a la perfección; así, pues, digo a quien quiera escuchar en el pequeño, apretado universo alrededor de la barda roja: tu propósito desde la despedida en el parque llevando mis manos adonde ni en sueños alcanzaron antes, era matarme.
Lo digo consciente de mi falsa interpretación. Por naturaleza las princesitas llevan una estaca que no dudan en usar hasta las últimas consecuencias, vean o no amenazado el futuro de su linaje, según entendiste vaya a saber cuándo y no por fuerza gracias a cualquier de los dos él en esta historia.
¿Consuelos? Meses después, nuestra celestina, T, me pidió encontrarte, y justo el año del medio centenario de la escuela la topé en la fiesta. Cogiendo mi mano la escena fue una calca de la anterior. Pedía reposo para la conciencia de quien era todavía su mejor amiga, a pesar de que cambiaste de país y de que te reconocía como una eterna niña consentida a quien la piedad no se le daba.
Ve, guardo los mil secretos con el único otro hombre en tu vida, que T recordó por ti el par de días. Ya te habías vuelto abuela y contabas a los nietos el romance de un par de muy jóvenes, idílicos amantes, en el exótico México al cual los llevabas de paseo. Claro, a las princesitas les encantan las historias estilo viejo operador de Cinema Paradiso: qué mayor placer que los soldados muertos de hambre y frío tras meses de procurarlas.
Desde luego de principio a fin tuve la culpa, así debo juzgarla pues al jugar a los palacios negaba lo que más quería: a la maravillosa criatura cuyo dolor era insoportable para ambos. Corrí a tus brazos como antes a los reflectores, por huir.
Te dejo en paz, entonces. Mi muerte al lado del autobús servía apenas de certificación. Como la tonta balada: puras siluetas. 
-0-
La maravillosa criatura a la que me refiero era Uno, quien vuelve muy fáciles mis viajes por el tiempo pues permanece fijo en un instante eternamente igual y distinto. 
Uno, principio y fin. Cuando él muera desfalleceré poco a poco, sin razón para continuar la estancia.
Que solo tengo sentido como puente y nací con el único motivo de atestiguar las dos grandes guerras, afirmo. Menudos bobos esfuerzos por explicarme ante los demás. 
Sombra desde la azotea sí que soy, por orden tuya.      
     
      

jueves, 16 de febrero de 2017

Desde la azotea III


Mea culpa
Uno por uno y una los voy contando, dándoles el inútil beso posible.
Este hombre encorvado, cuyo nombre seguramente no habrá modo de saber así recorra palmo a palmo las dos cuencas mineras, el par de puertos marinos, preguntando.
Lo que carga encima. Cuánto peso para quien, pues está en juego el mundo, ni más ni menos.
Escribí eso años atrás al encontrarme un álbum de fotos. El hombre camina de espaldas doblado también por sus quizá cuarenta años y su magra humanidad que trabajó arduamente desde pequeño, como cuantos nacieron pueblo, sé bien tras seguir paso a paso el medio siglo que lo explica y ve surgir una nueva clase social en tierras por milenios semi marginadas, que expoliaron a conciencia quienes sin gran esfuerzo fueron barones, condes y marqueses.
En uniforme con gabán, las piernas en pelea con el lodo, lleva lo que apenas puede, fusil, mochila, casco, tras largas, húmedas jornadas y pobre dieta, durmiendo a cielo abierto.
Representa el a solas silencioso del resto fotografiado en grupo o a distancia y así provoca preguntas sobre la mujer, los hijos y padres, el lugar que habitan.
Por entonces y a este lado del mundo un poeta escribía:
Niños del mundo,
si cae España -digo, es un decir-
si cae
del cielo abajo su antebrazo que asen,
en cabestro, dos láminas terrestres;
niños, ¡qué edad la de las sienes cóncavas!
¡qué temprano en el sol lo que os decía!
¡qué pronto en vuestro pecho el ruido anciano!
¡qué viejo vuestro 2 en el cuaderno!(1)
La sociedad informada era consciente: nuestro futuro se juega en España. 
Para mí, nacido años luego, todo empezaba por el abuelo, cuya foto presidía el álbum.
En el balcón, presidiendo el gobierno de tu provincia durante la Guerra Civil, cimbras. Y más lo que hay detrás y está en el álbum abajo, pues no eras sino la representación de ellos y ellas. 
Vengo de este apenas concebible esfuerzo y este dolor. Cómo no ser un fracturado y no cargar con lo poquitito a mi mano de una tragedia cuyo peor momento vino cuando los míos marcharon. Cómo no intentar ser solidario con esos hombres y mujeres cuya gran mayoría quedó para que con ellos hicieran cuanto les dieran en gana sombras acumuladas por cuatro siglos de imperio, inquisitoriales tribunales, negrura y más negrura.
¿Cuántos de las fotos fueron a dar a palacios convertidos en campos de tortura, a fosas comunes ocultas todavía hoy aunque cualquiera conozca su ubicación precisa?
¿Cómo no pedir disculpas por mientras tanto crecer entre alegres saltos en este mi país de milagros? Hablo de culpas y tengo todo el derecho, por cada frívolo guiño, cada día tirado a la basura del auto recreo. Las fotos, las fotos, qué vergüenza la mía.
¿Y el resto del mundo? Demasiado humano se refiere a una pequeña parte donde la tragedia alcanzó tonos mayores, E y S. Otras suelen silenciarse, como esa que vio nacer al abuelo materno suyo apenas mencionado en nuestro cuaderno. Al principio les anuncié que en nuestras viñetas escucho música. Se concibió para una película sobre las tierras de él. Es profundamente melancólica por cuánto dolor suma, como en un reservorio. El tiempo no ocurre, trayendo esperanzas cada vez más hondas, pareciera.     
Si mi casa de clase media en esta ciudad supuraba por todo ello, lo hacía callada, como imperceptiblemente. A su alrededor había heridas no menos anchas y antiguas, cuyo último episodio conservaba la conciencia de los vivos entre una secular, sangrienta memoria. 
Que vine a constatar dos guerras y una se me hurta, declaraba con insistencia hasta cuando no pudo ocultarse más su nueva versión en torno mío. La segunda se libraba en silencio, puerta por puerta, día a día.
Dulce hogar el mío, parecía. Todos hasta la avenida eran así, yo encontraba demonios casi por donde fuera y desde nuestra plácida azotea con Felícitas y contra un espléndido panorama oía a los vecinos desgarrándose entre sí y ante la lija de las horas.
Nadie se me comparaba, entonces y después, en optimismo y sonrisas, ni en miedos y rabietas. Se lo debía a Uno.

