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miércoles, 12 de septiembre de 2018

Uno

Nada en mí se comprende sin la siguiente viñeta, Ohsis, como también los llamo:
Digo cualquier cosa sabiendo que quien te cuenta son los ojos y las inflexiones en la voz, y al voltear con la sonrisa casi me olvidas, atrapado por lo que tardo largos segundos en sospechar es una luz sobre el filo de la cortina. Lo creo pues te vi antes encandilarte con ella como si fuera la primera vez, y la sé para mí perdida según debiera, a menos de hacer el enorme esfuerzo de otros días. Gracias a él descubrí, por ejemplo, el justo vaivén de una rama en la ventana, sin traducción para mí que estuve dale y dale intentando infructuosamente hacerlo palabras.
No puedo con tu mundo, hermano, me rebasa, me apabulla, me pierde en el desorden aparente donde tú por necesidad encuentras armonía. Desde el baño mamá pide ayuda para bajarte por la rampa, le contesto que puedo solo, advierte cuánto has crecido. ¿Ves? Todo eso está en nuestras voces. ¿Algo intuyes viniendo de lo que no atino si te vale llamar "ayer"? Algo, sí, creo, más lo olvidas en un tris. Qué caso tiene, dirás a tu manera.
Más de medio siglo después, cuando haya entre nosotros diez mil kilómetros, seguiré peleando para contarte. La distancia no nos separa pues moro en ti y entonces es imposible precisar cuánto estoy frente al escritorio y cuánto entre la habitación y la terraza donde mamá te hizo un reino a modo.

sábado, 25 de agosto de 2018

Providencia

Providencia
Agustín espera sobre un lomo de la calle que libra los viscosos riachuelos de colores en mutación, contra un muro carcelario. Amparado en el borde de la esquina cree ocultarse a las miradas de la planta donde trabaja, una cuadra más allá, media hora después del cambio de turno, según propuso para evitar a sus compañeros.
Es la segunda vez que lo veo y confirmo la impresión original: la de un ser conmovedor en el esfuerzo por pasar inadvertido entre hombres que aprendieron muy pronto a ponerle cara a la ciudad y usan la rudeza y el humor filoso para defenderse de ella y apropiársela. Luego sabré que no se lo impiden el número de años desde salir del pueblo ni una posible falta de agilidad mental, sino el lugar que asumió en la familia. No hay contrasentido en su ansia de trascender, que lo acerca al Grupo.
El tono exaltado en el que vivimos se transmite de inmediato a las relaciones y en días nos volveremos íntimos. Lo sabemos en cuanto me descrubre y viene al encuentro entre la desolación de la calzada de gigantesco tamaño, con las vías del tren de por medio, que a un lado se abre a un fraccionamiento industrial y al otro a una colonia y al gran descampado con las montañas detrás.
El suelo de la zona se hizo doblemente magro al perder los sembradíos y los árboles, y nos convierte en un par de hombres en tierra fronteriza, como cualquiera al vértice de la gran urbe, pero a lo bruto, a la manera de todo lo que toca la industria.
Romanticismo puro, pues, de miasmas penetrantes y un silencio mortuorio tanto mejor revelado cuanto más lejos se está de las máquinas, hechas rumor por las gruesas, altas paredes que parecen heredar las de las viejas haciendas.
Cruzamos la calzada rumbo a su casa como en un juego, él siempre procurando la izquierda para mirar con el ojo que le sigue sano a los veinticuatro años, y yo en busca del que en el iris se llevó un bicho salido de la carne muerta de la empacadora donde trabaja desde casi niño. Porque en ése es donde está mi futuro compadre. Allí su melancolía sin remedio, bella, contagiosa, que rima con el paisaje y nuestros días.
En el fraccionamiento de las fábricas, las larguísimas calles sin reposo al sol y la lluvia, desiertas a las horas en las cuales suelo llegar, por tan hostiles al principio parecen cada vez más cálidas, pletóricas de vida que se trasmite de las plantas: tinglado mecánico con mucho de infernal y mucho de entrañable para quienes hacen de él su vida. Los aromas aplastantes, en ocasiones nauseabundos, vividos por unas horas y no como permanente suplicio, y las chimeneas despidiendo gruesas volutas en mil tonos de grises, no hacen sino completar la sensación de ser parte de una novela o una película. De serlo entre el orgullo de pasar como uno más ante el guardia de seguridad, el policía, el administrador que cruza en su auto, y el creciente número de saludos y charlas al paso, la picaresca a la salida de la fábrica liberada, en palabras y toqueteos de machos divirtiéndose; de partidos de futbol y tandas de dominó y baraja para hacer de las huelgas fiestas; de breves discursos un autobús tras otro, venciendo el anonimato del espacio público, que no debe pertenecer a nadie y así se humaniza; de momentos épicos que para mí encarnan un poema: Masa.
De serlo prometiendo que cada día habrá más y mejor de eso, de los hogares y los billares y los peliagudos expendios de alcohol compartidos. Con Agustín, quien se ensancha a la par de mí, comenzando por esta tarde, cuando está a punto de hacerme parte de su familia y no sé cómo agradecérselo.
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El departamento donde Él y la Ella ausente, E y S, estaba traspasado por la pérdida del mundo en que el compadre me introducía bien a bien.

