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miércoles, 10 de junio de 2015

Siluetas 1

La policía agitaba sin contemplaciones la alcancía de la noche, Padre ordenaba cada mañana la muerte del hijo, las flácidas carnes de Mamá lloraban de vergüenza frente al espejo, Ella era miel pura, sonreía como una niña y me clavaba el puñal hasta la empuñadora, al compás de Los rebeldes del rock.


Tengo quince años y entro al último de los cursos preuniversitarios. En el anterior desapareció el yo que pasaba el tiempo tentando las aristas de nuestro no tan pequeño mundo escolar, en el frontón, en el recoveco al fondo del campo de futbol o cualquier espacio poco frecuentado donde me aceptaban los rudos que probaban el carácter.
En su lugar se hace presente un personaje en busca de reflectores. El éxito es rotundo y allana tanto la vida que prometo ajustarme al modelo para siempre. Aun así me toma por sorpresa el montaje de miradas y risitas nerviosas dirigido a mí desde el rincón donde durante las semanas de inicio los de primero, recién llegados al edificio, se confinan en respeto a las jerarquías.
Muchos metros de gentío me separan del juego ese que, sin embargo, hecho con todas las de la ley no tiene dudas de alcanzar su objetivo. Más temprano que tarde voltearé, hasta terminar encontrando en medio del coro a la jovencita más hermosa que he visto.
La celestina tiene clase y gran parte de culpa en la elección hecha por su ama. Sólo merced a su tolerancia hacia las torpezas con que respondo al juego, paso la prueba para encontrarme no frente a frente a la belleza esa, sino a la manera que se debe: semiescondida entre el aleteo de las súbditas.
En verdad puedo morir en el momento: se me abren las puertas a una princesa de estilo clásico. Llega a la edad de enamorarse a la manera de la gente de bien, pensando que ahí está el único hombre permitido mientras viva, con el cual compartir un idílico romance y luego un bien provisto hogar. Está eso y no otra cosa, según entiendo cuando su padre se sorprende al verme por primera vez y atinar y prevenir: el mozalbete descansa en nada y si el tiempo incumple su obra, se precisará una pequeña ayuda.
Yo ni sé ni me entretengo. La vida ha sido muchas cosas y entre otras, dolor, que no merece tratarse al paso. No decido si asomarme a través de él o alejármele a toda velocidad. Las vacaciones entre cursos antes de sacar partido de las luminarias, ha sido una mañana tras otra de espanto ante el espejo. Algo terriblemente oscuro aparecía en el rostro aquel, deformándolo. Por eso me agarro ahora a las miradas de los demás como a una droga, y la oferta de la princesita es la promesa de que todo andará bien de ahí hasta el fin.
Andará bien entre el desastre general. La frase suena gorda pero me parece justa y el título de la historia viene de ahí. Cuando mucho después descubra a un célebre director de cine, entenderé su obsesión por la música popular de estos tiempos, nacida en su país por primera vez para los jóvenes. En la pobrísima modalidad nuestra hay un matiz nada despreciable. Fuera de la docena de tonadas hechas en casa, al traducirlas las melosas letras resultan perfectas tonterías.
Aunque el premio mayor se disputa seriamente, creo que Siluetas lleva la delantera. La voz de uno de los invariables remedos de cantantes dice debatirse entre y la vida y la muerte, al descubrir tras una ventana las sombras de una amartelada pareja en la que un ridículo coro denuncia la traición. El tipo repite la historia para terminar descubriendo, ni más ni menos, que equivocó la dirección del amor de sus amores. No importa sin embargo el despropósito, pues la quejumbrosa melodía y las apasionadas palabras sueltas dan de sobra para que los escuchas pongamos el sobrante, salido de nuestras entrañas que buscan con desesperación caricias y delirios imposibles de cumplir.
Al menos entre las crecientemente gruesas clases medias, sólo las más suicidas jovencitas se atreven a prestar otra cosa que manos, bocas entrecerradas e insinuaciones de pechos o muslos. Suicidas, he dicho, y de nuevo parece un exceso y no lo es.
A mis ojos nadie lo ejemplifica mejor que la hija de la peluquera del barrio. Una mañana veo a quien fue una niñita disfrutar mi sonrojo exhibiendo, antes que un par de espléndidos pechos, una sonrisa de reto e invitación. Meses después el vecindario masculino pulula por la esquina a la cual se abre el salón de belleza, desde donde la madre de ella se asoma con un matamoscas. Al poco creo que la mujer se salió con la suya, sólo para descubrirla a punto del infarto por el fracaso en deshacerse del Rey, cuya presencia basta para alejar a los competidores. La señora da inútiles voces, la pareja se cansa de escucharla y se aleja abrazada por la cintura. Pasará un año para ver a la joven con un bulto en el vientre, todavía envalentonada, y otro para que sus alardeos se vuelvan triste mansedumbre, sentada en el escalón del negocio con la criatura y vagos vestigios de sus encantos de cometa.
Mientras, nuestras baladitas languidecen, suspiros, chorritos de miel de maple, y a miles las nudilleras, las botas, las cadenas, los bates y una que otra pistola se disputan lo mismo una fiesta que una mirada.


sábado, 25 de abril de 2015

Trópicos

La ciudad muere pronto sobre la única mancha vegetal en cien kilómetros a la redonda de desierto, y al saludar el fin del malecón el sol no es el criminal que debiera, gracias a la brisa engrosada por las gotas de la rompiente.Los pájaros se agotan también, sin faltar las gaviotas y los pelicanos que no encuentran nada por aquí, donde nace el reino de los zopitoles.
Voy a solas pensando en los paseos con P al cerro ante mí, en busca de piedras presuntamente raras. En él remata la pequeña sierra que sigue la carretera, capricho del terco golpeteo del mar atemperado por la bahía baja, en cuya playa las ballenas y los cachalotes suelen vararse al perder el rumbo del canal.
Hace cuatro o cinco años papá vino a trabajar aquí, a mil kilómetros de casa, donde para mi lujo paso cuanta vacación señala el calendario escolar. La tercera planta del hotel que el hombre se empeñó en construir contra la voluntad de los dueños, quedará para siempre sin terminar, según parece, y la pandilla anda a sus anchas por ella, como por los tamarindos, de rama en rama, uno tras otro, o el filón de arena en el que nadie se baña de tanta restinga y tanta áspera piedra. O por el muelle donde contra un pilote la Mariana recibe a los marinos urgidos, Cinco pesitos, güerito, y el que sigue, con sus carnes entradas en años, ajada y simpática, de negro entre los calores, encendido rubor en la mejillas, el sombrerito hace tiempo pasado de moda rematando en fresca flor. O la boca esa de mar entera, incluida la corriente refluyendo justo en el canal trampa de los animalotes cuya agonía decimos disfrutar sobre sus lomos.
Un par de veces estuve a punto de morir allí, al borde del estolón frente a la ciudad-pueblo, en los paseos que dábamos en las planchas, como llamaban a las navecitas lisas con un par de remos.
-¡No, no pelees con ella!, ¡córtala! -gritaban los amigos o los hermanos, refiriéndose a la corriente, y yo creía hacerlo pero cada brazada, hacia la plancha o las rocas, cuanto más empeñosa, más me alejaba, obligando a que vinieran en mi salvación.
Cincuenta años después me preguntó por qué emprendo entonces la aventura de la carretera a solas, o crío a ocultas mi rancho de caracoles, o me escurro para las pesquerías.La pregunta es ociosa, claro, y completo los seis kilómetros y medio de cómicos, a ratos enternecedores saltos de las olas, hasta la playa que se anima nada más durante los fines de semana y así hoy y muchos días estará sólo para mí y para los pulpos, cardúmenes de infinitesimales criaturas, y demás, susto y gozo al hundirme por horas en ese otro mundo.
Qué torpeza mirar así, desde el futuro hacia el que entonces los días se fugan, cuando nunca lo hicieron. Uno a uno eran y sin destino, innecesario, insensato. Presente el mundo, reducido al cielo bajo de las raídas nubes a la mano y el azul gritón a fuerza de acaparar la vida cuya única motivo era aquélla inmensidad misterio puro, engrosando el aire con sus vapores, emborrachándolo todo: la espesura entre las ramas de los tamarindos, de por sí briagos por el aroma de los frutos, sudor de tierra agria; los hormigueros que no se daban abasto de tanta jugosa hoja; el tropezar un paso tras otro de los caracoles en su terror a la arena; nosotros, deseo descorchado, comiéndose la cola.
¿Es voluntad mía o suya, el que al modo acostumbrado el abuelo asome en este preciso momento de la lectura?
-¿Qué es eso? –pregunta, y miento:
-Nada, ocurrencias.
¿Lo hago por vergüenza, ocultando mi tiempo fácil, se diría pensando en el de él?, ¿o es que temo lo haga pedazos con la mirada incapaz de entender, según bien sé, porque lo mismo me pasa con el suyo?
-No voy a robártelo –dice adivinándome.
-Ni lo intentes –respondo en silencio y vuelve a entender. Pasea los ojos alrededor como si no hubiera estado aquí antes, odiándome por haberlo traído. –Perdona.
-Pierde cuidado.
Pierde cuidado… Desde que nació jamás pronunció esas palabras, al menos en ese tono, y siento ahogarme o a punto de perder la razón, igual que mil veces antes.
-¿Tengo remedio? –pregunto a la que siempre me acompaña y su cabeza se mueve de un lado a otro.
-Me engañas –la reto, sonríe y cuando vuelvo los ojos la silla del abuelo está vacía, asegurando que hace mucho nadie se sienta en ella.