Siluetas
Partir al primer día no es un acto memorístico y forma parte de un binomio. Por mi torpeza con las ideas dejo ahí el comentario, nietos, confiando como siempre que interpreten para luego explicarme, si hay tiempo, claro. 
Escribí las tres viñetas con este título a los cincuenta y siete años, sin revisar lo que borroneé cuando transcurría la historia. Había iniciado un nuevo exilio y en el departamento donde Las niñas y la música nuestra Princesita apareció en mi conciencia por primera vez desde aquel domingo que recojo aquí. 
Volvía al poner canciones de nuestra adolescencia, como si estuviera a un lado. Sé de lo que hablo pues de mucho tiempo atrás conocía los vivísimos regresos al pasado.
-Me asesinaste -le decía una y otra vez, por días, contemplando su rostro en la ventana a medio metro, y el adorable gesto de ingenuidad permanecía inmutable.
La primera viñeta estaba bien, la segunda, cursi, era justa y pasadera y la última fallaba al dramatizar el final.
Lo que de entonces encuentro al partir cada mañana queda donde debe.

II
La mañana cuando en el patio de la escuela se descubrió tras el capullo abierto de sus súbditas, la princesita resplandecía de arriba abajo: el suelto, largo cabello amielado, los ojos de avellana, los pródigos labios, los brazos duros, frescos, jugosos; las perfectas pantorrillas, la insinuación de los muslos y su cuenco, el permanente aire de recién salir de la regadera, la sonrisa de niña pícara e ingenua.
Apenas podía esperar para hacerme de aquella piel, de su aroma, del peso de su cuerpo contra el mío, del sabor de la boca, y del alma que insuflaba todo eso. Mía sin rastro de duda, deseaba, y la constatación no era un invento. Para mí, por entera, de entonces hasta la eternidad, que juro existía. Tanto, habría de comprobar durante el siguiente año y medio, que no costaba entender la decisión de Romeo y Julieta: impedido aquél, darse la muerte era el único, obvio paso para asegurar su tenencia.
Antes de ella el mañana había empezado a instalarse por primera vez a mí alrededor. Era a él a quien daba de patadas la primera generación de adolescentes en el país. Yo dejé de hacerlo, no tenía caso: no había más que ella, principio y final, no importa si nos veíamos sólo entre clases, el fugaz momento en que esperaba la recogieran al terminar y una tarde cada dos o tres meses, cuando el padre a su pesar se condolía.
Nos quedaban, sí, las diarias horas al teléfono, atravesadas por silencios mucho más elocuentes que las palabras, en el mundo que no iría a ningún lado pues no tenía dónde: estaba en el modesto, armonioso rincón hecho por mama en la planta baja para acunar su rotura, muchas veces mayor que las dejadas por Roldán cuando su descomunal espada bajaba por el centro de sus enemigos –y escojo con cuidado la imagen tratando de aproximarme a lo que recoge Fantasmas, otra viñeta de estos cuadernos. 
Por la encortinada ventaba al dulce oriente de la tarde, las ramas en sombra de la jacaranda sin flor a su frente se columpiaban en la síncopa permanente reinventada por el viento, circular regreso al origen, a la manera de los pájaros para quienes el día era nuevo cada vez, según me descubrió el hermano pequeño. Por la raja imperfecta entre el par de telas, un rayo de luz también siempre nuevo encontraba objeto volviéndose el escenario de las motas de polvo, bailarinas que se reían de la gravedad, al péndulo del reloj cucú. 
Consciente todo de su único servicio: acompañar de mi lado nuestra historia sin historia, pues pasado y futuro no existían aun como espera de la mañana para vernos. 
En el regazo de la princesita vivía, con su cara de dulce pegada a mis ojos, columpiándome en su sensación, de día y de noche. No había espejo. La imagen que me devolvía regresaba con tal prontitud a su presencia o su sugerencia, que ni un fino papel cabía en medio, instante obturado.
La princesita daba la impresión de compartir el sueño –digo sin la menor duda de que era así, L; lo digo a ti sino a la reservadas letras, en las cuales hago el viaje a solas-. Al menos eso parecía decir su mirada, la forma en que alojaba el cuerpo en mi costado o giraba la cabeza al intuirme, la voz de campanitas o en desmayo, sus manos, la escueta boca que permitía dejar contra la escueta mía, prudentes ambas por el convencimiento, creía yo, quizás los dos -de nuevo el absurdo titubeo duda, L-, de que tendríamos mil años para esculcarnos.
Te convoco ahora, en el momento y no en el recuerdo, y aunque me convenzo o quiero convencerme de que las palabras salen sobrando entre los dos, no puedo evitar decirte que el término es exacto: te adoro a la cerril manera de quien contempla lo que cree imprescindible para garantizar su estancia. Me completas, sin ti vacilo y te siento desdibujarte si no me tientas de algún modo.
Me detengo frente a nosotros recargados en la barda, nos miro fijo y apostaría mil a uno a que no está la pareja de jóvenes a un metro, quien pasa por detrás rozándonos, el resto del río alborotado al salir de clases, los gritos que nos dirigen, la urgencia del claxon de tu hermana.

