Translate

domingo, 1 de septiembre de 2019

Del Llano y del monte, aparta de mi ese cáliz y una fiesta de cumpleaños


Perdonen que repita algunos frgamentos

El carrín, según dicen por aquí, es de Encarna y voy en él con su amado Marcelo al volante. El hombre se dedica a la albañilería en el puerto de mar de ella, adonde llegó desde la Cuenca, en la que creció Belarmo, no olvidemos.
Tengo cierta claridad sobre lo que me espera con la loca ocurrencia de recorrer los pueblos con un megáfono, anunciando el primer mitin de la izquierda en la provincia. 
Pero no calculo con precisión los riesgos hasta que después del inicial eufórico cruce por en medio de una aldea, él apaga el aparato y mirando paranoicamente a los cuatro costados deja atrás la pequeña ciudad de Llagos. 
A unos metros de la carretera hay una fosa común que sin necesidad de señales todos conocen. 
Ni por un segundo me siento extraño entre esta gente y se debe no sólo a mis orígenes. El Año de encontrar la luz, Filiberto y el Santo Lugar me han preparado a conciencia. Sabré moverme donde quiera que me pongan en las entresombras de un país ajeno. Al menos tanto como puede quien no indagó toda la vida en sus vericuetos. Muchos años luego descubriré a un verdadero maestro en esas artes: el abuelo.
Llevo unos meses por estos lados para encontrar a quien mamá me encomienda, y no sigo más la idea inculcada también por ella de hacer un libro sobre su padre. Sé del encuentro tarde o temprano en viva presencia con mi silencioso mentor y me dejo llevar por lo urgente: Pepé Llagos, Dosy y la historia de los demás Del llano y el monte. Muy pocos la conocen, gracias al meticuloso empeño de la dictadura por ocultarla, y sus personajes se acercan a la senectud portada de la más digna manera, como confirmo entre otros con don Aquilino, el anarcosindicalista que trabajó en gigantesca metalúrgica sobre los bajos de la cuenca, a quien décadas después continuaré olvidando cumplir la publicación de sus memorias.
Paso días siguiendo arriba y abajo la carretera al borde del río, entre el maravillosamente romántico escenario de niebla, pertinaz lluvia ligera, humos y polvillo de carbón hace un siglo adhiriéndose al curso de agua, a piedras y muros, que dos años antes encontré por primera vez con Juan. Privilegio todo, dormir aquí y allá me permite descubrir la intimidad de ese pequeño mundo vuelto sobre sí bajo el aplastante mutismo de treinta años.
Ya abuelo escribiré:
No tolero la serie de televisión española que rompe raitings presumiendo los tiempos en torno a la transición democrática hoy en ruinas.
Justo entonces hice las primeras visitas al país. Venía del México de la dictadura perfecta y aun así quedé perplejo.
La segunda estancia se prolongó once meses, poco después de la muerte del dictador y no del régimen. Rumbo a Asturias, con la mujer y el hijo hice escala en Madrid, en el piso de una familia a quien nos etiquetaron. Se trataba de una entrada por la puerta grande a lo que había oteado dos años atrás -el susurro de lo pequeño es de una elocuencia no menor que los clamores de lo grande.
El lugar lo presidía una pareja que convocaba a los cómics de humor y resultaba sin embargo muy para los ácidos de un historietista cuyo obra mayor eran las memorias de un orfanato.
No creo en la existencia de gente tonta pero como toda regla tiene su excepción, con la patrona de la casa fui a encontrarla. Debía medir un metro setenta, pesaba muy por encima de los cien kilos y el rostro parecía tomado de una roca, sin trabajo posterior alguno. Él apenas rebasaba el uno sesenta, sus hombros eran los más escuálidos y estrechos vistos en mi vida, al torax lo coronaba un majestuoso vientre y en la calle debía representar el papel de un hispano Gutierritos –personaje de la primera telenovela mexicana de éxito, a quien todos daban coscorrones y colgaban chistosos papeles en la espalda-. Al llegar a casa era tan Dios como el que más, según mandan los cánones.
El reinado familiar de la pareja tenía su más palpable expresión en el desprecio a la hija mayor, por un buen motivo: era inteligente. Tanto había sido el maltrato, que esta cálida mujer cercana a los treinta estaba a punto de ser fea –noción que, de vuelta, no suele entrar en mi cabeza-, de espalda encorvada, los granos cebándose en el rostro, unos espejuelos de grueso armazón que usaba para terminar de ocultarse al mundo, pues no los necesitaba.
Vivimos momentos sublimes en aquel hogar -y tanto, con sus criaturas bullendo en el caldero-. Como el par de veces en una semana en que, en saludo a la modernidad recién instaurada en el baño, la ama dio de voces pidiendo la asistieran en la tina, donde sólo Dios sabe cómo entró pero nunca cómo saldría. 