miércoles, 20 de junio de 2018

La piedra


En una pequeña ciudad, las vías del tren que ya no corre. En quinientos metros a ambos costados casas hechas con lámina y cartón por quienes se sostienen pepenando basura.

En un cobertizo se sienta un hombre casi viejo. Las pilas de deshechos para vender deberían estar ordenadas y no es del todo así. Desde su silla hace el supremo esfuerzo por conservarse sujeto al mundo. Alguien pregunta porqué imcumplió. 

-La piedra –dice. 

No intentan hostigarlo pero necesariamente el tema del orden vuelve. 

-La piedra –repite por cuatro veces, como si todos supieran a qué se refiere. Al darse cuenta de que no lo entienden mueve la mano señalando el costado semioculto por su cuerpo y un enorme trozo de roca aparece. Llegó tiempo atrás, con la voladura para unos cimientos en el elegante fraccionamiento cercano.

Universal derrota la suya, ¿en qué preciso instante empezó?

¿Y antes del treinta por ciento?

jueves, 17 de mayo de 2018

De cunas. Teresa

Un nombre, sólo eso tengo: Teresa. No sé incluso si te veo, a tus ocho años justos en la aldea a tiro de piedra del mar tempestuoso, donde crecerá tu nieto y abuelo mío. Hay por allí macizos de álamos, abedules, castaños, "cónicos húmeros”, campos de trigo y maizales, pero no donde tú, niña, que andas a cielo abierto, los pies eternamente mojados por la esa sí “tupida hierba fresca, jugosa, oscura, aterciopelada”*.
¿Juegas camino a la leche que los vecinos te dan para llevar a la ciudad, según figuro? Casi puedo tocarte y ni eso preciso. Tampoco tu cuerpo que huele y sabe a lo que no descubriré jamás, tan una pregunta como tu andar, el modo en que te abres a la sonrisa o tu rostro, de piedra, se resiste a ella, o en el que tus brazos se extienden y recogen o te llevas la mano al cabello húmedo por la lluvia menuda y sin descanso.
Eso, de agua y tierra te compones doscientos años antes que yo, sustancia por entero distinta a cuantas topo en mi realidad a un océano de distancia, no menos ancho y ajeno para un mortal que "el giratorio curso de los cielos".
Te miro y no consigo dibujarte ni a lo incierto, presencia indiscutible que no hay modo de atrapar, cuando no te caben en la cabeza, y por lo tanto no existen, no lo harán nunca, quizás, Cándida, tu hija, ni el hombre a quien persigo posiblemente con la misma falta de fortuna, y menos, claro, el yo que en la silla se borra tal si le pasarán una goma encima.
*Armando Palacio Valdes. La aldea perdida.