Tiempo de caminar (2)

En la mañana del departamento, junto a la figura recreada de Ella andan las muchas pequeñas criaturas mías acumuladas en el cuarto, el común atribularse de los olores rancios de la cama revuelta contra la paz en la cual el día se detenía cargando sus primeras como fáciles horas de registrar fachadas, ramajes, tableros de asfalto, y las trabajosas de poco después a punta de mujeres batallando, de puertas que se abren y cierran, de prisas, de tumultos, de niños en marañas de mundos y hombres conmovedores en el esfuerzo de aparentar que no conocen el miedo.
Es una paz tendida en la pequeña franja de sol entrando por debajo de la cortina, a través de la cual el patio interior del edificio se planta: el rezumar remolón de la sombra, el jugar a solas con el sobrante de los días en las ventanas traseras: el eco de las peleas y las voces llamando, el sacudir de manteles y mantas, los rostros que asoman de cuando en cuando. A la placidez la atraviesa la angustia por el tiempo. Como en los pasos de una mujer camino a la azotea ahora: el centenar de escalones difíciles, esforzados, ayudándose del pasamanos para poder con la tina y los años rumbo a la azotea, un momento en vilo, sin antes ni después, creación pura del patio universo que enseguida, contra la constatación del cielo inmenso, impávido, hace conciencia de su propia pequeñez y su marchitarse –el yeso descarapelado, los agujerones, las trozaduras- e intenta aliviar las fatigas de la mujer animando los trinos, los guiños de la luz en la pared.
Más acá el apenas perceptible canturreo de la vecina que señala el misterio bien guardado de la recámara, creciendo a lo repentino desde la penumbra que como siempre debe estar allá al fondo, donde casi no alcanza la mirada, por las disputas del comedor -la mera convención de los manteles de flores, el genuino orgullo del frutero, el vacilar de la vitrina entre las pretensiones del juego de cristal cortado y el vivo recuerdo de olores de los tarros descapuchados-, a la cocina, a un par de metros de mi cuarto, para celebrar la hora de mujer contagiando el chirriar de la hoja del anaquel, el caer del agua en el pocillo.
Como antes me pregunto qué será de todo eso en sí, en mí y en Él, agrego ahora, cuando al día siguiente nos marchemos para hacer de nuevo posible la vida.
-0-
Esa mañana del departamento, nietos, que contenía todo para entender. 

viernes, 24 de abril de 2015

Sin salida

El pestillo, la carretera insoportablemente recta, la manija, jala de ella. Así me digo lunes con lunes en la mañana temprana.
-0-
En Tiempo de Caminar digo que aquella mañana de mis treinta años contenía todo lo necesario para entender. 
Otro tanto vale contemplando estos días a los viente, y antes Islas, sobre un momento de mis diecisiete, o su continuación a los veintidos, o Total, cuando tengo cincuenta, o X. 
Más que nunca les pido paciencia ahora, nietos. 
-0-
Jala la manija.
Se hace noche y descubro el silencio sin elocuencia, regodeo de los demonios que conozco desde niño, cuando cierran la puerta para el privilegio del amo, yo, proclaman, y los trescientos metros cuadrados son cárcel donde paseo certificando que existe la nada escarbada por el filósofo a quien rindo culto. En medio de ella, pienso, y me revuelvo contra la idea.
El vacío viene de fuera y encuentra el mío, sigo y vuelvo a dudar, atormentado, a los veinte años justos, como el hombre en la novela que clama por ellos marchándose lejos de casa, a otro mundo, donde las referencias no se vuelven añicos y vuelan por la ventana del tren, según hizo un segundo joven, él en un cuento. ¿O sí? No vivo de palabras y si los cito a ambos es buscando con desesperación a otros, mis pares, que andan aquí y allá en lo siempre ancho y ajeno. ¡Basta!, digo ante la tan distinta ventana: el patio de una antigua hacienda, hace mucho fábrica, y sus sombras, que suben y bajan a cuentagotas ahora, noche, entre el par de construcciones cuyos obvios secretos, oscos, se niegan a revelárseme.
¡No!, grito en silencio, no soy el par de muchachos en los libros entrañables. Yo vine al encuentro de quienes me llaman desde niño. 
Esa nada resulta absurda, se bien. Fuera, en el patio y todo más allá lo que hay es exuberancia, y escapa a mis ojos y mis dedos, a mi humanidad entera, urgido de ella. ¿Está en verdad? Por la mañana usé la autoridad de la cual aseguran me invisten, para ordenar abrieran el monumental portón. Ahora tendría de una buena vez a los bien amados que entre los tróciles, las batientes, los telares me odian por respeto a sí mismos. Los
tendría con el inefable universo alrededor del campo en sus esencias. Y hubo sólo sequedad multiplicada y una llano que estruja, viento soplándome con asco y verdes matas en hileras hasta donde la mirada topa las espaldas de mis montañas madres, que eso hicieron, volteárseme como sino me conocieran. Pues si el hombre de la novela viajo miles de kilómetros, el hogar mío está apenas a una hora de distancia.
-0-
Volveré sobre estos días y de momento pido perdón por el galimatías que no nos ubica y atraviesan dos jóvenes fuera de lugar si me ciño a la historia.
Estamos en una fábrica-pueblo, nietos. Llegue a ella desde el monstrador del banco donde para su sorpresa, P me encontró. 
-Ven conmigo y en diez años ocuparás mi puesto -dijo con palabras y pensaba: Voy a enseñarte cómo escalar la pirámide, abriendo un abismo con tus supeditados. 
Era gerente de un consorcio secundario para quien tenía minas y acciones y demás por todo el mundo. 
La llamó fábrica-pueblo pues no había sino ese casco de antigua hacienda que ahora producía telas, rodeado por viviendas para obreros hacia poco rebeldes dispuestos a todo al seguir quizás viejas enseñanzas. En eso se convirtió cuando cambiaron la vocación de las tierras cuya vista me frustraba. 
-0-
Sobre los lugares en que nos ubico, casi siempre conozco cuando menos algo de su historia.
Aquéllos habían pertenecido a comunidades indígenas coloniales, como la absoluta mayoría en el país, y durante los años mil novecientos terratenientes cercanos se echaron sobre ellas. Para rescatarlas surgió un movimiento peculiar pues tenía influencias anarquistas, que solo allí alcanzaron al campo.  
Pertenecían a un corredor siempre presente en nuestras guerras "nacionales". No sé cuántas de las familias obreras a quienes yo  desesperadamente quería alcanzar heredaron ese pasado, porque al trabajador industrial lo caracterizaba la movilidad. 
El padre de don Carlos tal vez pasó por allí, en su periplo iniciado junto al mar.         