O como la sobremesa en que desde el pontificado de la silla principal, el Señor repitió para nosotros la encíclica promulgada para los hijos quién sabe cuánto antes: estaba científicamente comprobada la superioridad de la raza blanca y los negros eran micos (habría repetido aquello, en voz baja desde luego, aún en las calles de Nueva York, donde por entonces la gente se abría al paso de la belleza y la altanería de los Panteras Negras. Y con la raza negra iban todas las no pálidas, incluyendo la de la cuñada de él, una mexicana con quien, a su entender, había tenido el imperdonable mal tino de casarse su hermano menor). Cuando este portento de ser humano que nos hospedaba soltó la dicha sentencia, ante nuestros reclamos a punto de tundirlo allí mismo, revisando a los hijos por si su autoridad estaba siendo mellada, zanjó la cuestión sacando la Biblia en forma de libro de biología para no sé qué año, de las escuelas publicas, donde el tema se desarrollaba a fondo, con muy muchas, irrebatibles citas de reconocidísimos sabios.
Cuando muchos años después transmití esa y otras impresiones a un español, me dijo que estaba loco. Tal vez. La pregunta en todo caso era cómo se elaboró la vida íntima, en Asturias, por ejemplo, donde al final de la Guerra Civil tras las más duras columnas franquistas arribaron misioneros hasta un minuto antes en pía obra en África.
Los religiosos debían contribuir a extender el manto negro sobre la región, en la que a comienzos de los años 1940 por las noches se puso a circular una “fantasma”. Parecía mera leyenda para dar a la noche el aire sobrenatural que se debía, colaborando al cumplimiento del toque de queda. Lo parecía, hasta la justiciera mañana en la cual los fugaos resolvieron cortar por lo sano y dejaron a la entrada de un poblado el cadáver con fantástica capa encima, del capitán de la Guardia Civil que se divertía asustando al vecindario.
Los fugaos eran los del monte y esas líneas continuaban con la sexualidad de tres mujeres, elocuente demostración de la negrura de treinta años que empezaron así:
Primero encontré a Vega, el más adelantado de los estudiantes de química en el Gijón de 1939, convertido en fotógrafo en una distante aldea a la que se lo destinó con claras instrucciones de no ejercer nada parecido a su trunca profesión.
Luego fue Llagos. Con dieciocho años a la caída de la Republica, en su aldea debió asumir la dirección del PSOE, desde luego encubierta, lo cual, claro, es un decir. No tuve una relativa clara idea de cuánto había sufrido el hombre hasta hacer migas con Marcelo.
En el libro sobre el abuelo va este apretado resumen de los años 1940:
Enfermeras y enfermeros de un psiquiátrico, agentes o testigos de un festín del gusto por el poder convertido en deseo, luego asesinados, como adelanto de miles de ajusticiamientos a cielo abierto y fosas comunes con las huellas borradas; juicios sumarios, campos de trabajo, palacios reconvertidos a base de horcas, sillas eléctricas y látigos con clavos en las puntas; padres amenazados con la muerte cumplida de un hijo para que otro, fugado, abandonase su escondite, o colgados de propia mano como único camino para escapar de la terrible elección; mujeres rotas sin remedio, que no sabían si algo más podía perderse en el periplo inútil de evitar el fusilamiento del marido; damas en fiestas populares riendo al obligar a cantar a la joven que esperaba para enterrar un cadáver producto del justo castigo ordenado a un juez por el divino verbo; hogueras de libros, ojos espiando por las rendijas de todas las horas…
No en balde al inicio de los 1950 Blas de Otero, el aún más o menos joven poeta, decía:
Aquí teneís, en canto y alma, al hombre
aquel que amó, vivió, murió por dentro
y un buen día bajó a la calle: entonces
comprendió: y rompió todos sus versos (…)
olas de sangre contra el pecho, enormes
olas de odio, ved, por todo el cuerpo.
Damaso Alonso, el escritor de la generación del 98 que quedaba en el país tras la caída de la República: “Hemos vuelto los ojos en torno y nos hemos sentido como una monstruosa, una indescifrable apariencia, rodeada, sitiada por otras apariencias, tan incomprensibles, tan feroces, quizás tan desgraciadas como nosotros mismos (,,,) o nos hemos visto entre millones de cadáveres vivientes, pudriéndonos todos (…) Y hemos gemido largamente en la noche. Y no sabíamos a dónde vocear.”
Lejos de allí otro poeta escribió antes de la desgracia:
España, aparta de mi este cáliz
Niños del mundo,
si cae España -digo, es un decir-
si cae
del cielo abajo su antebrazo que asen,
en cabestro, dos láminas terrestres;
niños, ¡qué edad la de las sienes cóncavas!
¡qué temprano en el sol lo que os decía!
¡qué pronto en vuestro pecho el ruido anciano!¡qué viejo vuestro 2 en el cuaderno!
   