lunes, 26 de febrero de 2018

Tiempo de caminar 4

Se deshizo (yo en tercera persona) del barullo de sábanas y mantas, anduvo los seis pasos hasta la puerta y al entrar en la sala topó con el golpe de la calle, certificación del valle inmenso y la ciudad que lo desbordada, entre los gruesos restos de la noche sólidamente construida con los días, que era mucho más que las costras de café en la taza o el altero de colillas. Sin reparar en ella, al cruzarla, en torno a la mesa vinieron cachos de veladas repetidas: la jactancia de una ficha de dominó tronando al cerrar inesperadamente, Tal con la mirada puesta quién sabe dónde, la obsesión de cosas perdidas en el silencio o en el desmayo de las palabras, la ojeada de él hacia fuera para cerciorarse de que la promesa en la comba grande de la noche seguía en su sitio. Luego los cojines gritones por coloridos, tirados sobre la alfombra, y la evidencia de la singularidad del día, patente en la media docena de cajas de cartón con las tapas por fuera. Hasta la ventana, que se abrió precipitando la mañana apretada al vidrio, desesperada de aguardar, para barrer los restos de la víspera, disputándose los huecos hacia donde resbalaban las rutinas.
En el camino de regreso, acumulada en su memoria o en la del departamento, la música que los acompañaba maniáticamente: un muchacho indagando la desolación y el vértigo con sus juegos de palabras en otro idioma, las diestras guitarras y la voz profunda del hombre vestido de negro, al modo de los campesinos en domingo de un lugar distinto y próximo, o en un punto preciso las rabietas y la desolación del piano del negro niño un par de años atrás, entre los cuales Ella, sentada en un pozo de sombra, se balanceaba todavía en el placer de entregarse al fin al jolgorio de criaturas contrahechas, traviesas, gozosas, malintencionadas, que le habían hecho gestos desde niña y que tal vez no eran sino la promesa o el camino, de veras, a la zotehuela donde los tiestos y los canarios y las gallinas y la abuela que los criaba.

Entonces la cocina, su ventana más bien intrascendente, sus chucherías, y en la tarja, igual que en un cuadro donde todo lo demás resultaba trasfondo, el vaso pringoso con su pozo de leche con chocolate, en la cual el hombre veía la figurita dulce y de dejo solitario del hijo atravesando la puerta de espaldas en la luz temprana de unas horas antes, de su mano rumbo a la escuela.
Él y solo él, en verdad. Ese niño sin quien habría mero caos.

jueves, 4 de enero de 2018

Una cuadra más acá no sería el mismo



Mi casa estaba al pie de la avenida rematada en la esquina donde no era ya campo, sino pelea entre los llanos vírgenes, las huertas, los maizales y la nueva vocación de orillas de la ciudad, presente en el tiradero de materiales de construcción, la ladrillera, su miserable, hosco vecindario y la promesa de futuro vacilando en lo alto.
Con el trajín de los camiones de pasajeros, los siglos a montones del centro urbano resultaban un eco tanto más lejano cuanto más desaparecían los lotes baldíos. Para quienes vivían fraccionamiento adentro, eso era verdad sin tacha y así sin ojos. Para los de la avenida, no. Tras un premeditado vacío descubríamos un barrio antiguo que se montaba sobre los restos de un pueblo cuyos orígenes no podían precisarse en el tiempo. Invitación irresistible, nuestros paseos por allí descubrían con azoro una calzada de proporciones dos veces mayores que las orondas de la modernidad.
En claustro, los amigos de las calles traseras sucumbían al resentimiento de sus padres por mil ofensas reales o ficticias, que los condenaban a perpetuar lo más oscuro del país. Los de la avenida enloqueceríamos o saldríamos corriendo, o ambas cosas. 
Sí, me niego a nombrar, a la convocación de los lugares comunes y las clases de historia.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

La extraña guerra



Viejo, acostumbro comprar cigarros de madrugada, caminando unas cuadras. A veces el paseo se extiende hasta La Parada, por calles alegres. Voy sin miedo y cuando hay suerte topó con un personaje en desgracia que me vuelve su cómplice. Continuo así mis viajes nocturnos desde la adolescencia, entre altercados mayormente chuscos, si acaso.

No conozco a nadie más que lo haga. La Mal nombrada, por ejemplo, apenas llegan las sombras mira el reloj calculando cuánto le queda para volver a casa sin riesgo de violación y muerte. La Inesperada en su pueblo costeño jamás osa bajar los peldaños hasta una playa donde en diez años desaparecieron diecinueve personas, y Marquitos, muchos kilómetros al sur frente a ese mismo mar, ni loco asoma siquiera a la ventana, pues una bala perdida o certera por diversión lo dejaría ahí mismo o invalido para siempre. 