martes, 7 de abril de 2015

El Mero

Soy muchas cosas,, nietos, y entre ellas una continuidad de exilios. A ellos debe ceñirse este cuaderno, el íntimo, y cuesta trabajo pues las viñetas acumuladas en casi setenta años repiten el tema sin variaciones, extraviándose entre las de mis otras personalidades. Una de éstas convive sin problemas con el Idiota, así a veces no lo parezca: el Mero, nombre que deriva de Merolico, como se llamaba a quienes en los parques y apelando al humor vendían remedios de dudoso efecto.
Las primeras funciones las di apenas niño, en el Santo Lugar llevé a grados profesiones el oficio y asumí según se debe el personaje de manera de llevar a la Corte de Medianoche por el paseo a lo largo de siglos, tras las razones de que todos los sólidos se desvanezcan en el aire. Ese lenguaje semicifrado corresponde a tres de los otros cuadernos que les dejo y podrían empezar por un acto desesperado del Mero:
El negoció comenzó sin saberlo cuando llevaba media hora hablando con un amigo experto en editoriales y él a cuanto proponía: 
-No sale. 
-¿Debemos prendernos fuego? –preguntaron los papeles en las cajoneras.
-Nada de eso -los aquieté de inmediato y por instinto, y en una balandronada haciéndole al anciano cheroqui dinos ánimo. -Llegó el mensaje: vuelve al fin la aventura.
Con un fajo de cuartillas en la mochila hice el camino al Metro. Unas cavernas de la ciudad en dirección a las otras, entrañables todas, bajé en una desconocida estación al azar. Las escaleras conducían a un andén a cielo abierto y la primera mirada fue decepcionante: estaba en uno de los lugares más conocidos de nuestro gigantón, cuando menos para quienes no se pertrechan en los reductos de la gente de bien.
El necesario paradero parecía dividir en dos el universo alrededor, inconcebible sin cada parte: a poniente el lío de puentes a no menos de ochenta kilómetros por hora con su avalancha de metálicos, gritones animales; a oriente la paz aquí sorda, allá plácida, de la colonia en improvisados parches que se montaban sobre antiguos poblados del valle sin desaparecerlos del todo.
Me senté en la rala hierba del camellón entre los pilares temblando por el peso arriba, un lánguido árbol herencia de quién sabe cuándo sirviendo de espaldar, y saqué a relucir a mis escritas comadres:
Entre el rezumo de los mirtos que el rocío se empeña en conservar, de lino y grana las ropas y la carne a las cuales se trasuda, un atormentado joven poeta para que no escape muerde con desesperación la noche de invierno y las astas de la luna, por ello más "cuernos de búfalos" sosteniendo el "cielo huerto", donde los astros florecen con "sus dorsos" de "ágatas y oro".
-Puf -dije suspendiendo la lectura. El poeta de mil atrás y su mundo para qué sirven aquí donde ni su abuela oyó hablar de ellos, ¿o no, señora que en el paradero hace sabios malabares con las bolsas a granel bajando del microbús?
La mujer volteó y se detuvo en espera de que algo de utilidad saliera del discurso que de imaginación a imaginación le recetaba. Fue ahí que vinieron los años viejos y:
-¡Alavado, alavado! -exclamé de rodillas y la mirada al cielo no del Señor sino de otros divinos portentos que moran en lo alto y en muchos lados más- -Revelación, ya la libré.
Para prueba bastaba el botón señora de las bolsas y los que con un giro de la cabeza en redondo descubrí pendientes de mi persona. Un cacho de pan les solté como entretenimiento, del poeta, claro:

¿Cuánto habré de esperar y cuánto tiempo
ha de quemar mi saña como brasa?
¿A quién hablar, a quién dar testimonio...?

Mientras el recién adquirido auditorio tragaba de una imprecisable manera el mendrugo, en silencio hice el el rito en versión resumida para apuros:
-Niño de Piedra, padre mío; deforme hija de Aoibheal, hermana, y Gualupita madre y compañera, de sus prodigiosos dones pasen un tantito y a mano me pongo con ustedes, ¿sí?
¡No!, luego, luego vino la respuesta. Sobre los cerros a un paso con la magia de sus mocasines voló el Niño, el hada de monstruoso tamaño, los ojos sangre, chorreando lodo su manto se alzó de entre la tierra, y del primer al último tronco nacieron tallas de la Morenita.
A metro y medio del suelo mi cuerpo púsose a flotar y del paradero del Metro Constitución de 1917 me volví dueño. Chamacos, cuasi vestales en tránsito, chóferes, el rey y el tepo del barrio hicieron corro, y un cojo de la tercera edad y una taibolera en disfraz de ama de casa con un guiño se ofrecieron de patiños.
La providencia prestó un sombrero cuya presencia en el piso gritaba:
-No se hagan rosca con las monedas, que de algo ha de vivir este chango -y al ruedo ya sin más me tiré.
Ese fue mi empezar, años luz a estas alturas me parece, en la merolica obra de darle paz al alboroto de mis cajoneras y mi alma en vilo. Cruzada en regla fue y es, con abundancia de sobresaltos y harta muleta para amansar bureles de la variedad que monopoliza las afueras de las estaciones y los vagones.

Así mi rosarío de historias se abrió paso: que el 1492 del maléfico y sus prolegómenos, con frutos para mil jornadas; que mi abuelo -con todo y mucho respeto, me paro y quito el sombrero-, mi comadre el Grillo, Nabor, el sabio analfabeta, Magda y su Santa Utopía; que de montañas carmesíes y truchas arqueándose en un delirio de vida, por cielos a los cuales el trasiego de los llanos áridos dan una transparencia infinita, a isletas que surgen por doquiera de las aguas como canastillos flotantes”entre sauces llorones y chopos”, y un etcétera que mejor ni me esmero en recitarles.
Todo entre los Oh, los Chale, los Ya está de vuelta el loco, etc. No todo es coser y cantar en este viaje, que mucho duele, por no decir todo, contra lo ofrecido aquí arriba para atraer la atención. En realidad no sé adónde voy y no es de extrañarse pues sólo vaga idea tengo del camino a mis espaldas.
Andar sí que ando, con los pies sobre la tierra, no importa cuán chuecos,  y con la imaginación a lo lejos, no como escape, que de eso no hay modo, sino por gusto, urgencia a veces.
Escribo una suerte de memorias, de ése tiempo apenas hablo, queda envuelto en una nostalgia para entonces vieja y profunda, y dejo a un lado lo más importante. Me refiero a mis hijos, por cuya infancia cada vez más pregunto.
En las funciones callejeras, en este punto digo que no quiero entristecer ni complicar de golpe el relato y vuelvo al poeta. El éxito es rotundo, sobre todo entre el público femenino, quien sin darse cuenta inicia así el camino a mi beatificación. Sabiéndolo, acuso la joroba natural, enjuago los ojos y la facha quijotesca se completa y en justicia, pues molinos de viento son los de la marginación propia y ajena que bato.

domingo, 29 de marzo de 2015

Desde la azotea I

 Soy cronista, jamás fabulo. Toca a ustedes discernir cómo cumplo la tarea ahora.
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Si acudo siempre al consejo de los sueños jamás lo hago con el de poetas, digo y miento, un poco, siquiera, pues hoy cito a uno:
"Allí donde otros exponen su obra yo sólo pretendo mostrar mi espíritu.
Vivir no es otra cosa que arder en preguntas.
No concibo la obra al margen de la vida."(1)
¿Valen para mí esas palabras? No tengo una obra sino miles de viñetas escritas desde niño. Agrupé las más significativas en
Cuadernos, empezando por éste, donde doy cuenta de los demás.
Hay una breve introducción en Calzada.



I
El que en batita y apenas supo andar subió a la azotea de la cual no saldría nunca, haciéndose viejo revisa el espectáculo alrededor. Nada puede ser más asombroso que ese primer día en cuya dirección marcha y aun así se confunde.
Al fondo una caravana viaja en 1325 y cerca del pretil hace alto a principios de 1972 en el Santo Lugar, sin que los habitantes de una y otro perciban la mutua presencia.
En la espalda quien mira recibe una animosa palmada del abuelo, muerto sesenta años atrás.
-Vamos, que los bisnietos y tataranietos esperan para comer.
Dando vuelta el cielo se cae a pedazos en 1524, estalla una y otra vez y pareciera encontrar remanso en un río de carbón y las bocas a lo largo entre montañas.
Qué cosas digo: menos que nunca hubo quietud allí.
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Todo lo dirijo al futuro de ustedes, nietos, a quienes no veo desde la marcha con mi abuelo, B, al río Níger luego convertido consecutivamente en el Magdalena, que corre entubado por nuestra ciudad, y el Abajo, cuyo curso conduce al "Sur, geografía profunda".
¿Les cuento algo en realidad y de manera mínimamente comprensible?
Para morir iguales