-0-
Tres o cuatro años pasé escuchando y pensando. Un amigo me urgía hacer un libro y al poco llegó a casa el contrato que negoció sin consultarme.
Agradezco mucho el ofrecimiento pero no puedo, contesté, a pesar de cuán madura estaba la idea. De hacerlo traicionaría a Arísitides y a Mata, los dos mayores protagonistas de una parte de la historia, la que transcurría entre escondrijos en las montañas. 
¿Pero y los de las aldeas en la muda tragedía en la que el mito y la realidad se retroalimentaban profunda, conmovedoramente? Permanecerían en la oscuridad, como comprobé al aparecer el sartal de libros sobre el tema. Les fallé, por pudor mal entendido, asi no esperaran que sus recuerdos sirivieran para algo más que documentar lo de verdadera importancia, según también ellos y ellas se dieron a creer. 
Lo siento sobre todo por Llagos, casi tan muerto en vida como el hombre de La piedra, sin el derecho de los fugados a dignificarse ante sí y ante el futuro en  el hambre, el frío intolerable, el salto de mata. ¿Qué culpa nacer diez años después de lo debido y no quedarle sino la oscura tarea a la cual nadie más se decidió? 
Y digo sólo Llagos, pues no conocí a tales y cuales, muertos en la docena de años de resistencia o supervivencia.
-0-
Hoy, Belarmino el originario, frente a los nietos y el resto de la Corte me atreveré a interrogarte sobre algo muy delicado.
Tus enemigos, y no Mata, Arístides o incluso Aquilino, que disentía de tu sentido de socialismo, te acusan de abandonar la pequeña república autónoma de hecho cuyo gobierno dirigías, al subir a los barcos que se contrataron un momento antes de la entrada de los fascistas. 
Sé de tu continua preocupación por quienes se echaron al monte y de tus gestiones para que apenas se pudiera, ¡diez años después!, escaparan a Francia los pocos cuyo compromiso o terquedad impidió bajar de vuelta al llano.
-0-
Doy un salto y es domingo por la mañana en el departamento donde están los restos de la fiesta de ayer con una docena de jóvenes. Duermen los tres que quedaban cuando en la madrugada fui a la cama: una pareja de muy buenos poetas de barrio y la madre soltera del interior del país que se aprovecha de mí lo poco posible.
Reguero de envases de cerveza, una botella de litro y medio de ginebra y otra de aguardiente, vacías; semillas de mariguana en el cenicero improvisado, y sobre la mesa a unos pasos del escritorio las fotos en las que hace un par de años la Niña y yo parecemos una promesa.
Hay muchas cosas por las cuales preguntarse y como casi siempre elijo las del cuaderno. Esta vez para limpiarlo, ordenarlo y volver a las dudas sobre su destino o su mera existencia.
Una calzada, un doble río fantástico y demás símbolos, no sé cuán simplones, y lo que recién escribí sobre el abuelo y debo corregir enseguida, pues de instantáneas se trata cuanto va aquí.
A la manera de cada día pongo esas líneas en mi pequeño espacio de la red social que crecientemente me aburre o me produce terribles resacas, al estilo de la de los invitados que empiezan a despertar.
-0-
Quedé, Belarmo, en no guardarme las preguntas sobre tu probidad. Te convertí en ejemplo para cuantos circulamos por el cuaderno y es fuerza que recuerde el largo periodo en el cual el singularísimo, extraordinario sindicato en cuya creación participaste, concilió con el poder mientras los de don Aquilino daban una lucha a muerte.¿Te criticará el lerdo nieto de sesenta y siete años, tras su pequeña fiesta?
Volteo a las fotos de ustedes, Ohsis, en la pared, convencido de que nada les servirán mis miles de autocomplacientes horas en el teclado.
¿Por qué regresé el recuerdo de la Niña a la sala luego de arrumbarlo? Será la última mujer de mi vida, creo, y en la larguísima colección de viñetas que dediqué a la relación termino a gritos y unas palabras: El deseo es amor; el deseo absoluto es amor absoluto; por eso nadie llenará tu hueco.
Del llano y del monte, del cáliz que se pide alejar y de una fiesta hasta la madrugada con más de una joven aleteando en mi mirada, resultó la cosa está vez, pues una segunda inútilmente me prendaba y a una tercera quiero matarla por usarme y marcharse las horas necesarias para no arreglar el desorden que quedó.
-0-
El transcurso de la viñeta lo contempla la Corte en pleno. Tendría que apenarme y no lo hace, o no del todo, porque si la frivolidad de mi mundo y mi semiridículo personaje contrastan soezmente con la de los miembros de ella, de cotidianidad sin transcencia estamos construidos todas y todos.
Semiridicula, matizo, considerando que la docena en la fiesta son tan llaga andante como doña Gertrudis, la madre soltera que asea los baños del monumental mecado de esta ciudad, o el Jarocho o James Kelley, a quien hallaremos a continuación.
A esos jóvenes nada o muy poco se les regaló, las historias de algunos son crueles y sólo un mínimo respeto a la confianza depositada en mí obliga a callarlas. Así suavizan los devaneos del ya casi setentón.