¿Qué haría si viviera todavía en aquella ciudad provinciana donde hice un paraíso con Él y el Nuevo, si hoy a pleno sol camionetas levantan hombres y mujeres para que no vuelva a saberse de ellos o días después los arrojan sin vida en las propias calles, y cada poco al amanecer cuerpos decapitados cuelgan del primer lugar a modo como mensajes escritos por no se sabe quién para destinatarios imprecisos o aparecen fosas comunes que obvian las advertencias, mientras los niños juegan a ser sicarios o violadores? 

Vine al mundo para constatar la gran guerra y la silenciosa que se libra cada día, declaro, y una se me hurta y debo seguir buscándola en los entrepaños.

El abuelo regresó de sus tierras y desespera. Sabe que nunca debe pararse, así se tenga el triunfo en la mano.

Me acompaña en los paseos y llegando al gran parque cruzamos a un extranjero que no conoce, que murió cuando él y es exilio personificado. No intercambian palabra y ambos cargan derrotas y compañeros a cientos de miles o millones, vivos tal vez todavía en los infiernos donde quedaron. 

No sé dónde está el abuelo de ustedes, S y E, comprendo ahora. Quien les habla es uno más entre la Corte de Medianoche.

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Cada tanto en los últimos años escuchamos términos nuevos o viejos que adquieren significados que no tenían. Se asocian a un terror sin sicarios ni fuerzas del orden cebándose con la población, cuando menos en primera instancia. Detrás hay mafias tan violentas como los cárteles tradicionales, cuyas ganancias superan las del narcotráfico. 

Cambio de planes, informo a la Inesperada. No se trata de abandonar lo anterior por lo nuevo, sino reunirlos.

Tú viejo no podía más con su alma, catorce horas después de rodar por la ciudad. Ahora planeamos jornadas que por fuerza serán semimprovisadas. Sin percibirlo, la relativa paz que creemos disfrutar aquí es tan frente de guerra como el resto en esta Casa del horror. 

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Para hacer ese último apartado de la viñeta acudí a otros dos cuadernos, que así en efecto parecen complementarse o se corrigen entre sí. Podría sumar un cuarto y andar por mares internos de nuestro continente en 1517, pongamos, certificando como todo lo sólido se desvanece en el aire. Que vine para constatar la guerra, afirmo aquí al principio, y en Última función presumo habérmele sumado. 

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Poco antes de mi nacimiento se escribió la monumental obra que sobre la guerra cito a veces*. Suelo hablar de ella aquí para referirme a esa otra como imperceptible batalla cotidiana de todos contra todos. Hoy invierto los papeles y la segunda conduce a la primera.

En realidad empecé al celebrar el papel que mi abuelo, B, puede hacer por fin como actor privilegiado durante los terribles tiempos en que sucede la obra. 

Los once años que le restaron a B fueron un terco, infructuoso empeño por reparar el desastre.

En la fábrica-pueblo padecí a un distinto protagonista de aquellos días. Hombre-piedra, lo llamo. Era paisano del abuelo y fue voluntariamente con los Malditos a Stalingrado, tras asesinar a quienes quedaron con Llagos y Mata, según les cuento en Para morir iguales, nietos. Auténtica nada, el tipo permitió otear la profunda oscuridad cuyo fantasma me persigue desde la cuna y hasta hace poco, cuando empecé a tentarla.

Doy al diario amoroso a la Inesperada un toque trágico. Podemos ver ahora más claramente porqué. ¿Sí? ¿O cuenta también quien está detrás de ella?

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Nuestros cuadernos intentan limitar el número de personajes, sobre todo en este, buscando a los aptos para la representación.

¿Debe detenerme a ratos para atar cabos? ¿Ahora, por ejemplo?

No aclaré quién es P, la Inesperada. Tenía veintidós años y yo sesenta cuando vivimos juntos en el departamentito. Once meses después la obligué a marchar por su bien y lloré durante días enteros. Reapareció virtualmente a mis sesenta y ocho. Entonces pude hablarle por primera vez de Ana, la mujer que de distintas maneras me acompañó desde la adolescencia y seguirá presente hasta el final.

Haré referencia a A muchas veces, creo, y siempre en forma breve y solo por excepción para recordar nuestro amor. Ocupa la mayor parte de mi vida y permite entonces asomarnos a momentos que deben recogerse.

Enredado su abuelo, cierto. Por sí y por los seres y circunstancias alrededor.

¿Y la Corte de Medianoche que cité? Tendría que ir al inicio de Para morir iguales y la pondré ahora.

*Vida y destino. Vasili Grossman.