El Idiota
A los sesenta años hago un libro sobre B en el escritorio que da a la única ventana de este departamento, cuyo encuadre copia al viejo cine nacional, con su fácil, blando romanticismo. Allí leo también las frases con que cercaba a mamá apenas pude convertir mis berrinches en palabras:
-¡Mira! ¿Ves cómo a la mitad la calle se desploma? ¿Y aquel hombre cuyos pasos no dejan huella, ya que pisan bajo el suelo? ¿No sientes ese temblor perpetuo, nuestro nadar sobre la tierra?
Levanto la cabeza para encontrar el patio a cielo abierto, largo, generoso, las puertas de la docena y media de viviendas en dos plantas, y la luz en que ese sol nuestro, padre, hermano, macho bravucón, pordiosero, se echa escapando de la alharaquienta tarde de la calle. Parda, recrea el alivio de las madres y los abuelos y abuelas en el breve descanso que les dejan sus criaturas bullendo por dentro, aspaventosas, o en la desesperada persecución del día que no alcanza, que por ley se agota antes de revelarles los secretos de cada tanda.
¿Qué dirías de verme en este lugar, ma, donde un par de años atrás lloré de alegría apenas se marchó la mudanza? ¿Te entristecería encontrarme en un pequeño, oscuro rincón de la ciudad, del país que no entendiste nunca?
Venías de lejos y guardabas con celo el dolor que ello te producía. No te dabas cuenta de que la mujer de los elotes en la esquina había hecho un trayecto tan largo como el tuyo en tiempo y alma. Lo comprendo. Como ella, creciste convencida que el mundo era las leguas a tu vista, tras las cuales la respiración se suspendería.
No tenías modo de entender el acoso de mis letanías aquellas, que te postraban y así más se encendían.
-¡Ya, por Dios, déjame en paz! –tronabas contra tu proverbial paciencia, encerrándote bajo llave para rogar a no sé quién, en tu sabiduría, que velara por ese pobre hijo. Lo hacías inútilmente, claro: no había salvación para el Idiota.
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Hoy idiota resulta sinónimo de estúpido o imbécil. Antes se refería a los tontos o tontas de los pueblos, que un sabio medieval despreciaba reconociéndoles a cambio el don de servir a la divinidad para expresarse imperfectamente.
Una película terminó por entenderlos, creo, en la figura de un muchacho obsesionado por los trenes, cuya maquina imitaba sobre la senda entre la basura al pie del hogar paterno.
-0-
Aquí y por autismo todo tiende a cifrarse. Presumo ahora, por ejemplo, que ustedes vieron esa película. No la nombro pues es norma del cuaderno, como explicaré más adelante. Ahora estoy invitándolos a buscar al muchacho sobre las vías del tren -pregunten por ella a Él-, que en verdad los hay, vías y tren con una corrida diaria. No alucina el idiota; imita, y al hacerlo tercamente descubre cosas imperceptibles para otros, así el director no las muestre. Se encuentran fuera de cuadro, como lo entrelineado en la literatura o el subconsciente nuestro.

Dos
Nada en mí se comprende sin la siguiente viñeta, Ohsis, como también los llamo:
Digo cualquier cosa sabiendo que quien te cuenta son los ojos y las inflexiones en la voz, y al voltear con la sonrisa casi me olvidas, atrapado por lo que tardo largos segundos en sospechar es una luz sobre el filo de la cortina. Lo creo pues te vi antes encandilarte con ella como si fuera la primera vez, y la sé para mí perdida según debiera, a menos de hacer el enorme esfuerzo de otros días. Gracias a él descubrí, por ejemplo, el justo vaivén de una rama en la ventana, sin traducción para mí que estuve dale y dale intentando infructuosamente hacerlo palabras.
No puedo con tu mundo, hermano, me rebasa, me apabulla, me pierde en el desorden aparente donde tú por necesidad encuentras armonía. Desde el baño mamá pide ayuda para bajarte por la rampa, le contesto que puedo solo, advierte cuánto has crecido. ¿Ves? Todo eso está en nuestras voces. ¿Algo intuyes viniendo de lo que no atino si te vale llamar "ayer"? Algo, sí, creo, más lo olvidas en un tris. Qué caso tiene, dirás a tu manera.
Más de medio siglo después, cuando haya entre nosotros diez mil kilómetros, seguiré peleando para contarte. La distancia no nos separa pues moro en ti y entonces es imposible precisar cuánto estoy frente al escritorio y cuánto entre la habitación y la terraza donde mamá te hizo un reino a modo.
Red de agujeros 1

Tiempo de caminar
Viejo, aprendo a escribir, aunque siempre lo hice, y desespero con las viñetas hechas como Dios les dio a entender:
Abrí los ojos y contra el zumbido telúrico al fondo y el manchón luminoso sobre la cortina, había trinos y azul tierno, una llave peleando a lo lejos, que se convertía en Ella acercándose con rastro de noche y aromas de manzana agria, de piña fermentada, de zapote que se rompe de maduro, para aparecer, desprenderse el rebozo del cual saltaban los pájaros cantando al pie de la ventana y al fin desnuda descubrir una piel aceitosa, de aventura, satisfecha. Con la estampa mi ciudad pasada e idealmente recompuesta, lío de parques y camiones y zaguanes y vidas entrevistas, soles a montones, aquí señor, allá un perrito que se ovillaba, rematando en fragancias, colores y maneras antiguas de los mercados, ajenos a las euforias, cuya esencia trasegada por lugares, cosas y atmósferas desconocidos traía Ella.
Algo así era en mi cabeza al despertar de la siesta matutina con esa mujer a quien no nombraba llegando un amanecer entre el perfume de su sudor y del alcohol, en el cual yo creía encontrar contagios de lugares mágicos que sentí perder y que así, en apariencia sin proponérselo, ella me regresaba ilustrándole lados nuevos para que yo sintiera otra vez su invitación. Era mi ciudad pues no había una posible ciudad única sino un eterno temblor construido por millones de ojos y memorias.
A medio vestir, mal metido entre sábanas y mantas, encontré el rastro del hijo en la pijama y su quieta forma de ocupar el espacio bajo la estridencia, la pesadez y los erráticos modos míos y de Ella, cuando estaba y ahora.
La presencia de la mujer era abrumadora en cuanto el paseo distraído de los ojos recogía. En las representaciones del colgajo de collares, por ejemplo, o en las mariposas y las primaveras, como alguien me dijo se llamaban aquellos pájaros de pecho generoso, que coqueteaban en el marco de latón del espejo contra el nicho del armario de madera cruda, sencillo y luminoso. O en la imaginación de la que hacía de mesa de noche, que resultaba una incógnita en el celo por la austeridad aparente -la lámpara y dos o tres objetos más sobre el metro cuadrado de la hoja de madera-, desmentida por los mundos de la trama del rebozo improvisado de carpeta con sus fantasías de una geometría a primera vista de extrema sencillez, en la cual podían sospecharse siglos de secretos y fracturas heredados.
Ella a plazos apremiante y pospuesta, entregada y esquiva, y en verdad siempre inaprensible, como entendí de nuevo al topar los dibujos de la cortina y el tiempo de principio a fin suyo que estaba en ellos, recreado hilada a hilada, donde parecía adivinarse todavía el tarareo en silencio que acompañó un paso tras otro de la aguja, incapaz de decidirse por pudor o miedo a reproducir la estampa clásica del ama de casa. Ella por todas partes, también en sus ausencias. De los sartales de la cajita destapada como por casualidad, que descubría el desbarajuste de anillos y aretes y pulseras, a las puertas entreabiertas del clóset por donde asomaban los bolillos de un vestido, un par de zapatos de tiras, el encaje de una manga, encontraba las mañanas en las que la radio, a un volumen que casi sólo ella escuchaba, daba la impresión de hablarle de cantinas y hoteles de paso y suertes de equilibrista, mientras el trabajo sirviéndole de pretexto se vestía una blusa volada, la invitación de las faldas de algodón que le ceñían los muslos al paso y el desafío de las grandes arracadas, preparándose para desaparecer hasta no había modo de calcular cuándo.
Qué sería de aquello en sí y en mí al marcharnos al día siguiente, me pregunté y volví sobre el pijama de Él, el hijo, como si me asomara a un pozo sin fin que me recordaba cuán soberbio, torpe y tramposo era. ¿Qué sabía yo de cuanto fuera, empezando por la ausencia? ¿Y cómo habría sobrevivido sin aquella queda, generosa forma de estar que soportaba y entendía todo?
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Él, S y E, nietos, es el padre de ustedes, y la mañana a la cual acabo de referirme contenía cuanto se necesitaba entender. Vuelvo a ella una y otra vez en el cuaderno.
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Los agujeros sobre los que llamaba la atención de mamá aparecen recurrentemente en distintas formas:
En la azotea el canto de Felicitas, a quien sin eufemismos llamo nuestra sirvienta, descubre un valle distinto al que mis ocho años de edad revelan y construyen.
Las manos de la joven campesina se empeñan ágiles y sin pesares contra la piedra del lavadero y el correr del agua y llenan el aire de amabilidades, sugerencias, aromas que toman de cuanto su vuelo toca. Sólo quien asiste a la escena percibe cómo con ello la realidad alrededor se trastorna, despertando las sombras del vasto llano al pie de las montañas, para un paseo hacia rincones a los cuales mi imaginación no puede asomar y entonces son pura borrachera.
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No por nada otro cuaderno se titula Red de agujeros. El inicio es la búsqueda de un vado en el campo con mi compadre, a quien conocí en el Santo Lugar.
Demasiado humano 1