III
Siluetas encabezaba la interminable serie de ridículas baladas de mis quince años, ya dije, y olvidé contar que para tu primer cumpleaños juntos el joven de la tienda fracasó en el intento de venderme el disco apenas desempacado cuyo lanzamiento llevaría a la gloria a un entonces anónimo grupo nacido en otro país.  
Cuando compré el que la canción de tus sueños pedía, debí advertir por vez número mil más lo que me aguardaba. Servía como tema a una película cuya esquizofrenia era de nivel superior. En la escena que te llevaba al llanto, un padre y su hija adolescente hacían el amor en una señorial casona no muy distinta a la tuya, entre el arrebol cortesano presidido por un obispo. Representabas allí tu lugar en el harem de un viudo con cuatro hijas. 
Pregunto qué esperabas aquella mañana del interminable segundo en que otra mano tomaba la tuya bajando el autobús, tras las conmiserativas, expectantes miradas de tu ciclo escolar por las ventanillas.  
En realidad, y sabes cuánto habló a lo exacto, nada en pie debió quedar en mí y apenas ahora, de nuevo con una conveniente inocencia, entiendo por qué te ensañaste los minutos después apoyando tu cuerpo contra el suyo. Estabas decepcionada. Querías verme aun más a la deriva de cuanto los demás recordarían al revivir sus tiempos escolares: el simpático que no debe faltar, hecho un guiñapo para no reponerse nunca, quizá y Dios quiera. Una pequeña leyenda, pues, donde, espléndida, echabas el escupitajo que merecían años entre quienes despreciaste siempre y te hicieron reinar como no podrías en cualquier otro lugar.
Lo digo con la misma absoluta seguridad que durante dieciocho meses y seis días te declaré amor infinito veinticuatro horas diarias sin fugas, entre mis quince y dieciséis años haciendo a un lado las palabras, fútiles según entendías a la perfección. Así, pues, digo a quien quiera escuchar en el pequeño, apretado universo alrededor de la barda roja: tu propósito desde la despedida en el parque llevando mis manos adonde ni en sueños alcanzaron antes, era matarme.
Lo digo consciente de mi falsa interpretación. Por naturaleza las princesitas llevan una estaca que no dudan en usar hasta sus últimas consecuencias, cuando ven amenazado el futuro del linaje, según entendiste vaya a saber cuándo y no por fuerza gracias a los otros dos Él en esta historia.
¿Consuelos? Meses después nuestra celestina, T, me pidió encontrarte y al conmemorarse medio centenario de la escuela aquella nos topamos. En ambas escenas pedía reposo para la conciencia de quien era o luego se reclamaba todavía su mejor amiga, a pesar de que marchaste a un nuevo país y te reconocía como una eterna niña consentida a quien la piedad no se le daba.
Ve, guardo los mil secretos con el único otro hombre en tu vida, que T recordó por ti el par de días. Ya te habías vuelto abuela y contabas a los nietos el romance de un par de muy jóvenes, idílicos amantes, en el exótico México al cual los llevabas de paseo. Claro, a las princesitas les encantan las historias estilo viejo operador de Cinema Paradiso: qué mayor placer que los soldados muertos de hambre y frío tras meses de procurarlas.
Desde luego de principio a fin tuve la culpa, así debo juzgarla pues al jugar a los palacios negaba lo que más quería: a la maravillosa criatura cuyo dolor era insoportable para ambos. Corrí a tus brazos como antes a los reflectores, por huir. 
Te dejo en paz, entonces. Mi muerte al lado del autobús servía apenas de certificación. Como la tonta balada: puras siluetas. 

Fantásticos años
-Cuenta - pide P.
-¿Qué? -pregunta N entrando a escena en nuestros diarios encuentros por la pantalla al amanecer.
-Como unas señoras y unos señores de muchos pueblos se juntaron para contarle al Cuac una historia muy interesante.
Tardo en entender porque a ella le atrae más que la increíble fuga de cuatrocientas personas ocultas por diez años en sótanos, habitaciones con doble fondo y montañas, su reunión clandestina para reconstruir los hechos. Luego recuerdo la emoción de esos días y del tiempo todo en el país donde nacieron mis padres y abuelos, acompañado por Él, regalo cuya maravilla seguía asombrándome, y Ella, quien me odiaba cada vez más, prisionera de sí en lugares que nada le decían. 
Mis viajes a la aventura, pues en tal se había convertido también aquél, fueron extraordinarios, vuelvo a saber gracias a P, la Inesperada, absorta en su viejo que comprende cuán cerca está de morir así viva cien años.
Trata de imaginarme en casa de Dosy, la peluquera, en el pueblo minero, con la pequeña, hermosa, golpeada, resistente comunidad que me cuenta porque soy no un historiador o periodista sino nieto del casi mítico Belarmino.
-0-
No escribí esa y otras muchas historias a las que me condujo alterar el viaje programado. Los jefes de los fugaos, Mata y Arísitides particularmente, me contaron lo suyo con un minucioso detalle, y tuve entonces cuanto precisaba para encargarme de uno en la serie de trasgresores volúmenes con que T recién inició el camino de su celebridad. 
Me conocía muy bien y a mi casa no llegó una invitación sino el contrato. Rechacé la oferta apenado con él, con el proyecto editorial que formaba parte de un esfuerzo por bien dirimir la coyuntura española tras morir el gran maldito nacional, y con Dosy y los demás. Había dos sencillas razones: Mata no quería divulgar detalles de una herida que no cicatrizaría jamás y Arístides aspiraba a publicar por sí mismo. 
Con tiempo podía hacer algo muy interesante. Lo llamaría Del llano y el monte y dando su merecida dimensión a miles de anónimos hombres y mujeres, probaría la íntima, dramática relación entre los pueblos y quienes se mantuvieron armados en las montañas. 
¿Y el solo relato de aquella fuga en 1948? ¿Qué hice en la memoria personal y pública de mi fascinante viaje? Cien cintas grabadas siguen preguntando, cuarenta años después, si se perderán. 
De hecho fueron dos viajes en uno. El segundo me llevó con quienes asaltaban el cielo ya antes de que el gran asesino muriera. 
Los encontré seguros de que su asalto al cielo sería imparable. Filiberto, el Santo Lugar y su viaje me habían preparado para en segundos penetrar muy dentro de donde se necesitara.   
Busca en ti, Él, a ver si encuentras algo de esos días.
Eras el niño más hermoso y no por la rubia, ensortijada mata por la cual te celebraban. ¿Dónde estarán los rollos de cine casero, testimonio de tus despertares, paseos, etcétera?