Viaje
Desde la barandilla el mar del estrecho se bambolea en mi mirada. Lo conozco hace mucho y sé muy poco de él. Frecuentado con pasión, una decena de kilómetros de su orilla poniente y medio centenar aguas adentro me lo revelaron apenas niño. Lo respeto, me maravilla y como millones a lo largo de milenios entiendo cuán inmensamente pequeño soy ante él y sus semejantes, para quienes no existimos.
Por un momento sirve a mis devaneos y al próximo los borra por completo, imponiéndoseme, gris esta tarde de nubes que lo techan peleando entre sí hasta donde un par de rayos de sol se abren paso furiosos y descubren el horizonte de otra manera sordo.
En minutos Eleazar se acodará al lado para primero intentar timarme y convertirse luego en compañero de aventuras. Ahora hay sólo mis veintiún años que ponen la cereza del pastel de las enseñanzas en mi cuna. Cuanto haya de nuevo por aprender en los vaya uno a calcular cuántos años adelante, será bisutería, sé con conciencia y no de ello.

viernes, 23 de agosto de 2019

Fantasmas


Treinta años vivió en México Luís Cardoza y Aragón abrazado al árbol de su infancia, en el centro del jardín familiar de un barrio de La Antigua, Guatemala, que el exilio dejó tras una barrera infranqueable. Al regresar, el árbol había desparecido, con la calle, que era una irreconocible otra. El escritor no se levantaría jamás de una muerte que hacía vacilar en la nada los treinta años.
Para entonces Pablo Neruda había escrito muy lejos de casa:
Les contaré que en la ciudad viví
en cierta calle...
No se podía ir y venir,
Había tantas gentes...
Todo me pareció brillante...
y era sonoro.
Hace ya tiempo de esta calle,
hace ya tiempo que no escucho nada...
Dulce nostalgia la suya, que podía ignorar la calle impresa en sus compatriotas repartidos por el mundo tras 1973: vuelta silencio y dolor.
Más de tres décadas atrás Victor Serge se paseaba con su inseparable hijo por el bullicio de una noche en la Alameda Central de la ciudad de México, y entre la reposada, sonriente feria de familias se le venían una y otra vez las estampas del último en la serie de exilios que era su vida, y el reclamo de los rostros de los compañeros que quedaron en la Francia ocupada por la Alemania nazi.
Yo no sabía nada de Cardoza, de Neruda, de Serge, cuando en los 1950s crecía en aquella misma ciudad entre dos padres que no abrían la boca para hablar de la Guerra Civil española, sino cuando se trataba de aligerar el drama, y sin embargo estaban y no en la casita de dos pisos donde nos criaban. Mamá se afanaba cada mañana en recoger hasta la última mota de polvo en la sala, el comedor, lo que pomposamente llamábamos biblioteca. Me obsesionaba su estampa desdibujándose a lo fantasma. Era Penélope que no esperaba, repitiendo el rito para espantar sin éxito el recuerdo del viaje no de su hombre, sino de ella, suspendido casi al empezar.
Batía el trapo contra el brazo de un sillón, daba un paso, volvía sobre él, lo expurgaba de vuelta y se rendía, empezando a parpadear en mis ojos que no podían seguirla a la cuenca minera a diez mil kilómetros de distancia, para ofrecerse a cuidar los burros de los campesinos en domingo y dar gracias por las monedas con que pagar la función del único cine en veinte pueblos y villas alrededor. O para trepar a los destartalados camiones que harían la excitante ruta de los mítines en los cuales lucía la joven.