Providencia
Agustín espera sobre un lomo de la calle que libra los viscosos riachuelos de colores en mutación, contra un muro carcelario. Amparado en el borde de la esquina cree ocultarse a las miradas de la planta donde trabaja, una cuadra más allá, media hora después del cambio de turno, según propuso para evitar a sus compañeros.
Es la segunda vez que lo veo y confirmo la impresión original: la de un ser conmovedor en el esfuerzo por pasar inadvertido entre hombres que aprendieron muy pronto a ponerle cara a la ciudad y usan la rudeza y el humor filoso para defenderse de ella y apropiársela. Luego sabré que no se lo impiden el número de años desde salir del pueblo ni una posible falta de agilidad mental, sino el lugar que asumió en la familia. No hay contrasentido en su ansia de trascender, que lo acerca al Grupo.
El tono exaltado en el que vivimos se transmite de inmediato a las relaciones y en días nos volveremos íntimos. Lo sabemos en cuanto me descrubre y viene al encuentro entre la desolación de la calzada de gigantesco tamaño, con las vías del tren de por medio, que a un lado se abre a un fraccionamiento industrial y al otro a una colonia y al gran descampado con las montañas detrás.
El suelo de la zona se hizo doblemente magro al perder los sembradíos y los árboles, y nos convierte en un par de hombres en tierra fronteriza, como cualquiera al vértice de la gran urbe, pero a lo bruto, a la manera de todo lo que toca la industria.
Romanticismo puro, pues, de miasmas penetrantes y un silencio mortuorio tanto mejor revelado cuanto más lejos se está de las máquinas, hechas rumor por las gruesas, altas paredes que parecen heredar las de las viejas haciendas.
Cruzamos la calzada rumbo a su casa como en un juego, él siempre procurando la izquierda para mirar con el ojo que le sigue sano a los veinticuatro años, y yo en busca del que en el iris se llevó un bicho salido de la carne muerta de la empacadora donde trabaja desde casi niño. Porque en ése es donde está mi futuro compadre. Allí su melancolía sin remedio, bella, contagiosa, que rima con el paisaje y nuestros días.
En el fraccionamiento de las fábricas, las larguísimas calles sin reposo al sol y la lluvia, desiertas a las horas en las cuales suelo llegar, por tan hostiles al principio parecen cada vez más cálidas, pletóricas de vida que se trasmite de las plantas: tinglado mecánico con mucho de infernal y mucho de entrañable para quienes hacen de él su vida. Los aromas aplastantes, en ocasiones nauseabundos, vividos por unas horas y no como permanente suplicio, y las chimeneas despidiendo gruesas volutas en mil tonos de grises, no hacen sino completar la sensación de ser parte de una novela o una película. De serlo entre el orgullo de pasar como uno más ante el guardia de seguridad, el policía, el administrador que cruza en su auto, y el creciente número de saludos y charlas al paso, la picaresca a la salida de la fábrica liberada, en palabras y toqueteos de machos divirtiéndose; de partidos de futbol y tandas de dominó y baraja para hacer de las huelgas fiestas; de breves discursos un autobús tras otro, venciendo el anonimato del espacio público, que no debe pertenecer a nadie y así se humaniza; de momentos épicos que para mí encarnan un poema: Masa.
De serlo prometiendo que cada día habrá más y mejor de eso, de los hogares y los billares y los peliagudos expendios de alcohol compartidos. Con Agustín, quien se ensancha a la par de mí, comenzando por esta tarde, cuando está a punto de hacerme parte de su familia y no sé cómo agradecérselo.
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El departamento donde Él y la Ella ausente, E y S, estaba traspasado por la pérdida del mundo en que el compadre me introducía bien a bien.
La ilusión viaja en tranvía 1




Andar
El carrín, según se dice en estos lugares a diez mil kilómetros de nuestra ciudad, es de Encarna, la entrañable peluquera. Lo maneja su adorado Marcelo, minero que se hizo mil usos de la albañilería, y en los asientos traseros voy con el Roxu, pequeño y rubicundo, cuyo brazo izquierdo vacila en el recuerdo o la imaginación desde la voladura de una pared rocosa en los pozos de hulla que a los catorce años el abuelo hizo su hogar.
Subiendo las montañas una penosa curva tras otra el motor tose justo como un minero silicoso, y la densa niebla alrededor contra los grises macizos de los Picos de Europa es melancólica dulzura transmitida por los ojos y comentarios del Roxu.
-Qué hermoso ye estu –dice en la tierna habla regional, donde por contraste todo es a tajos, a palabras gruesas, en un volumen brutal para oídos de extraños, Ohsis.
Vamos tras el rastro de Belarmo, un poco contra mi voluntad pues tengo la cabeza llena de historias sobre los del llano y del monte, sucedidas tras la marcha de él.
Kilómetros atrás pasamos el pueblo de José Mata y Pepe Llagos. Al primero lo busqué antes de venir aquí. Vive en otro país, jubilado por la mina donde trabajo desde 1948, fecha de su rocambolesca fuga con un centenar de socialistas de ambos sexos, que el abuelo contribuyó a organizar. Allí me contó la historia de los fugaos; de quienes por miles se echaron a las montañas para escapar a las siniestras columnas que tomaban ese último bastión de la defensa de un sueño.
Todo dijo a la grabadora por la confianza en mi familia, y mucho pidió callar pues las heridas no cerrarían jamás.
Luego encontré a Llagos en la aldea de la cual no salió. Tenía dieciséis años cuando la derrota y la escuetísima experiencia política no le impidió encargarse de lo que nadie más podía: los restos de su organización política en la cuenca del río cuyo curso seguimos ahora. Pasarán tres décadas para que conozca a un hombre más roto que él, el de La piedra, de quien hablaré después.
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Él nació año y medio atrás y quedó en la ciudad frente al mar adonde llegamos hace poco. Quedó con Ella, quien está y no, pues de exilio cuanto hay en el cuaderno, el suyo inició sin saberlo.