el viaje que continuaba o se adelantaba a otros también excepcionales. 

 ¿Volverlos libros? ¿A quién carajo interesaba? ¿Era posible, incluso? 
S tenía varios años menos que yo y su belleza a lo botella de perfume desquiciaba la recámara que los padres me destinaron para cuanto deseara. 
-¿Nos saldría cola de cochino? -preguntó una tarde sobre la cama. 
No necesitábamos jugar a Fausto, pues, y el infierno que resultó mejor que cualquier cielo fue nuestro.
Hasta aquí me negaba a contar mi vida tal cual, nietos. Ya no.  

Para morir iguales
En cinco meses y por pedido escribí un libro sobre el Santo Lugar. Es malo y recoge muy poco de la intimidad que debía recuperar. ¿Algo puede rescatarse, pues no hay tiempo para más? 
Hace mucho un amigo vio en la experiencia al "rey del barrio solidario del futuro", formado por cientos o miles.
En Desde la azotea hablo de los diarios viajes en suburbano que me conducían allí, un barrio contiguo al de donde crecí, milenariamente vinculados entre sí y a un tercero. Para el Rey eso importaba poco y mucho a la vez, porque en él confluían infinidad de sitios regados por dos millones de kilómetros cuadrados.   
Su mayor secreto era ese, quizá: la extraordinaria variedad de sus orígenes. Nabor, por ejemplo, nació en un exuberante pueblo a trescientos kilómetros hacia occidente; el Guitas y los suyos vinieron del semidesierto del norte; y Mario y Gulia eran costa negra oriental pura. 
María no hablaba español al llegar y luego seguía pensando en su lengua nativa incompresible para Artemio y Joel, quienes tenían propias. 
Cada uno y una llegaron siguiendo a antiguos vecinos, con quienes continuaban formando familias extensas, a ratos de cien, doscientas o más personas.
A primera vista se hacían Rey en las fábricas y en consecuencia madres y hermanas y hermanos pequeños parecían su excrecencia. No era así para nada, pues el interior de una factoría resultaba inconcebible sin los hogares que le enviaban operarios. 
Un segundo amigo me regañó por el libro. Creyó conocer la experiencia, no entendió nada y desde luego reservé mi tiempo para algo mejor que contestar a tonterías usuales y muy significativas. 
Sobran quienes como él buscan en los procesos populares lo que valide propios propósitos. Si las luchas fabriles sirven a un pequeño, temporal cambio del cual y al paso ellos resultan beneficiarios, aplausos. Sino el asunto sale sobrando.
Décadas después ese mismo hombre dijo reveladoras palabras a jóvenes que preguntaban por los movimientos contemporáneos al Santo Lugar. 
-¿La lucha magisterial? Por favor, no me hagan gastar tiempo en tonterías. Hablamos de lo nuevo, y aquella es lo más viejo concebible. 
¿Cómo se hizo cigüeña cuando después los maestros probaron ser el único sector con capacidad para detener el horror?
No dirimo rencillas personales, E y S. Ese hombre y yo seguimos colaborando, si bien y desde luego nos queda claro que desde siempre cada uno representaba cosas distintas, por más que no lo pareciera. Y no se trataba de preferencias políticas. Es fácil entender, entonces, que él viva en un barrio próspero y mi casa esté en una antigua vecindad, o que vista cada vez más el traje de respetable académico al cual accedió décadas después de que yo obtuviera reconocimientos por la misma profesión. Buenos y malos deben buscarse en otra película. Esta trata de rumbos o planos. 
Un tercer amigo, a quien cito en Red de agujeros, persigue hace mucho al México profundo y no fue por él y mi adicción a sus ideas, que percibí al Rey. Me gritó. Lo hizo antes de conocer el Santo Lugar, en otro barrio que llamaré De Filiberto, el zapatero industrial al cual debo la ceremonia iniciática. A ese hombre lo menciono en Desde la azotea. Sin merecerlo fue internado en un psiquiátrico y libre luego se le expulsó del paraíso, porque eso era el suyo y eso el nuestro. ¿Casualidad?