Mamá se adelantaba treinta años al Humberto Costantini que miraba por la ventana la luna mexicana, “chanta”, mentirosa, porque la de verdad no había salido de Buenos Aires, como él casi justo en el momento en que ella, mi madre, hacía las maletas para volver a la España sin Franco y ser de nuevo de carne y hueso, otra vez mitin tras mitin, para con su adolescencia refrescar al maltrecho partido en en cual se había convertido el suyo... y recibir de tarde en tarde la visita de los hijos, a quienes veladamente miraba con extrañeza: ¿de dónde habrán salido?
¿Pero qué tan sí misma era también ella, regresando sin regresar? El país que había dejado y en el cual anduvo trasterrada mucho más años que en el real, apenas y se reconocía en el de 1976. Un poco antes Alejo Carpentier discutía el lugar común nacido entre el boom de la literatura latinoamericana, que rezaba: marcharse es la mejor manera de ver el lugar de origen. Alguien revisaría luego la crítica del escritor a través de su serie de artículos La Habana vista por un turista cubano.
El alguien decía de este paseo imaginario: "Los exiliados de Carpentier habitan un ámbito atemporal -una suerte de estado de suspensión..."
Al volver, pues, mi madre se movía entre las sepulturas donde habitaba la España que recreó durante treinta y cinco de sus cincuenta y ocho años de vida, y entraba en un nuevo limbo, en el cual debía reinventarse. Tal vez también por eso, y no sólo por el extrañamiento de sus miradas, que a los hijos nos hacía vacilar sobre el suelo, mis encuentros con ella resultaban en grandes grescas. Eran de fantasma a fantasma.

viernes, 16 de agosto de 2019

Demonios

Una tarde rumbo a nuestro localito en el Santo Lugar, cuando topé con los perros a quienes se espantaba como precavida diversión, al primero que giró para espiarme le puse cara triste. Se cobró su lista interminable de afrentas y aquello fue una tortura: él haciéndome apurar el paso a fuerza de ladridos cada vez más bravucones y otros lanzando tarascadas, ante los niños que jamás volverían a tener respeto por mí. 
Entendí cuán cerca estaba el fondo y sólo la aparición del Grillo y sus compañeros me sacó al menos por unos meses de lo que Nabor llamaría el infierno.
-0-
Poco antes subía la loma que ordenaba mi responsabilidad y no pude más.
Jamás quisé emularte, abuelo. Eras producto de circunstancias excepcionales y me bastaba ser fiel a millones que llevaban dos siglos intentándolo. No quería ir al frente, como tú
De la tarde aquella escribí trambién:
Entre los muchos momentos que me quedan grabados, escojo la vez en que en el local trataba inútilmente de barrer el piso de cemento, cuidando con la mirada a Él, quien tenía un par de meses, cuando escuché rugir los motores. Tres camiones aparecieron rechinando las llantas.

Ni en sueños había visto una estampa tan maravillosa: un centenar de macheteros sonreían presumiendo su rudeza, entre el zangoloteo de las plataformas que los choferes traían a mal traer.