La Parada
Así, La Parada, se llama la cafetería a la que suelo ir. El nombre no fue una ocurrencia del dueño, ni para mí ni para el resto de los parroquianos.
Con el café acostumbrado desde venir la primera vez por mi cuenta miro las sabias cortinas cubriendo a medias el ventanal para sustraernos al fisgoneo de la calle, que abajo exhibe sus intimidades con los pares de piernas hablando como loros, y que arriba se fuga al barrio y la decoración del cielo.
Dos mesas allá una docena de vocingleros músicos hacen una larga, renovada cada poco. Los cabarets, los salones, las estaciones de radio tras los cuales llegaron no están más, como la afición por los ritmos en los que se hicieron expertos. Ellos siguen.
Leo de nuevo la hoja suelta que encontré semiescondida en un libro. El papel, la letra y la tinta dicen muy poco y no atino cuándo la escribí. Son frases sueltas, trazos del lugar y de una hora confusa. El piano que allí se escucha desde el otro lado de la calle, podría ser el de mis trece años o el de hoy, igual que la prepotencia de los autos que inútilmente se empeñan contra el vecindario lanzando bromas y puyas de acera a acera.
La mano mulata de largos, inteligentes dedos repite la que gesticula ahora mismo, ni más ni menos que el balcón enrejado y las puertas de par en par a la estancia de donde viene el piano, relatada por el ventilador del techo, o la mesera con media vida en el lugar y una historia de fracturas que frente a mí coloca el café y una sonrisa.
En la hoja ni palabra sobre mi persona. ¿Cuándo fue?, insisto dando gracias a esa pequeña joya que me permite estar donde quiera. Estar, por ejemplo, cuando Ella se hizo una habitual del barrio para recibir la herencia de mujer atrevida. O la mañana con Simón y los suyos a punto de asaltar el despacho del siniestro líder sindical. O las tardes de viernes aireando mi buena fortuna entre la estación del autobús que me traía de la ciudad pequeña y el par de días por delante de aventuras sin itinerario previsto.
Convoco al escritor que acostumbra seguir a sus personajes en la obsesiva repetición de rutas siempre iguales y distintas. Yo era un niño de meses, seguro, la primera vez que me trajeron a La Parada, luego de una de las visitas a los abuelos, para luego volver también maniáticamente. No importaba si el barrio caía en desgracia y se semivaciaba, arruinándose, como todo en el delirio de la ciudad que se buscaba cada vez más lejos.
Volvía, vuelvo, aunque de trecho en trecho con ahínco o apremio mi vida se aleje aprisa de los orígenes y olvide el regreso no a papá y mamá sino a los músicos, la calle por el ventanal, el mercado, la animación de los zaguanes, los misterios de los patios abriéndose detrás, el callejón de milagros que fue mío mucho antes que de Ella y sin embargo...
Vuelvo con Él, con el Nuevo, Simón, Juan, otras mujeres, ustedes y mi soledad, profunda, insobornable, gota entre gotas, ni más ni menos que la mesera empeñada en resistir, reivindicando su reinvención a fuerza de carmines, rubores, sombras de ojos. Si supiera cuánto la respeto, cuánto admiré a las anteriores, una a una.
El piano abandona el compás de tres por cuatro y la síncopa de la tarea, dejándose circular por el teclado bajo el ventilador, por el balcón, sorteando el concierto de motores, frenos, claxones, y se vuelve parte de lo no dicho en el papelito que con amor regreso a la bolsa.
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El Nuevo es su tío, E y S, y las viñetas de Tiempo de caminar impiden que precise ciertas cosas sobre él, a quien en mi vejez escribo:
Tus fotos están en las paredes de mi casa con las de los demás por quienes la vida tiene sentido. Si tardo en hablar de ti es porque representas el punto más delicado de mi mayor tormento.
Te miro, te doy el tierno beso de siempre y entre la distracción deliberada de Él y mía te alejas gateando por la playa y entras al corral, donde los animales te reciben como a otro de los suyos, prodigio. Volteó luego al teléfono eternamente descolgado para no sentir tus largas ausencias y el miedo me alcanza.
Eres tú quien lo invoca sin saberlo, precipitando el que no te corresponde. El lirio seco en el frasco que sirve de maceta, la pila de libros y papeles, la tersura de la noche, mis manos en el teclado, ¿los invento?
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¿Es que en verdad pierdo todo? De nuevo una viñeta llama:
Pura impresión soy y no hay minuto del cual salga sin cabos de cuerdas que no sé dónde atar. En pedazos vuela el mundo apenas lo toco y llueve luego dejando alrededor un campo de batalla en abandono. Entre el lodo un trozo de nube reta al entendimiento. Le dedico la más amable de las sonrisas y echo andar incapaz de un grito o una pregunta.
Recuerdo entonces la estampa que recoge un escritor aterido no de frío sino por las calles de la ciudad entonces del abuelo, mamá, papá, la abuela: una mujer recoge el cuerpo de la hija y mientras se esfuerza por unirle el brazo, entre los escombros busca con desesperación la cabeza, para negar los últimos diez minutos.
Quitado el dolor que fulmina, soy ella repitiéndose cada día.

Demasiado humano
En dos cuadernos aparece una segunda personalidad mía, el Mero, que viene de Merolico, como se conocía a quienes montaban un pequeño espectáculo público para vender remedios de dudoso efecto. El nombre deriva casi naturalmente en Ohmero y así mata dos pájaros de un tiro para los propósitos que persigo.
Las primeras funciones las di apenas niño, en el Santo Lugar llevé a grados profesiones el oficio y asumí según se debe el personaje de manera de llevar a la Corte de Medianoche por el paseo a lo largo de siglos, tras las razones de que todos los sólidos se desvanezcan en el aire. De eso trata Demasiado humano, el cuarto cuaderno, nietos.
Soy muchas cosas y entre ellas una continuidad de exilios. A ellos debe ceñirse este cuaderno, el íntimo, y cuesta trabajo pues las viñetas acumuladas en casi setenta años repiten el tema sin variaciones, extraviándose entre las de mis otras personalidades.
Al Mero le corresponde un lugar en este cuaderno, entonces, y de paso permite anunciarles los demás, excepto uno, el de las viñetas entrando a la vejez con mujeres jóvenes, que ilustro en estas líneas:
Era con quien al fin cumplir el sueño y no sólo por su asombroso instinto sexual. El tiempo se emborrachaba en ella, trastabillando hacia adelante y atrás o sin moverse un milímetro, entonces infinito.
Como una cámara enfocaba, crecía y disminuía a capricho los trazos de la realidad, y vórtice absorbía el alrededor o lo contagiaba. No era raro que produjera temor o un irresistible apetito, y así oferta de eterno viaje en la pasión corrí tras ella apenas se me insinuó.
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Debería apenarme y no lo hago por completo pues de distintas formas esas mujeres son extraordinarias y representan el empeño de su género y su generación en liberarse, y así mi aprendizaje continúa. Me avergüenzo, sí, de la vil manera de buscarme en el espejo de los otros y otras, retrasando nuevamente los grandes encuentros.
Mis exilios son una búsqueda, Ohsis, aunque a veces no lo parezca. Repito con torpeza el de la especie y sin falta en los regresos todo avance va a la basura.
El cuaderno con aires eróticos surgió a la par de la ida al Níger convertido en Magdalena, acompañado por el abuelo, que cité al vuelo.
El último paraíso lo viví con Él y el Nuevo entre dos ciudades provincianas. En los autobuses de ida y vuelta a nuestro gigantón, por la ventanilla contemplaba los misterios en espera, según supe sin duda tras los años con Filiberto, Agustín, María y las y los otros.
¿Qué hacía corriendo rumbo a aventuras cuyo placer no compensaba la manía por las marquesinas, los aparadores, los reflejos en charcos de agua a media calle –menuda imagen, que queda como ilustración de una torpeza sin nexo alguno con el Idiota, a quien achaco toda falta y así maltrato peor que el sabio medieval, sus contemporáneos y cuantos vinieron después, estúpidos a secas?
El personal Níger es varias cosas y no guarda secretos mayores. Al convertirlo en el Magdalena que nace en las montañas al sur del valle y corre luego por una tubería, el abuelo y yo pretendíamos seguir los pasos del Güero:
Era un perro amarillento, flaco, desgarbado, con quien intimé en las afueras del Santo Lugar, como llamo al valle donde encontré a Agustín. 
La primera vez lo vi avanzando desde los matorrales con trote cansino y me pregunté de dónde vendría. Conforme se acercaba su vida me pareció un misterio extraordinario, pleno de aventura. E hice lo que viejas enseñanzas me llevaron a jurar no repetiría jamás con los de su especie: mirarlo a los ojos. El instinto atinó y tras un segundo para reconocerme, agachó la cabeza. Estaba vencido, irremediablemente, quién sabe desde cuándo, y al seguir su dirección en busca del puesto de tacos en el cual me había detenido, se volvió más miserable e indefenso.
Moría de hambre y si mendigar le costaba la patada del hombre que fijaba la mirada en él, aguantaría. No hubo maltrató, el puestero le aventó un mendrugo, lo devoró, esperó un par de minutos a ver si caía un segundo y echó a caminar de nuevo, como si supiera que era inútil continuar dando pena. La tarde siguiente, al verlo venir por el mismo camino, entendí que arrimarse al puesto formaba parte de su rutina diaria.
Reparé entonces en no importa cuánto me aplicará en conocer la ciudad, nunca podría compararme con él, experto en los rincones del valle y en los extremos de crueldad y amor de sus pobladores. 
Me hacía imaginar sus días, dándome de vez en vez una señal, normalmente dolorosa: el rengueo de una pata, que vaya uno a saber quién tundió o mordió; un cacho de pelo que había desaparecido por una tarascada o una enfermedad.
-¿Por dónde andas y en qué líos te metes? –le pregunté una tarde en silencio, viéndolo a los ojos, que al fin levantó. Me contestó inclinando un poco la cabeza.
-Qué sé yo de la vida –me dije. Pronto comprendería cuán poco.
La revelación que experimenté el primer día contemplando los llanos era, justo, sobre la ciudad y sus valles. Estaba en el confín norte de ella, que en mi mapa mental, para entonces hecho por las rutas de transporte, no tenía relación con el oriente donde enechaban a la nueva, millonaria pobrada. La mancha grisácea al fondo no mentía: las separaban sólo las lodosas tierras a las cuales la ambición sin duda pronto se atrevería. 
Estaba condenado a la derrota, supe: el gigantón terminaría desbordando mi presunción de conocer hasta su último rincón. ¿Qué haría entonces? 
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Belarmo y yo conseguimos seguir la guía del amigo y así se cumplió el objetivo en el Magdalena, parcialmente. Pocos rincones de esta asamblea de ciudades, como alguien la llamó, se nos ocultan ahora, durante horas o días, conforme sople el viento interno y su frívola obsesión no por la carne, que justamente reclama sin importar la edad y sirve al propósito. Es la incapacidad de ser sombra, a la manera del propio abuelo en sus mejores tiempos, o de Filiberto, Agustín, etcétera, o yo mismo cuando sentía mis pies bien pegados a la tierra.
Por una imperdonable falta incluyo a Filiberto en una suerte de pasado sin solución. Hace un par de años fui a buscarlo. No lo hallé donde por lo demás sabía no se encontraba, pues hace mucho corrieron especies sobre su alejamiento debido a una hipotética extraña conducta. Vivía en un psiquiátrico, en las calles u oculto en casa de los hermanos, aseguraban al capricho.
No pude entenderlo, pues era muy parecido a Juan, mi más cercano amigo todavía. Permítanme poner el inicio de otra viñeta:
Juan y Filiberto son los hombres a quienes me siento más próximo, aunque al último lleve treinta y tantos años sin verlo. No hay nada de extraño, creo, en que ambos tengan una íntima relación con el catolicismo y yo venga de una familia de comecuras que jamás mencionó en voz alta al Señor.
Del tiempo del cual hablo, a los tres nos azotaban las mismas tormentas y si ellos no buscaban un alero donde protegerse, por las goteras del mío caían auténticos ríos. Se entendía, por ejemplo, que Filiberto y yo hiciéramos de gemelos, él cerca de las oficinas de un sindicato en el barrio fiero de una ciudad del interior, y yo en un departamento de clase media de la gran capital. Uno extraviándose entre sí en medio de la nada. El otro exiliado contemplando la tierra natal por la ventana.
Nada dobla a Juan. ¿Tampoco a Filiberto y estamos entonces frente a una nueva trampa del lugar común? ¿O éste consiguió vencerlo cuando los buenos tiempos se vinieron abajo? Buenos tiempos por sí y sobre todo por su promesa.
Hay palabras gastadas, algunas debido al fervor o la doblez con que las soltamos. Revolución, en este caso.
Hace poco un hombre quería comerme vivo por la estrecha amistad que hice con la joven a quien descaradamente dejaba para hacerse de otra.
-Soy el prototipo del revolucionario que el pueblo produce –grita hasta el cansancio y trae el recuerdo del poeta guerrillero ajusticiado por sus compañeros, que lo tildaron de traidor ocultando simples celos de macho.
De revolución iba en verdad la historia de Filiberto, a veces estridente, las más silenciosa. 
-El día tiene veinticuatro horas. Con transformar quince minutos cada jornada, la utopía dejará de serlo. Cuestión de matemáticas –decía con el esbozo de su incomparable, enigmática sonrisa.
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La revolución, la vida cotidiana...