Fez
Me dio por llamar Fez a todos los lugares fascinantes, ajenos a la cultura occidental aun estando en su seno. 
Empecé a hacerlo apenas mis padres volvieron a su país -¿lo tenían o fueron inventándolo a partir de una pequeña región?-, después de que Él y yo viviéramos allí. 
Contaban con la frecuente visita de hijos y nietos y yo ni quería ni solía tener recursos para lujos a los cuales no aspiré nunca -discurso éste un poco falso si se refería, por ejemplo, a ropa; o a habitación, pues aunque fuera a costo bajo y odiando a los vecinos, tenía un hermoso departamento en el barrio señorial, como lo llamo, y cuando se precisaba refugio corría a la casa que ellos, papá y mamá, dejaron, con sus acabados dignos de un banquero, y no exagero ni un cuarto.
Los idiomas costaban enorme trabajo a mis oídos y no a mi entendimiento, y justo entonces y por azar compré Le médecin de Cordue, una novela histórica que seguía a Maimónides, el gran filósofo judío andaluz. Ahí comencé a interesarme en un tema sin aparente relación con mi vida transcurriendo entre el Santo Lugar y la paternidad asumida pasionalmente: España, natural extensión de África desde tiempo inmemoriales. 
Ni a Juan le conté mi desliz producto del primer viaje con él y de la vital España que fui a buscar tras morir el Asesino. Aquello me permitiría aceptar diez años luego una beca absurda para darle continuidad, digamos, a La invención de América, un extraordinario ensayo -con algo debía mantener a mis crías, ¿no?  
Fez fueron entonces todos los sitios que secretamente conocí aprovechando las visitas a mis padres: Fez mismo y Marruecos en general; Sevilla y poco más en Andalucia; Portugal, Argelia y el borde occidental de la negritud. 
Fez habían sido los barrios musulmanes de París, que entreví con el propio Juan, y hasta Malmo, Suecia, solo y aterido de frío y miedo en mi primer viaje fuera de México.
La loca y abortada aventura por el Níger con P, va siendo menos una mera ocurrencia. Qué tan raro es lo raro para un clasemediero mexicano en pleno desarrollo estabilizador, se deduce por la lectura que a nuestros diecisiete años -1965- me hizo Ana de El cielo protector, novela cuya adaptación cinematográfica puso a viajar mentalmente a la Tic en 2008.
El libro en su primera edición y así en inglés, ocupaba un espacio privilegiado de la biblioteca familiar, porque cuando era joven don Luis conoció al autor, Paul Bowles, que entonces vivía en México con una singularísima mujer. 
En nuestros juegos Ana y yo nos perdíamos por callejuelas marroquís o cruzábamos el Sahara -aunque confieso que yo me sentía mucho más cómodo en Aden, Arabia, adonde me llevaba Paul Nizan.
Soy la persona menos cosmopolita y con más caótica formación literaria -si así quiere llamársela, pues suena horrible la frase-. Viajé poco fuera del país, para un tipo con mis orígenes, y siempre procuré el calor de quienes conocía. Buscaba lo igual y no lo distinto.
Nueva York, y no solo Manhattan, lo vi tres veces. Una, de junio a diciembre. Casi todo era Fez, si se evitaban las rutas turísticas o a los ex marines con bares -que también fezeaban y hartísimo, al modo de Nostromo en impresión en positivo; o sea, telúricamente siniestros.
Ya dije que tengo el callejero don de que las almas en pena se me acerquen para apapacharlas o guiarlas. En Estocomol y Berlín rompí records de asistencia a forasteros extraviados, y en NY me gradué. Eran estadounidenses provincianos que no me soltaban hasta llevarlos a su destino, así diéramos mil vueltas, pues yo estaba peor que ellos.
El gran amigo allí lo hice recién bajó del autobús que había tomado en su natal Detroit. Ni en las fuentes del Níger se encontraba un hombre tan negro como él ni más tembloroso ante una urbe de hierro, aunque trabajó toda su vida en la industria automotriz.  
Venía a quedarse con el hermano, que aquella noche supimos traficaba droga out-Harlem. Buen tipo éste y entrañable su numerosa familia extensa apretada en un decoroso departamento, cuyos corazones gané por ser fan de Otis Redding.  
¿A qué esta retahila, nietos? No sé. Quizá solo quiero decirles que si aspiraban a conocer íntimamente a su abuelo, fracasarán. Y así yo a ustedes, y juntos, a Él, a quien ven todos los días y por fuerza se les escapa. Sin dar mayores detalles, debo informarles que antes de nacer sus niños esa tiernísima personalidad pudo haber girado ciento ochenta grados el destino propio. ¿Cuántos lo sabremos? El significado real está fuera de mi alcance, pues así es naturalmente y porque me limité a escuchar lo que necesitaba decirme.
Su tío, el Nuevo, quedó a vivir solo a los catorce años, en la pequeña ciudad adonde llegamos ocho años antes. Responsabilidad con patas, no hubo cómo negarle la petición cuando Ella -¿resurrecta, entonces?- y yo marchamos, desde luego cada uno por su lado y en sustancias incompatibles, si recuerdan Tiempo de caminar
El viaje interno que hace desde entonces es un misterio. Bueno, si en ese tiempo vivió maritalmente, ya calcularán. 
Hoy estamos a martes y el viernes me hizo una consulta no como el brillante investigador en ciencia básica y aplicada que resultó, sino en calidad de coordinador de la carrera.
Caras vemos, almas tal vez conocemos, y de existencias internas y días que transcurren minuto a minuto, ni idea.
En cuanto al tiempo y el espacio, basta recordar que en los sesentas yo andaba en la Fez del siglo XII, la Aden de 1932 y el magno desierto africano de poco después. ¿Gracias a los libros? En parte, apenas eso.
No vi a quienes escuchamos y sí a sus parientes cercanos y lejanos. De algunos fui amigo en el barrio sobre el atolón donde Él me esperaba cuando iba a encontrarme con Dosy, Pepe Llagos y demás. Tenían allí sus tablaos y, delgado y de imprecisa piel blanca, solía pasar como bailarían o cantor. 
A veces hacía de uno más también ya no Sevilla sino en la propia Fez, donde eso no era fácil pues la gente se parapetaba siglos atrás, orgullosa del reto al tiempo que su ciudad significaba.
Con la proximidad a esos y mujeres se siente el circular de historias a miles. Sucede en cualquier sitio. Desde luego si a uno le parecen mero paisaje o peligro, y huye a lugares refugiados, iguales en Tinbuctu que en los Campos Eliseos, no percibirá nada.      
En Malmo aprendí un recurso que usaría siempre que el idioma amenazara exhibirme: hacerme el sordo. Por las cuestas feitas, de gran circulación y paseo, debieron llamarme, justamente, smak, o algo así, ya que abundaban los turistas preguntones.
Cuando la Inesperada se entusiasmó con marchar al Níger, imaginé lo feliz que sería yo sin el engorro ese. Porque todo lo entiende la indina, le hablen en lo que le hablen. 
Hay un truco en esta nota, claro, Ohsis. Ahora se les aparece un abuelo girando a lo largo de su vida por aquí y allá, sin detallarles nada. Se trata del abuelo otro, que no puede intuirse en la fábrica-pueblo, etcétera.
Más allá lo importante: el mundo ancho y ajeno no es solo el titulo de una novela. 