Con mi “comadre” al frente bajaron de un salto para entre bromas saludar al chiquito y darme efusivos abrazos. Hasta valiente me volvería para pagar ese cariño.

Era así pues se lo merecían y desde muy pequeño en mi cabeza andaba la devoción por los hombres y mujeres recios. 

Acercarme a los trabajadores y compartir sus luchas representaba mucho más que una decisión política o un acto solidario. Era el regreso al pasado familiar glorificado en mi cabeza. 

Cada día allí confirmaba el deseo, con escenas como esa de Simón y sus compañeros. Mientras se acomodaban armando el mayor alboroto posible, entre escupitajos que el Grillo reprimía por posibles efectos sobre su ahijado, se entendía la justa fama de ser unos cafres echando gruesos transportes y carcajadas sobre los automovilistas. Cuestión de orgullo, la suya, igual que venir al localito donde planeaban tundir a patrones y líderes del sindicato.
Me querían no porque los ayudara en cosas para ellos desconocidas. Era por mis ojos, donde se miraban.
¿En consecuencia, renunciar subiendo la loma no debí tomarlo como pecado? Realmente traicionaba a dos mil quinientos compañeros que ni siquiera me tenían por uno de los suyos. 
Salía sobrando si todo empezó apesar mío y mucho más tenía que echarse en cara a quienes por frivolidad y miedo me comisionarion una tarea desmesurada, considerando nuestras magras capacidades. 
-No quedas sino tú -entendí. 
Para entender, lean esto que llamé Un mediodía: 


Cuando dos horas antes un tembloroso funcionario entregó el documento que declaraba inexistente la huelga, el mundo alrededor de aquellas dos grandes plantas pareció vaciarse, dejando a solas con los demonios al centenar y medio que hacíamos guardia.

Ahora veíamos aparecer una mancha de gente acercándose con palos, varillas y quién sabe si algo más todavía imprecisable, y la sensación se profundizaba. Lo hacía para ese centenar y medio y los cuando menos dos mil quinientos trabajadores y trabajadoras entre tres mil activos, que probaban estar con el movimiento y tenían permiso de buscar trabajos momentáneos.

La mancha no producía temor sino coraje, impotencia, incertidumbre por el futuro. También en mí, que estaba allí no según debía, como un enlace con los obreros organizados por su cuenta más allá, sino asumiendo una cierta dirigencia en representación de los abogados.

Aquello nos alcanzó con un tipo ya famoso o que lo sería pronto y su guardia personal al frente presumiendo pistolas al cinto, y los ciento cincuenta o doscientos tras ellos esperaban les cumplieran la promesa de complacerse a palazos y patadas.

Si nadie les impedía abrir las puertas el medio día sería muy aburrido para ellos. A menos de que encontraran un pretexto. Mi compañero, M, y yo, servíamos perfectamente para eso y por primera vez en mucho tiempo dejé que el más viejo de mis conocidos me tentara. Miedo, lleva por nombre. Me odié por reconocerlo mientras a un trabajador le tenían sin cuidado pistolas y mazos y se les plantaba inventando que las llaves se habían perdido. Mi socio se retiró prudentemente y me dije que no podía abandonar a ese hombre.
Antes debía hablar por teléfono y apuré el paso hasta el único aparato en kilómetros a la redonda, que providencialmente colocaron a cincuenta metros. Entonces descubrí que los golpeadores no venían solos. Del lado contrario estaba toda la policía estatal, según parecía: patrullas, julias, montados.  

Llamé al licencidado preguntándole si no había una alternativa legal para evitarlo siquiera unas horas. La respuesta era previsible. 

Los malos me recibieron a empujones, el famoso puso la mano sobre su arma y ante quienes defendían la puerta aparecí como un cobarde.

-Denles las llaves. Por ahora no hay nada que hacer.

-Se perdieron –insistió campechanamente el iniciador del asunto, sin voltear a mirarme. 

-Entonces dejen que entren como puedan –dije y rompí el momento de magia que su decisión creó y cuyo final no parecía importarle.