Siluetas
Tengo quince años, Ohsis, y entro al último de los cursos preuniversitarios. En el anterior desapareció el yo que pasaba el tiempo tentando las aristas de nuestro mundo escolar, en el frontón, en el recoveco al fondo del campo de futbol, los baños o cualquier espacio poco frecuentado donde me aceptaban los rudos que probaban el carácter.
En su lugar se hace presente un personaje en busca de reflectores. El éxito es rotundo y allana tanto la vida que prometo ajustarme al modelo para siempre.
Aun así me toma por sorpresa el montaje de miradas y risitas nerviosas dirigido a mí desde el rincón donde durante las semanas de inicio los de primero, recién llegados al edificio, se confinan en respeto a las jerarquías. Muchos metros de gentío me separan del juego ese que hecho con todas las de la ley no tiene dudas de alcanzar su objetivo. Más temprano que tarde voltearé, hasta terminar encontrando en medio del coro a una muchachita muy hermosa.
La celestina tiene clase y gran parte de culpa en la elección hecha por su ama. Sólo merced a su tolerancia hacia las torpezas con que respondo al juego, paso la prueba para encontrarme no frente a frente a la belleza esa, sino a la manera que se debe: semiescondida entre el aleteo de las súbditas.
En verdad puedo morir en el momento: se me abren las puertas a una princesa de estilo clásico. Llega a la edad de enamorarse a la manera de la gente de bien, pensando que ahí está el único hombre permitido mientras viva, con el cual compartir un idílico romance y luego un bien provisto hogar. O a entretenerse con ello, siquiera, según bien sabe su padre, quien no se sorprende al verme por primera vez y atinar: el muchachito descansa en nada pero es inocuo y el tiempo hará su obra, con una pequeña ayuda, si se precisa.
Yo ni sé ni me entretengo. La vida ha sido muchas cosas y entre otras, dolor, que no merece tratarse al paso. No decido si asomarme a través de él o alejármele a toda prisa. Las vacaciones entre cursos antes de sacar partido de las luminarias, ha sido una mañana tras otra de espanto ante el espejo. Algo terriblemente oscuro aparecía en el rostro aquel, deformándolo. Por eso me agarro ahora a las miradas de los demás como a una droga, y la oferta de la princesita es la promesa de que todo andará bien de ahí hasta el fin.
Andará bien entre el desastre general. La frase suena gorda pero me parece justa y el título de la historia viene de ahí. Cuando mucho después descubra a un célebre director de cine, entenderé su obsesión por la música popular de estos tiempos, nacida en su país por primera vez para los jóvenes. En la pobrísima modalidad nuestra hay un matiz nada despreciable. Fuera de la docena de tonadas hechas en casa, al traducirlas las melosas letras resultan perfectas tonterías. Aunque el premio mayor se disputa seriamente, creo que Siluetas lleva la delantera. La voz de uno de los invariables remedos de cantantes dice debatirse entre y la vida y la muerte, al descubrir tras una ventana las sombras de una amartelada pareja.
El tipo repite la historia para terminar descubriendo, ni más ni menos, que equivocó la dirección del amor de sus amores. No importa sin embargo el despropósito, pues la quejumbrosa melodía y las apasionadas palabras sueltas dan de sobra para que los escuchas pongamos el sobrante, salido de nuestras entrañas que buscan con desesperación caricias y delirios imposibles de cumplir. Al menos entre las crecientemente gruesas clases medias, sólo las más suicidas jovencitas se atreven a prestar otra cosa que manos, bocas entrecerradas e insinuaciones de pechos o muslos.
Suicidas, he dicho, y de nuevo parece un exceso y no lo es. A mis ojos nadie lo ejemplifica mejor que la hija de la peluquera del barrio, porque la veo al paso, de cuando en cuando. Una mañana encuentro a quien fue una niñita disfrutar mi sonrojo exhibiendo, antes que un par de espléndidos pechos, una sonrisa de reto e invitación.
Meses después el vecindario masculino pulula por la esquina a la cual se abre el salón de belleza, desde donde la madre de ella se asoma con un matamoscas. Al poco creo que la mujer se salió con la suya, sólo para descubrirla a punto del infarto por el fracaso en deshacerse del Rey, cuya presencia basta para alejar a la competencia. La señora da inútiles voces, la pareja se cansa de escucharla y se aleja abrazada por la cintura.
Pasará un año para ver a la joven con un bulto en el vientre, todavía envalentonada, y otro para que sus alardeos se vuelvan triste mansedumbre, sentada en el escalón del negocio con la criatura y vagos vestigios de sus encantos de cometa. Mientras, nuestras baladitas languidecen, suspiros, chorritos de miel de maple, y a miles las nudilleras, las botas, las cadenas, los bates y una que otra pistola se disputan lo mismo una fiesta que una mirada.