Sombra
Un jueves a los sesenta y nueve años escribo: 
Fuera de ti no quepo más, Tic, entendí tras vernos hace rato. Las calles son el único lugar que me arropa ahora. Quise convertirme en sombra y lo conseguí a extremos incalculables para mi abuelo. 
Es un estado extraño. El domingo escribí: ¿Soy el que de tanto cavilar pareciera no poder consigo o quien juega en la calle a patear traseros con los nietos? ¿O solo el come hamburguesas de medio kilo, una malteada doble y helados a discreción, pues ya entrados El que sigue, ¿no? 
Casi enseguida continué: Al marcharme, Él se dio cuenta: Papá empequeñece según avanza rumbo al taxi. Me despedía. 
Hubo una escena idéntica semanas atrás y seguirá repitiéndose. Es que nunca sé cuándo hago la definitiva.
Ayer prometí a Suertudo, el genial gato niño, que aprenderíamos a comunicarnos fluidamente. 
-Apuremos, carnal -le digo en este momento -y a buscar quién puede recibir a un mínimo sin complejos.
Doy una batalla por el miau y mis vecinos ayudan a pesar de los problemas que les causa, pues unos jóvenes narcomenudistas descubrieron, creo, las virtudes gatunas para proteger piedra -cocaína de infame calidad destinada originariamente a destruir barrios negros estadounideses- y tienen tres pequeños felinos. Los corren cuando quieren y por necesidad se volvieron plaga, meándolo todo. Cada poco entran en nuestro departamento a robar comida, ahora siguiendo el genial camino que Suertudo encontró. 

La pasión según FB
Sigo sin entender qué historia debe contarse, Niña. ¿Ninguna, fantasma de ti?, pregunta el fantasma mío.
Hace poco y en el epílogo para mí de diecinueve meses y para ti de minutos, en apariencia al menos, dijiste que te recomendaron borrar nuestros tres años imprecisamente juntos.
Escondo tus señas de identidad, entonces, y sigo empeñado en bien relatar lo que muy merece la pena, transcurrido mayormente por el viento.
A viñetas como cuanto hago, estas pecan de inmaduras, cursis a buenos ratos, y al final tienden a un cierto cinismo, cierto, tan sólo, pues no incluyo las que descubren ni el rostro más frío ni el más encendido. Las presiden unas palabras: El deseo es amor. El deseo absoluto es amor absoluto. Cuanto más cavaba en ti más infinita te volvías. Por eso nada llenará tu hueco.
-0-
¿De quién hablo, E y S? ¿Ven a su abuelo entre jóvenes con las que intercambia miradas apasionadas y líquidos corporales? ¿Lo imaginan proponiendo juegos dignos de una película erótica o pornográfica sin más? ¿Dónde y cómo?, ¿de pie, sentado, sobre la cama, en el parque, a media calle?, ¿en lugares que vivió con ustedes? No vomiten, por favor -jeje virtual.  
En todo caso hacerse viejo fue emocionante también en lo pasional, por ello y por el vehículo que en distinto grado empleé o me empleó o ambas cosas. La virtualidad significa una revolución de tiempo y espacio tan trascendente como esa que seguimos en Demasiado humano
Así pensada, quizá debo usarla para comprender mejor lo que nuestro cuarto cuaderno empieza buscando entre una caravana por el norte africano durante el siglo XIV.  

Última función
Esta viñeta debía llamarse Plañidera o Mentiroso, les dije en una, S y E. Hablaba allí de las tareas con movimientos sociales para hacer martes y miércoles cuando soy casi setentón. Presumiéndoles mi currículum daba luego un salto al año previo a que nacieran ustedes, cuando me mudé a este departamento. 
Los campamentos, locales, calles, donde transcurre la resistencia central están a un paso, decía y enseguida: 
En ¿Una novela? el abuelo exige me convierta en portavoz de las buenas nuevas futuras y le contesto que escogió mal al interlocutor, por mi modesto papel. Si les hago creer algo distinto, nietos, corrijan, por favor.   
Y terminaba con un ocurrente luchamos por quienes lo hicieron antes, sobre todo, reza la máxima. Lo siento, mama, soy fiel a ti, aunque te apenarías de verme aquí. 
En cuanto a la pena de ella hay otra viñeta que corrige. Madres, se llama.
Mis tentaciones autobiográficas son una peste, excepto si me detengo en un momento para expurgarlo o pasan al vuelo dejando su sugerencia.
El final de la viñeta estaba bien.
-¿Entiendes, abuelo? ¿Qué coño voy a hacer con el mensaje del utópico futuro?
-Calla y llévalo. 
-Minero tenías que ser, por terco.
-¿Llámasme bruto?
-¡Ay! No me des más coscorrones.