Alejándome me sentí una basura y la gentuza echó a correr detrás mío y de M, con el grito esperado:

-¡Agitadores!
Que salvará la piel gracias a unos panaderos y esa noche a mi socio le surgiera inesperadamente un compromiso ineludible en Canadá, preparó el día que descubriría muchísimas cosas.
Amanecía, a lo sombra obreros y obreras tomaron la loma cercana y supe: empresa, sindicato y Estado se habían metido en un brete.
-Los creen muertos y dieron el pretexto ideal para levantarles veinte, treinta, cincuenta fábricas.
El día siguiente atestiguó una marcha inusitada.
Las circunstancias imponían cierta condición: este modesto hombre debía estar tan solo como imaginarse pueda.
Resultaba absurdo, porque aquél movimiento nació desde abajo y volvía a reiterar su condición tras cada nueva coyuntura en los apretados meses que había durado. Las condiciones que me llevaron allí destruyeron el entramado interno y quienes debían dirigirlo fueron injustamente desplazados. 
Hice esfuerzos para deshacer el embrollo y volvimos al principio tras romperse la huelga de facto, categoría que multiplicaba muchas veces los retos en nuestro corporativo país. Esa mañana de asumir mi aislamiento no podía atreverse a siquiera pedir anuencia a ellos. ¿Les parecí un aventurero, como antes un oportunista?
-De veras lo siento -decía sin decir, lanzando el discurso que no aceptaba opiniones y creaba un tenso, resuelto silencio. 
Poco después, abuelo, me rompí. Era normal y, con todo... El dirigirme a los compañeros había descubierto un mundo que conociste a los dieciséis años cuando, para validarse, tu sindicato apenas fundado llamó a la huelga general. ¿Con qué iban a hacerla, me pregunté al revisar los documentos, años más tarde? Eran veinte o treinta miembros y había decenas de pozos carboniferos que se repartían por dos cuencas. Fácil, contestaste en unas memorias a medio escribir, sin enunciarlo, cabrón, jeje. Provistos de dinamita, cada quien hizo su parte. Que importa si tapiar bocas en las montañas a lo largo no es una huelga. Parado estaba todo, ¿no?
No hago comparaciones, comprenderás. Lo que te intento transmitir es... Entiendes, ¿verdad?
-La lucha de clases está sembrada de cadáveres -contaron que sentenció alguien refiriéndose a mí.
-Se volvieron supremos imbéciles -pensé. ¿A quién emulamos? Ah, sí, lo olvidé. El último pasé de lista fue: Vlamidir Ilich, Tse Tung, Ho... no, ese estaba comisionado en Tacubaya.
Quería a las hermanitas y hermanitos cuyos pasos aprendí a seguir. Ahora respondían a la fatiga, pues hasta rozarse un poquito contra el poder no era fácil.
En todo caso sus cuentas no casaban con las mías, al menos bien a bien. En palabras de Ana, yo tenía años tropezando y necesitaba que aquello se ajustará a los sueños de Fili, Simón y compañía. 
A lo Dylan Thomas hice trocitos las señas de identidad antes de conocer a unos y otros.
Me quedaba el paraíso recién atisbado con Él. Tercamente desde la azotea.              

 

 
        

lunes, 15 de julio de 2019

Una cuadra más acá no sería el mismo

Mi casa estaba al pie de la avenida rematada en la esquina donde no era ya campo, sino pelea entre los llanos vírgenes, las huertas, los maizales y la nueva vocación de orillas de la ciudad, presente en el tiradero de materiales de construcción, la ladrillera, su miserable, hosco vecindario y la promesa de futuro vacilando en lo alto.
Con el trajín de los camiones de pasajeros, los siglos a montones del centro urbano resultaban un eco tanto más lejano cuanto más desaparecían los lotes baldíos. Para quienes vivían fraccionamiento adentro, eso era verdad sin tacha y así sin ojos. Para los de la avenida, no. Tras un premeditado vacío descubríamos un barrio antiguo que se montaba sobre los restos de un pueblo cuyos orígenes no podían precisarse en el tiempo. Invitación irresistible, nuestros paseos por allí descubrían con azoro una calzada de proporciones dos veces mayores que las orondas de la modernidad.
En claustro, los amigos de las calles traseras sucumbían al resentimiento de sus padres por mil ofensas reales o ficticias, que los condenaban a perpetuar lo más oscuro del país. Los de la avenida enloqueceríamos o saldríamos corriendo, o ambas cosas.
Sí, me niego a nombrar, a la convocación de los lugares comunes y las clases de historia.