Calzada
Junto tres viñetas para explicar mi relación con la escritura.
I
Cuando preguntan por mi oficio siento la tentación de responder con una lista. De atreverme la defendería de las risas probando que el cultivo convierte en eso a llanos actos o estados: andar por ahí a la manera de los más, cojeando; mirar hacia fuera y hacia adentro, por obligación antes que por voluntad, sin mayor aprendizaje pues lo hago perdiéndome en lo mirado. Y así.
Al final y sólo al final iría lo que se relaciona con la bolsa del mercado.
II
De joven deje creer a los amigos que en cualquier momento me presentaría con una novela. Un día fui puerta por puerta deshaciendo el enredo. Era tarde y corrió la especie de que la autocrítica me devoraba y a la basura o a cajones bajo llave iban a dar espléndidas o prometedoras cuartillas. Ni asomos de eso existía. Lo que originó la confusión eran centenares de hojas sueltas garabateadas desde la infancia.
Pruebas de cariño se empeñaron en llevarme a las editoriales y aparecieron una decena de libros, todos en mayor o menor medida sin pies ni cabeza. Había una porción de buenas cosas allí, como en las roscas de reyes del pan de cada día donde colaba la vocación de cronista -de modo que las patronales se encontraban de súbito mordiendo al santo niño y cargaban a paraguazos contra mí persona.
Al reunirse la pedacería tenía cierta correspondencia y en casa iba creciendo de a pocos lo que al decir de Juan no pretendía narrar sino entender. Lo hacía gracias a la prodigiosa facultad de las palabras. Persiguiéndose unas a otras sin un continente yo capaz de apresarlas, revelaban el mundo a mi alrededor. Hoy éstas y aquéllas gritan por un lugar a propósito, no importa si las atestiguan o las tiran a locas.
Juan contempla el espectáculo y echa lazos. Le tiene sin cuidado si el asunto termina con pastas y lomo. Lo que vale es el paseo por la Calzada de los Misterios.
(La Calzada existe, con doce túmulos para postrarse ante los bíblicos actos de fe. La construyeron hace casi quinientos años sobre una de las tres que unían con tierra firme a nuestra hoy ciudad monstruo, y así reúnen encontradas visiones del mundo y misterios, justamente, pues la civilización que quedó oculta jamás no se nos develará bien a bien.)
III
Hace mucho no leo literatura. El celo por el rudimentario estilo que tanto me costó, evita cualquier contaminación. Los nuevos conocimientos echarían abajo el frágil edificio sin ofrecerme uno mejor.
No puedo evitar sin embargo el susurro de los escritores que me formaron como persona: Crea un universo.


La casa del horror
La violencia en la Red de Agujeros toca todos los ámbitos, a veces sin que públicamente se perciba. Forma así un circo, uno solo, con muchas pistas, cuya fuente es la coacción ejercida a través del Estado por los poderes políticos y económicos.
De tal modo persigo cómo el todo se imbrica, buscando los momentos, los lugares y los protagonistas que lo revelan o lo ilustran. Casi puedo ver aquí y allá a los agentes de violencias muy distintas compartiendo las mismas quebradas, sendas o montes, o las mismas calles y centros de recreo y negocio.
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Así empieza, S y E, una investigación que inicié en 2010. Cuatro años después, a un paso de donde Simón y yo presenciamos la matanza de Aguas Blancas, los secretos se revelan con la desaparición de cuarenta y tres jóvenes de una escuela rural que conocemos por el poblado en el cual se ubica: Ayotzinapa.
Pasan unos meses y regresando de una charla sobre el horror, en la plaza central de una ciudad pequeña, escribo: Vivimos un narco Estado, dicen; y una narco sociedad, debe agregarse simplificando. Gran parte de la población nacional sabe quiénes pertenecen al crimen organizado, calla los actos de corrupción alrededor y tal vez conoce el rostro y hasta el nombre de los secuestradores de los niños y las mujeres cuyas fotos circulan por la internet, o el de los violadores y feminicidas.
Un psicoanalista opina que sus colegas han equivocado el punto de arranque sobre los torturadores. No son seres a-sociales, dice. Entonces tampoco quien corta cabezas y demás. ¿La realidad se volvió de revés?


CONTINUA EN Desde la azotea. II


martes, 24 de marzo de 2015

Calzada

1
Joven dejé creer a los amigos que en cualquier momento me presentaría con una novela. Luego fui puerta por puerta deshaciendo el enredo. Era tarde y creyeron que la autocrítica me devoraba y al basurero o cajones bajo llave iban espléndidas o prometedoras cuartillas. Ni asomos de eso existía. La confusión fue originada por hojas sueltas garabateadas a miles desde mi infancia. 
Esto y aquello terminó llevándome a diarios, revistas, editoriales y aparecieron cosas muy desiguales. Había buenas cosas allí y en las roscas de reyes del pan de cada día donde colaba la vocación de cronista -así que los patrones se encontraban súbitamente mordiendo al santo niño y cargaban a paraguazos contra mí persona.
Al reunirla, esa pedacería tenía cierta correspondencia y en casa iba creciendo lo que según Juan no pretendía narrar sino entender. Lo hacía gracias al prodigioso don de las palabras. Persiguiéndose unas a otras sin un continente yo capaz de apresarlas, revelaban el mundo a mi alrededor. 

Hoy éstas y aquéllas gritan por un lugar a propósito, no importa si las atestiguan o tiran a locas. Lo que vale es el paseo por nuestra Calzada de los Misterios.

Existe la susodicha. Búsquenla al norte de esta ciudad capital y mirando donde indican y tierra abajo encontrarán con cuánta razón lleva el nombre.
2
A mis treinta años, dos amigos me sumaron a un suplemento cultural. Los animaban crónicas que escribía difundiendo movimientos populares en cuyos procesos estaba así o asá involucrado; guiones de cómic y radio dramatizada hechos para sobrevivir y un maniático compromiso con la historia social.
Al poco marcharon y quedé casi a solas con doce páginas tamaño tabloide. Nunca fui profesionalmente más feliz. La vida diaria pasó a papel impreso para el próximo domingo: bailes con orquestas cubanas, funciones de cine, paseos a los hijos, el libro en curso, fiestas y sobremesas donde mujeres y homosexuales concientizados retaban al mundo.  
Al terminar aquello, el gran cronista mexicano tanteó la posibilidad de incorporarme a su consejo de redacción.
-¿Yo en atmósferas literarias? -le dije patitieso.
-Tienes razón -contestó recordando mis veleidades, que conocía al paso.
Al género fui siempre fiel, colándolo en cuanta vaga provocación se presentaba. 
            
3
A los sesenta encontré los blogs y a lo mexicano dije Pa luego es tarde, descubriéndome como ágrafo funcional. ¿A qué la sorpresa si el país se caracteriza por su atraso narrativo? 
Total, tenía mi suplemento y mañana y noche publicaba de dulce, chile y manteca, a la manera de nuestros tamales.  
Apena tirar esto y aquello sugerente o más o menos bien contado. Haré un esfuerzo por rescatarlo.  
4
Hace poco alguien a quien agregué como autor cometió un error cualquiera y Google tuvo a bien castigarme desapareciendo los blogs. 
Para entonces ese Big Brother dejaba de difundir lo que sostenían sus plataformas, promoviendo a cambio venta de dominios y nuestros visitantes disminuyeron drásticamente.  
No recuerdo sino las cantidades para mí absurdas de aprobaciones que alcanzó La casa del horror: doscientas veinte mil.
Desde la azotea probablemente fue leído u ojeado hasta ahora por unas dieciocho mil personas y otros "cuadernos" tienen cifras por el estilo.
5
Ahora es 2021 y vuelve a preocuparme esta colección de viñetas, crónicas, diarios, apuntes, repartidos en ya doce espacios. No puedo dejarlos como están, los atiendan o no. Continuaré, pues, seleccionando lo que así o asá merece la pena, sin importar su destino. 
6
Óscar es mi compañero de trabajo. Poeta e historiador profesionalizado me echa una mano para que abandone mi lugar como Rascamapache. Al presentarme en público se esfuerza por explicar los Cuadernos:
-Pertenecen a un género que no preciso. Están relacionados con la memoria. 
Tiene razón también en el segundo caso pues los  borronazos forman un testimonio sobre lo que viví y encontré alrededor. cerca o tan lejos como puedo. 
Incorporo libros publicados o, por confusos motivos, inéditos hasta aquí.