Ana
Dieciocho años los dos y vivíamos juntos. Eso era muy precoz en la época, al menos entre las clases de donde procedíamos.
Terminó tu curso en San Franciso, llegaste un domingo y el lunes me buscabas en la universidad. Espía experta, te tomó nada encontrarme. Nuestro enero benévolo arropaba al sol sin que yo lo percibiera. De verdad había muerto en noviembre y la joven a mi lado por el enorme jardín intentaba entender los motivos. Junto a ella un mutuo amigo ocasional. 
Imagino que calculaste cómo sería mejor tu acercamiento hacia mi espalda. 
-J -escuché a cinco metros. 
No sabía cómo reaccionar. 
-Jamás nos separaremos -habías dicho un año atrás, sin que yo entendiera bien a bien, y nuestras cariñosas, prudentes cartas se interrumpieron cuando la Princesita hizo su obra. 
Estabas todavía más hermosa que antes y tuve miedo. Yo tan pequeño, tú un producto incomprensible para quien fuera. No guardaba expectativa alguna, excepto la amistad incondicional, y aun así quise correr. 
Nos miramos, los ojos se te enjugaron por primera e inesperada vez. El llanto no era para ti, sabía cualquiera que no entendiera, incluido yo, el personaje en que me convertías.
Espera, corrijo la mala manera de contar. Lo intentaré, siquiera, mientras la Inesperada hace un esfuerzo de comprensión y no porque "lo que no fue en tu año no fue en tu daño".  
Nuestra historia, Ana, resulta excepcional gracias a sus continuas fracturas y a los extrañísimos protagonista que representábamos. Debe sacársele partido. 
-Caminamos porque tropiezas -afirmarías después. 
Empecé a hacerlo con la Princesita y seguí al convertirme en universitario. Nada hacía sentido para mí y aquél año ni me inscribí. Quemaba las naves, como se dice, sin objetivo.
Conocía ya el falso barrio bohemio en gestación y robaba en casa, pequeños ahorros de mamá, por entonces, y no todavía caras botellas y centenarios. Era mero vil desastre, y el dolor no me justificaba. 
Tú, perfección personificada, enajenabas el futuro en nombre del pasado familiar, renunciando a lo único que querías, que te urgía para andar como dios manda: hundirte en el país, en sus pestes y sus maravillas.
Vivirías a través mío y ahora quién sabe cuánto contaba salvarme y cuánto el aprovechamiento de mis infortunios. 
Conté antes como hicimos el amor en donde primero se pudo, por iniciativa tuya. No nos habíamos besado una sola vez. 
La Señorita Todo lo Puedo y Calculo hizo planes en el avión y me llevo a nuestra casa. Así de simple. Para las doce del día J sin oficio ni beneficio, muerto en vida, tuvo la más hermosa joven y un elegante departamento -al mes nos cambiaríamos al cuarto de servicio, cierto-. Nos faltaban meses para cumplir los dieciocho.
Usabas el auto de tu hermano, para su coraje y sin que supiera. Pedí ir atrás porque mi placentera confusión se sustentaba en la certeza de que no te merecía.
Nuestra casa, subrayé, pues eso sería y eso dijiste al arrancar. No entendía nada. Estaba destinado a ello, pensé meses atrás, y he aquí la confirmación, dije en silencio mientras mirabas por el retrovisor.
Lo intuías y evitabas convencerme de otra cosa con discursos. Tu gesto se planta en mi ventana, cincuenta y dos años más tarde.
Paramos para hacer la compra. Era un perrito tras de ti. 
-Deme tal y cual -pedías a la dependienta sin consultarme por respeto.  
El día regresó a su viejo esplendor en nuestro valle. Te espié. Las cien intensas jornadas juntos enviaban mensajes encontrados. Me extendiste una moneda.
-Ten, llama a tu casa.
Cumplí la orden.
-¿Por qué, Ana? -pregunté sin palabras.
-Eres de una ceguera increíble -responderías después.
Entonces, todos los demás estábamos ciegos. Ese romanticismo tuyo lo envidiaría la literatura francesa del siglo XIX. Yo tenía con boleros y Beatles. Paul Nizan y Jules et Jim estaban por llegar para mí.  
Sigo contando mal. No tengo remedio. En fin.
Mil cosas me ronda la cabeza, de cada uno de los dos. ¿Cómo fueron tus primeras experiencias sexuales, con el púber pescador? Las mías empezaron todavía más temprano, madurando gracias a María, tan joven como yo, quien trabajaba de sirvienta -sin eufemismos- en el hogar paterno. No la compelí y ella se enamoró. Darme cuenta dolió. Terminaba siendo un aprovechado cualquiera. 
Nuestros encuentros eran primitivos a pesar de mis juegos con otras y otros, que anunciaban cierta perversión. 
No hubo más hasta ti. Conocía bastante bien tu cuerpo por la confianza en el trato, que permitió verte desnuda o semidesnuda -cuando te bañabas sin saber que había entrado a tu cuarto o al cambiarte la ropa.
Me inquietaba de un curiosa manera. En ella habrías apreciado lo que significabas para mí. O, más bien, lo confirmarías, pues por fuerza te dabas cuenta. ¿A qué tu sorpresa ante la ceguera de J? Esa seguridad al buscarme y decidir por los dos es elocuentísima.
Es complicado hablar de mis sensaciones ante tu cuerpo en un tiempo en que la Princesita, L, lo ocupaba todo, parecía. Tendríamos la vida entera para esculcarnos, según reglas sobrentendidas, y el intenso deseo que experimenté muy pronto se transformó en vaya a saberse qué.
B, la sensual, atrevida compañera a quien servía de cómplice, extraordinariamente madura para mí, fraterna me alentaba a recrearla con los ojos y la imaginación. Gracias a ella presumía cuán lejos puede irse en el placer. Con L llegó la esquizofrenia. Moría por su boca, sus pequeños senos, sus bien torneadas piernas, sin apremio. Apenas eso.
Jamás me masturbé con ninguna de las dos y no recuerdo si continué una práctica desarrollada a conciencia hasta entonces, que seleccionaba a una amiga de mamá, a una falsa prima diez años mayor que yo; a la madre de un vecino y una joven vecina. (Contar en primera persona tan a menudo como yo crea vicios terribles.) Tampoco contigo, Ana, desde luego. 
Vivía en un permanente columpio sensorial sin solución. Calcula entonces el amoroso.
Verte contra el auto abriendo la blusa fue una de las más desquiciantes experiencias en mi vida. Por el camino me habías besado largo, con tibieza y pasión -puf, qué mal descrito; sin imágenes ni detalle no se puede.   
-Intenta curarme -pensé. -Está conmovida.  
-Te quiero -decías y confirmabas mi idea. 
La entrega fue otra cosa. En verdad me deseabas y no tenías prudencia alguna.
-Al mundo lo tomo. No hay diversiones ni cotos. 
Tardaría mucho para encontrar alguien cercano a ti en el sexo, en su desinhibición.
La clase social y la estirpe se manifestaban también ahí. Tu novio aquel, con quien te conocí, lo fue realmente, así su romance durara unos meses. L, niña rica de primera generación, y yo, un clasemediero modesto, en año y medio nos limitamos a escarceos. Santa Virginidad mandaba tanto como el presidente de la república. Imagino los encuentros con el muchachito costeño.
Cuanto guardaba se explayó en ese momento, sin faltar mis fantasías al autosatisfacerme. Un ancho camino quedaba despejado.

Me pregunto si nuestra casa estaba en veremos antes de tomarte. No, claro. Dos años antes habías decidido quererme y aplaudirías hasta mis tropiezos amatorios.

Fin
No sé dónde irá esta viñeta que sirve de final al cuaderno, E y S. Encuentra a un hombre recargado contra una patrulla policiaca apenas entraron las sombras. 
Termina allí el trazo planeado de la más o menos pequeña ciudad que el calor abrasa, entre una exuberante vegetación tropical.
Nuestra secuencia debería empezar con acción y por mínimo respeto la evita. Podría arriesgarme a dramatizarla, gracias al conocimiento acumulado por muchos sobre el infierno de esas horas que inician. 
Temo también describir los restos, pues eso son y no un cadáver, cuya aparición hacia el extremo contrario de donde estamos señalará a X, el hombre en quien fijo la atención.
-Nunca estuviste en Hiroshima -me dije mientras hacía el libro que cité, repitiendo la insistente frase de una gran película- y así no conoces sino los dichos, no importa cuán confirmados estén. 
X tiene entre cuarenta y cincuenta años y un currículum de violencia y corrupción como policía, en esta y otra distante región. A él culparán con dolo por la tortura del joven desollado. 
Podría pensarse que nuestro personaje debió ser un oficial militar cuya actividad intentan seguir quienes investigaron detalladamente los hechos. Dirigió las operación, todo indica, y su identidad se escurre no solo en las actas levantadas. El archivo del propio ejército emboza su historial. No se dice allí siquiera qué tarea cumple hoy ni en cuál lugar.  
Como sea, se trata de un mando y yo busco a quien pueda comparar con El hombre de piedra que sufrí en la fábrica-pueblo: un bruto sin más.   
Nacido en este sitio, muy joven entró a la policía regular, uniformada. Saber cuándo parecería importante pues el crecimiento de la violencia es exponencial. 
"Hallan diez fosas comunes más en los alrededores", informa un diario meses después. “...todo el cerro seguro es un panteón, todo el municipio”, dice un hombre que busca a su mujer y sus hijas y no a los jóvenes desaparecidos cuatro horas luego del momento que escogimos para contar. A ellos los calcinaron en un basurero para echarlos enseguida al río próximo, aseguran mentirosamente autoridades nacionales.
Sus familiares investigan, hallan tres nuevos cementerios clandestinos y precipitan la búsqueda de quienes durante los últimos años se esfumaron en la nada también, uno a uno y sin connotaciones políticas, como ahora. Tres lustros antes un gran escritor especializado en esta región dijo a la grabadora"Con la marginación vino la producción de estupefacientes y por supuesto el fortalecimiento de las cúpulas que hacen difícil descifrar cuál es la red de poder, impunidad o presión que se da".
"A fines de los 1980 (...) empiezan a manifestarse estas violencias, estas señales de secuestro y asesinato, que van a dar por resultado muchos movimientos sociales", agregó el defensor de derechos humanos a quien Ana seguía al morir, cuando lo entrevisté por otro motivos. "El ejército en Guerrero -continúa su compañero -es desgraciadamente una historia llena de sangre (...) para los mixtecos, para los nahuas y los tlapanecos (...) Me hace recordar Barrio Nuevo de San José, cómo matan a un campesino y a su hijo, allá en el municipio de Tlacoachistlahuaca. Después de esconderlos, llegan sus mujeres a buscarlos y todavía las violan, y hasta la fecha esa gente esta ahí en esa comunidad."  
Guerra sucia llaman a la represión de los grupos guerrilleros en los años setenta en todo el país. Para el estado donde nos encontramos y es nuestro escenario principal en Red de agujeros, la historia continúa hasta hoy. Quienes allí vemos tendiéndole una celada a los campesinos, eran policías regionales. X, pues, pudo enrolarse en cualquier momento. Asociarse al crimen organizado resultaría solo un extra que hoy le permite actuar a la vista pública no en descampado sino en plena ciudad, cebándose con quien quiera y no solo con hombres y mujeres del campo que resisten abierta o indirectamente.     
SIGUE